Días de Gracia: La batalla de Atlanta  

Por Guillermo López Franco

Hay algunos equipos que están destinados a ser rivales y a fomentar la animosidad entre ellos torneo tras torneo. Ese es el caso de Inglaterra y Argentina.

 

Casi todo el mundo recuerda, haya visto o no el partido, el encuentro entre ingleses y argentinos en los cuartos de final en 1986. Se ha contado hasta el cansancio cómo Maradona tomó revancha de la derrota de su país frente a la Armada de Margaret Thatcher en 1982 en la guerra de las Islas Malvinas con dos goles, uno pomposamente llamado “La Mano de Dios” y el otro, atinadamente bautizado “El gol del siglo”.

 

Desde entonces, la enemistad entre ingleses y argentinos siguió creciendo. Argentina volvió a eliminar a los Tres Leones en 1998 y, cuatro años después David Beckham frustró a la albiceleste en el grupo de la muerte.

 

Habían pasado muchos años sin enfrentamientos en los grandes torneos, pero ninguna de las dos aficiones había dejado que el recuerdo de las cuentas pendientes de olvidara.

 

40 años después de la consagración de Maradona, los dos equipos llegaban a Atlanta a disputar la segunda semifinal del torneo para definir quién terminaría viajando a Nueva York para el duelo final contra España.

 

Atlanta es una sede muy aficionada al deporte, pero no demasiado acostumbrada a los campeones. Ni los Halcones en la NFL, los Bravos en las grandes ligas, ni Atlanta United en la MLS cuentan con un palmarés destacado en sus respectivas ligas. Un escenario modesto para la batalla entre dos escuadras llenas de historia.

 

Inglaterra, aún perseguida por su obsesión de repetir el campeonato de 1966, se presentó en el estadio con la idea de ganar a toda costa, confiando en su despliegue físico y en la dupla de Bellingham y Kane para perforar la dudosa defensa argentina. Si algo había demostrado el conjunto británico contra México y contra Noruega era que no requería ser mejor que el rival para ganar, simplemente resistir lo necesario para que sus atacantes aguijonearan la portería contraria.

 

Del otro lado estaba Argentina con su corona algo deslucida. Si bien habían logrado tres triunfos en las eliminatorias con base en la lucha y el drama, no venía respaldada por el buen juego. Se notaba un campeón vulnerable.

 

El primer tiempo fue tal como Inglaterra necesitaba que fuera. Un partido espeso, de muchas carreras, encontronazos, poca claridad. Solo necesitaban mantener bloqueadas las líneas de pase argentinas mientras buscaban una oportunidad.

 

La oportunidad llegó en la segunda parte, de nuevo al estilo inglés. Al minuto 54, balón largo desde su cuadro bajo, rebote, toque rápido de Rice, servicio de Rodgers y remate de Gordon al otro lado del área haciendo gala de su velocidad para dejar atrás a la defensa.

 

Ahora el partido estaba en el punto soñado para Inglaterra. Solo necesitaban parapetarse en el área y frustrar las aproximaciones del rival mientras esperaban la oportunidad del contragolpe definitivo.

 

Quedar en desventaja en el marcador ya lo había sufrido Argentina contra Egipto. Las eliminatorias se habían vuelto una penitencia, que se había logrado superar de forma agónica, siempre en los minutos finales, casi a los tumbos, esperando que la calidad de sus jugadores compensara la falta de ideas.

 

Pero esto no ocurrió en Atlanta. Con Inglaterra jugando a la italiana, Argentina movió el balón de un lado a otro. El técnico Scaloni movió las piezas de ataque. Con los ingleses tan replegados, podía sacrificar defensas para que los sustituyeran jugadores ofensivos.

 

Los ataques argentinos comenzaron a ser un asedio sobre el área inglesa, pero una salvada magistral de Pickford y un balón al poste mantuvieron la ventaja.

 

Inglaterra seguía aferrada a su guardameta y al cronómetro. Era evidente que al cuadro de Thomas Tuchel solo le importaba llegar a la final, sin avergonzarse de que Harry Kane jugara como un defensor más.

 

Faltaban cinco minutos para el fin del tiempo regular y el campeón seguía presionando sin lograr romper la valla que tenía enfrente. Hasta que Messi conectó con Enzo Fernández quien logró superar a Pickford con un tiro fuera del área. Una vez más, Argentina anotaba en los minutos finales.

 

El árbitro añadió diez minutos al tiempo reglamentario.En ese momento, solo había dos resultados posibles. O bien los ingleses se las arreglaban para llegar a tiempos extra o Argentina anotaba el gol de la victoria.

 

Messi en todo el partido había estado luchando en la media cancha, con el rol de surtir a Julián Álvarez, a Lautaro Martínez, a quien fuera. Ganar la Bota de Oro como máximo goleador era menos importante que superar las semifinales. Por eso el capitán argentino fue el encargado de lanzar el servicio para que Lautaro cabeceara el gol de la victoria.

 

El fútbol cobra facturas. Inglaterra se enfrentó al escenario de necesitar un gol habiendo renunciado al ataque desde hacía media hora y los últimos minutos jugó buscando una última ocasión que nunca llegó. Argentina clasificó para defender el título contra España.

 

El público de Atlanta no presenció jugadas polémicas o geniales como se vieron en el Azteca cuarenta años antes. Lo que vio fue una batalla, tal vez el mejor juego de Argentina en todo el torneo, con las emociones in extremis que en nada envidiarían a la ofensiva de los últimos dos minutos en un playoff de la NFL.

 

Inglaterra enfrentará a Francia para decidir al ganador de la medalla de bronce, premio que no logrará consolarlos de un nuevo intentó fallido por disputar el título. Argentina vuela a Nueva York con la oportunidad de defender su corona. Este domingo veremos si hay una nueva batalla, un drama, un duelo de ajedrez o un partido de fútbol.

Related Posts

Next Post

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más información

Are you sure want to unlock this post?
Unlock left : 0
Are you sure want to cancel subscription?