Viva para contarla, ¡viva!

Por Claudia Pérez Atamoros

 

Hay mensajes que llegan cuando uno duerme y despiertan con una sacudida. Otros más nos hacen enderezarnos rápidamente sin apenas tener tiempo de limpiarnos las lagañas. O de pronunciar nuestra frase Zen, sentada sobre la cama: ¡gracias a la vida!

El de Cristina entró anoche. Yo lo leí esta mañana. La primera línea parecía escrita con una sonrisa.

“El día que mandaste ese mensaje, sabías que tarde o temprano terminaría cayendo en tus redes…”

Sonreí también. Y mucho. Hay vitaminas que no se toman en cápsulas y que tampoco proporcionan las frutas y verduras, mucho menos el sol. Existen unas mucho más vitales y que solo se encuentran a cuentagotas.

Hace un año le escribí por primera vez. No la conocía. Llegué a ella porque Soledad Durazo hizo lo que hacen las personas generosas con la memoria: pronunciar un nombre para que otro no se pierda en el olvido. Tiré de ese hilo y apareció Cristina. O, mejor dicho, apareció una vida entera dedicada al periodismo.

Escribí sobre ella en Opinión 51 convencida de que estaba rescatando una historia. Hoy entiendo que apenas estaba entrando en ella. Porque desde entonces, día tras día, recibo en mi whatsapp la “palabra de Dios”. Sin falta. Otra lección. La de la Fé. Pero esa, esa es otra historia.

Después del saludo vino la razón de su mensaje.

Hoy se cumplen setenta años de aquel 22 de julio de 1956 en que una joven publicó su primera columna en La Opinión. Don Carlos Argüelles del Razo la bautizó Primicia. Nadie imaginaba que aquella muchacha terminaría recorriendo redacciones, periódicos y generaciones enteras de lectores. Mucho menos que, siete décadas después, seguiría escribiendo con la misma emoción con la que comenzó.

Cristina hizo el recuento de una vida —su vida– sin grandilocuencias. Mencionó El Imparcial, El Sonorense, las publicaciones en trece países europeos y el querido Semanario Tiempo. Lo contó como quien hojea un álbum familiar. Sin estridencias. Sin presumir. Como si setenta años de periodismo fueran apenas una conversación pendiente. Y entonces apareció la frase que me dejó pensando.

“Setenta años y aún podría escribir tantas cosas…”

No pude evitar responderle.

Escríbelas, por favor. Regálanos ese testimonio. Qué privilegio para mí haberme cruzado con tu historia.

Su respuesta llegó poco después.

“Creo que te llevo unos años de ventaja… en cuanto a la antigüedad, porque hay mucho que aprenderle… El único mérito es que estoy viva para poder disfrutar estos increíbles momentos… y algo más: tengo en el archivo desde la primera hasta la que fue la última columna editada. Suficiente papel para que conste.”

Hay frases que no necesitan adjetivos. Merecen inmortalidad.

“El único mérito es que estoy viva…”

Las releí una y otra vez.

Pensé en todo lo que ha visto pasar esa mujer desde aquel julio de 1956. Presidentes, imprentas, linotipos, máquinas de escribir, papel carbón, telegramas, faxes, redacciones que desaparecieron, periódicos que nacieron y murieron, colegas que ya no están, tecnologías que transformaron el oficio y generaciones enteras de periodistas que aprendimos a amar esta profesión cuando ella ya llevaba décadas ejerciéndola.

Y, sin embargo, Cristina no habla de hazañas. Habla de estar viva. Tal vez porque sabe que el periodismo no se mide por los años trabajados, sino por las historias que uno alcanza a contar antes de que el tiempo cierre la edición.

Al despedirse recordó una frase de don Carlos Argüelles del Razo que cualquier periodista entiende sin necesidad de explicación.

Decía que el olor de la tinta penetra en las venas para no salir jamás.

Setenta años después, Cristina es la prueba viviente de que tenía razón.

La tinta sigue ahí.

Late en cada recuerdo, en cada columna cuidadosamente guardada, en ese archivo que conserva la primera y la última, “suficiente papel para que conste”.

Y qué fortuna la mía haberme cruzado hace un año con esa historia. Porque hay personas que viven para escribir. Y hay otras, muy pocas, que viven para contárnos(la).

¡Felicidades maestra del periodismo y de vida!

 

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