Días de Gracia: El Rey no ha muerto.

Por Guillermo López Franco

Los máximos dirigentes de Norteamérica presenciaron la coronación de un equipo de fútbol y fueron apenas un pie de fotografía frente al fenómeno que presenciaron.

Tradicionalmente se utiliza la frase “Ha muerto el Rey, que viva el Rey” para señalar como la caída de un monarca es solo el punto de inició para el reinado del siguiente.

El domingo 20 de julio presenciamos la coronación de la selección española en un tenso y desgastante juego contra la vigente campeona y lo que vimos fue el inicio de un nuevo reinado.

España llegó como la gran favorita. Su estandarte fue el control del tiempo y la posesión Con un solo gol recibido en todo el torneo y con su estilo de juego afianzado a lo largo de la competición, pocos dudaban de su capacidad para nulificar a los sudamericanos, especialmente tras dejar en blanco a la temible ofensiva francesa en semifinales.

Por su parte, Argentina consiguió su pase a East Rutherford con el drama, con la aparición de jugadas heroicas para remontar marcadores adversos y con lo último que le quedaba de magia a Lionel Messi. Jugadas polémicas aparte, los argentinos apelaban a su orgullo de campeones para enfrentar a un equipo con un nivel de juego superior.

El relato de juego puede resumirse en la idea de una España coordinada, una maquinaria de pases y triangulaciones, con el objetivo de manejar el balón hasta el área rival, sin descanso, mientras Argentina perseguía, se atrincheraba y luchaba con todo lo que le quedaba de fuerzas. El balón no era otra cosa que un blanco móvil para darle caza y buscar un solitario remate de Otamendi, Julián o el propio Messi.

El equipo español no se cansó de su idea, del concepto adoptado por inspiración catalana y siguió con su variante del juego posicional. La persecución de los zagueros argentinos fue tan intensa, que Lisandro y Romero, los centrales titulares, tuvieron que ser sustituidos después de casi una hora de esfuerzo para cortar los ataques españoles.

A pesar del sofoco que los campeones de Europa hicieron vivir a la selección albiceleste, no pudieron perforar la portería. Sea por la falta de un delantero fijo, la refriega de los defensores pamperos o las oportunas intervenciones de Emiliano Martínez en el arco, los minutos transcurrieron sin que el marcador se moviera.

Desde temprano se vio que la apuesta argentina era resistir hasta el límite. Llegar a la primera pausa de hidratación, al medio tiempo, a la segunda pausa, al tiempo extra… Dejar que España se fuera enredando en pases infructuosos y dejar un resquicio para un contragolpe fulminante o para llevar la final a una incierta tanda de penales. Por más de 90 minutos, la estrategia funcionó.

El gol de Ferrán Torres al minuto 116 fue el ejemplo de la filosofía del fútbol del equipo español. Presión, recuperación de balón, pase rápido, cambio de posiciones, triangulación. El gol fue fruto de sostener la estrategia a lo largo de todo el torneo.

A pesar de los últimos minutos del alargue, marcados por el desesperado ataque argentino, para todo el público estaba claro que si el fútbol debía ir contra su propia naturaleza y premiar al mejor equipo, lejos de accidentes o caprichos, entonces España debía ganar.

Messi tuvo dos últimos minutos para lanzar a su equipo y el empate no estuvo lejos, pero, al final, solo quedaron sus lágrimas en pantalla, debía ceder su corona a una nueva generación.

En la ceremonia de premiación pudimos ver a Gianni Infantino, Donald Trump, Claudia Sheinbaum, Mark Carnet y a Felipe de Borbón dejando sus palcos para premiar a los jugadores y guiarlos al podio. Era casi ridículo ver a Jefes de Estado rindiendo homenaje a algo tan banal como el fútbol.

España ahora es, sin discusión, el mejor equipo del mundo. Pero pensar que Argentina fue destronado y que hay un nuevo monarca sería engañarse por lo evidente. El Rey no ha muerto, el fútbol sigue siendo el soberano absoluto.

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