Gran parte de las decisiones que tomamos a diario podrían estar condicionadas por hábitos, experiencias y estímulos que acumulamos sin ser plenamente conscientes de ello. Ese fue el punto de partida del análisis de Juan Puebla, quien abordó el papel de los llamados “pensamientos de costumbre” y su relación con la toma de decisiones.
Durante su participación, Puebla retomó los trabajos del psicólogo Daniel Kahneman, quien estudió los procesos mediante los cuales las personas toman decisiones y mostró que una parte importante de estos procesos ocurre de manera automática, a partir de asociaciones y experiencias previas.
Un ejemplo sencillo es la elección de una marca. Ante dos productos aparentemente similares, una persona puede inclinarse por uno de ellos debido a la familiaridad que ha construido con la marca a través de la publicidad, la repetición y otros estímulos.
Puebla explicó que este mecanismo también puede trasladarse a ámbitos mucho más complejos, como las decisiones sociales y políticas. En ese terreno, retomó las investigaciones del lingüista y científico cognitivo George Lakoff sobre la manera en que las personas construyen marcos mentales alrededor de determinados valores.
El problema aparece cuando esos marcos se vuelven tan familiares que cualquier información que los contradiga puede ser rechazada de manera automática. En lugar de modificar una postura a partir de nuevos datos, explicó, una persona puede ignorar la información, cuestionar a quien la presenta o incluso ridiculizarla.
Las redes sociales pueden intensificar este fenómeno. Los algoritmos tienden a mostrar contenidos relacionados con aquello que una persona ya consume, creando un entorno en el que determinadas ideas aparecen una y otra vez. Así, las creencias pueden reforzarse sin que el usuario necesariamente advierta el proceso.
Para Puebla, esto representa un desafío particularmente importante en la discusión pública, donde la existencia de información y evidencia no siempre garantiza que una persona cambie de opinión.
La reflexión, sin embargo, no se limita a la política. También alcanza aspectos cotidianos: las marcas que elegimos, los contenidos que consumimos, los equipos deportivos que apoyamos e incluso las ideas que tenemos sobre la familia, la sociedad o nuestra propia identidad.
Frente a ello, el ejercicio de introspección consiste en preguntarnos cuánto de lo que pensamos responde realmente a una decisión consciente y cuánto proviene de ideas que hemos reforzado durante años.
Más que asumir que podemos cambiar de opinión de un momento a otro, la propuesta planteada por Puebla apunta a reconocer esos patrones y abrir espacio para nuevas experiencias, información y perspectivas que permitan construir otras formas de interpretar la realidad.








