El acceso de niñas, niños y adolescentes a internet y redes sociales abrió nuevas formas de aprender, comunicarse y relacionarse, pero también creó riesgos que muchas veces pasan desapercibidos dentro de casa.
La especialista en educación Mireya Franco advirtió que, más que establecer una batalla contra la tecnología, las familias deben aprender a identificar cuándo su uso comienza a afectar otras áreas de la vida de los menores.
Franco explicó que las redes sociales cumplen funciones positivas de comunicación, cooperación y creación de comunidades; sin embargo, el problema aparece cuando la tecnología comienza a desplazar actividades esenciales como dormir, estudiar, practicar algún deporte o convivir con la familia.
Entre las principales señales de alerta mencionó el aislamiento, una disminución en el rendimiento escolar, descuido de responsabilidades, cambios de humor cuando no hay conexión a internet, mentiras sobre el tiempo que pasan conectados y una necesidad constante de hablar sobre lo que ocurre en redes.
“Lo mucho no es bueno y lo poco a veces a los niños se les hace poco”, señaló, al destacar que la atención de los padres no debe centrarse únicamente en contar minutos frente a una pantalla, sino en observar qué está dejando de hacer el menor por permanecer conectado.
Uno de los riesgos que requiere especial atención es el grooming, una práctica en la que un adulto utiliza internet para acercarse a un menor haciéndose pasar por alguien de su edad o compartiendo intereses similares. El contacto puede parecer inicialmente una amistad, pero tiene como objetivo generar confianza para posteriormente solicitar fotografías, videos u otro tipo de material íntimo.
La especialista explicó que se trata de un proceso gradual en el que el agresor aprovecha necesidades propias de la infancia y adolescencia, como la búsqueda de pertenencia, aprobación, atención y validación.
Una vez que obtiene material íntimo, puede utilizarlo para amenazar o chantajear al menor y conseguir más contenido. El miedo, la vergüenza y el temor a ser castigados pueden provocar que las víctimas guarden silencio.
Por ello, Franco consideró fundamental que madres y padres mantengan un canal de comunicación abierto con sus hijos, evitando respuestas basadas en amenazas o castigos que puedan impedir que el menor cuente lo que está viviendo.
También recomendó establecer desde casa acuerdos claros sobre el uso de dispositivos y redes sociales, incluyendo reglas sobre contactos, fotografías, encuentros con personas conocidas únicamente por internet y la obligación de acudir a un adulto de confianza ante cualquier situación que genere incomodidad o miedo.
Los controles parentales pueden ser una herramienta útil, pero no sustituyen la educación ni la comunicación familiar. La prevención, sostuvo, comienza por acompañar a niñas, niños y adolescentes en el mundo digital, en lugar de asumir que prohibir el acceso será suficiente para mantenerlos seguros.
La tecnología llegó para quedarse. El reto para las familias no consiste en mantener a los menores alejados de ella, sino en enseñarles a utilizarla con criterio y reconocer a tiempo cuándo deja de ser una herramienta para convertirse en un riesgo.









