En la noche de premios Marea 51, reconocer su periodismo fue también reconocer a quienes le confiaron sus historias.
Por Claudia Pérez Atamoros
Aquella noche me tocó hablar de una de casa. De Sandra Romandía, cofundadora y directora editorial de Opinión 51, quien recibió el Premio de Periodismo Marea 51 por Testigos del horror. Una cazadora de historias a la que esta vez le correspondía escuchar cómo alguien más intentaba contar la suya.
Y cómo contarla sin empezar por una pregunta:
¿Qué clase de reportera hace la siguiente pregunta cuando ya intuye que la respuesta puede ser todavía más cruda que la anterior?
Una reportera de investigación con nombre propio: Sandra Romandía.
Y detrás de ese nombre estaban una niña con una máquina roja, una mujer buscando a su padre en las conversaciones de otros y una reportera dispuesta a escuchar lo que muchos preferiríamos no saber.
A los ocho años, mientras convalecía de hepatitis, Sandra recibió una máquina de escribir Mattel. Era de juguete, pero funcionaba. En ella escribió poemas e historias de cuanto la rodeaba. Una niña enferma, unas teclas y un mundo que ya le daba curiosidad.
No sabía adónde la llevarían aquellas ganas de contar. Por fortuna. Hay destinos que, conocidos de antemano, quizá nos harían guardar la máquina.
A los 16, fundó una revista cultural “Enfoque libre” y un periódico, “Cucurucho”. Quería hacer cosas, enterarse, preguntar. Más adelante, en Sonora, le dijeron que la información policiaca no era para mujeres.
Como si la violencia pidiera credencial de género. Como si a las mujeres no nos mataran también.
Sandra siguió.
Esa noche, al reconocer su trabajo, pensé en todo lo que cabe en ese verbo tan pequeño. Seguir cuando te cierran una puerta. Cuando la respuesta duele. Cuando lo que acabas de escuchar exige otra pregunta y preferirías, como cualquiera, tomar aire.
También siguió cuando murió su padre. Lo buscó en las cantinas que él había frecuentado, entre quienes podían contarle cómo era cuando ella no estaba delante. Escuchó recuerdos, reunió pedazos. La hija quería conocerlo; la periodista sabía preguntar.
Hay algo profundamente íntimo en esa búsqueda: aceptar que incluso las personas que amamos guardan una vida que no conocemos. Y acercarse a ella sin exigir que nos devuelva exactamente al hombre que recordábamos.
Esa misma disposición para escuchar atraviesa Testigos del horror. Aunque aquí las voces la condujeron a otro territorio: los testimonios sobre el Rancho Izaguirre y los mecanismos de reclutamiento, sometimiento y violencia que reconstruye su investigación.
El averno. O apenas su entrada.
Porque lo más aterrador de esas historias es la posibilidad de que el horror tenga método. Que pueda organizarse, repetirse, encontrar otra dirección. Otros jóvenes. Otras familias buscando. El mismo país. México.
Estaban, además, quienes habían logrado salir. Sobrevivir. Qué palabra tan engañosa.
Uno piensa que significa dejar aquello atrás. Pero el cuerpo sale y la memoria se lleva los sonidos, los rostros, el miedo. Lo que te hicieron. Lo que viste que le hicieron a otro. Todo eso puede acompañarte hasta tu casa y sentarse contigo a la mesa.
Y entonces una reportera pide escuchar.
Hay que detenerse ahí. Porque contar también puede doler. Porque frente a Sandra había personas para quienes recordar no era un ejercicio narrativo, sino volver a acercarse a lo que apenas podían soportar.
Escuchar exige tiempo. Preguntar exige cuidado. Publicar exige comprobar.
Quién. Cuándo. Dónde. Cómo. Qué coincide y qué no. Qué puede documentarse. Hasta dónde alcanza la evidencia.
Una historia terrible no exime al periodismo del rigor. Lo vuelve todavía más necesario.
Sandra recibió esos testimonios, los investigó, los contrastó y los convirtió en un libro. Entre una conversación y una página publicada hay grabaciones, notas, documentos, dudas. Hay que volver sobre lo escuchado. Escribir. Borrar. Encontrar las palabras que permitan entender sin convertir el dolor ajeno en espectáculo.
Del averno también hay que regresar para trabajar.
Por eso, aquella noche, el reconocimiento tenía un peso que iba mucho más allá del premio. Estábamos nombrando un oficio que pide acercarse, quedarse y después responder por lo que se cuenta.
También por sus consecuencias.
Publicar lo que otros necesitan mantener oculto puede cobrar un precio: la seguridad, la tranquilidad, la intimidad. No hay nada romántico en mirar alrededor antes de llegar a casa ni en descubrir que una investigación puede meterse en la vida de quien la hizo.
No sé si Sandra tuvo miedo. Habría que preguntárselo.
El periodismo tampoco necesita chicas superpoderosas. Necesita reporteras capaces de reconocer el peligro, cuidar sus fuentes y hacer su trabajo. De formular la siguiente pregunta sin olvidar a la persona que habrá de responderla.
Ahí está el valor que Marea 51 reconoció en Sandra.
Y mientras hablaba de ella, volvía a unas palabras que escribió después de la muerte de su abuela:
«Respirar, abuela, fue lo último que te vi hacer. Y con ello me quedo, con la esperanza defendiéndose».
Quizá ahí está la Sandra que une todas estas historias. La niña que escribe. La hija que busca. La nieta que conserva el último movimiento de un pecho. La periodista que escucha a quienes regresaron y procura que sus voces lleguen hasta nosotros.
En una noche de premios es fácil hablar de trayectorias, enumerar libros, decir palabras grandes. Yo quería reconocer también eso: la atención de una mujer ante la vida de otra persona. Su decisión de no pasar de largo.
Sandra recibió el premio por Testigos del horror. Y con ella estuvieron, en lo que dijimos de su trabajo, quienes se atrevieron a confiarle lo vivido.
No para que nosotros cerráramos el libro, suspiráramos y siguiéramos como si nada. Indiferentes. O inmunes al dolor.
Para que lo supiéramos. Para que la esperanza tenga todavía con qué defenderse. Para que conste.







