Estamos en septiembre, “mes patrio” y sin duda estaremos viendo gran cantidad de anuncios, propaganda y fiestas en torno a la Independencia, los Niños Héroes, Miguel Hidalgo, Josefa Ortiz de Domínguez y los colores de la bandera.
A algunos les resulta tal vez un poco pasado de moda, pero hay muchas personas a lo largo del país que sin falta se reúnen cada 15 de septiembre por la noche para vitorear a los reconocidos como los padres de México y las consignas del alcalde, gobernador o presidente en turno.
Si, puede parecer algo festivo o frívolo según la perspectiva de cada uno, pero todos los países tienen su Día Nacional, su Independencia, su Revolución, su Fundación o Natalicio. Y esto es porque, quizá sin ninguna de estas fechas y fiestas, México y los demás países podrían desaparecer.
Gracias a Macario Schettino tuve oportunidad de leer el libro de Benedict Anderson “Comunidades Imaginarias” en el que escribe la necesidad de los diferentes grupos de personas de formar ideas y sistemas comunes que les permitan estar juntos.
Desde Aristóteles sabíamos que los seres humanos somos animales políticos, es decir, no solo tenemos que vivir en comunidad para sobrevivir, sino que nosotros decidimos sobre la vida de los otros e incluso competimos por la autoridad y el poder para tomar decisiones sobre cómo debemos vivir en grupo.
¿Pero qué es lo que mantiene al grupo unido? ¿por qué tendríamos que obedecer lo que dicen otras personas, sus reglas, sus formas de pensar? Pero lo increíble es que, si no lo hacemos, perdemos nuestra conexión con los otros, perdemos lo que nos hace “nosotros” y lo que nos hace diferentes a “ellos”.
Y este vínculo que nos permite tener algo en común con los otros puede ser nuestra herencia familiar, nuestro idioma, nuestra religión o nuestras tradiciones. Lo más básico, sería el haber nacido en el mismo lugar.
Ninguno de los elementos anteriores sería suficiente por sí mismo. Mientras más gente, más complicado resulta encontrar lo que los une por la gran diversidad de ideas y costumbres. Se necesita algo más, algo que pueda conectar con personas de diferentes regiones y clases sociales y eso es el mito Nacional, la historia que marca la historia, los valores y la identidad de todos y que los vuelve únicos ante todos.
Estados Unidos tiene a los Peregrinos, Pocahontas, Washington, Jefferson, Lincoln; la Guerra Revolucionaria, la Guerra Civil y las Guerras Mundiales. En su mito está una nación destinada a la gloria, cubierta por las barras y las estrellas.
¿Cuál es el mito mexicano? El águila y la Serpiente, Tenochtitlan, Cuauhtémoc, Cortés, la Malinche; el Virreinato; Guadalupe, los Insurgentes, Benito Juárez, Porfirio Díaz, la Revolución, la Expropiación Petrolera, y la Dictadura Perfecta. Todos mezclados en el gran relato de grupos, de liberales y conservadores, siempre en conflicto en un país que busca la prosperidad y el progreso.
Teniendo a la gran colección de relatos que forman nuestro mito, tenemos una idea de quiénes somos, por qué somos como somos y cómo deberíamos ser. Todo lo que aprendemos en los libros de historia es lo que nos permite definir qué es México.
Claro, no siempre el mito corresponde con la realidad, los personajes y hechos heroicos siempre serán ennoblecidos mientras que los villanos serán fustigados: Benito Juárez siempre será el Benemérito y no tendrá mancha por el Tratado McLane-Ocampo, del mismo modo que Iturbide siempre será el emperador tiránico y jamás recibirá honores como líder de la independencia .
Insisto, todo esto es parte de la elaboración de la mitología Nacional de cualquier país, no necesita ser del todo histórica. Pero el riesgo es cuando, ignorando muchos de los hechos, el relato mítico es lo único que tenemos para entender nuestra realidad.
Los políticos son muy afectos a los mitos nacionales porque les permite comunicarse con facilidad. Para el público es más fácil reconocer a un “defensor de la revolución”, a un “heredero de Juárez”, a “una Guadalupana”, un “luchador social” o a un “verdadero juarista.” El punto es tener un respaldo, una figura o concepto que forme parte del mito Nacional para respaldarse.
Pero hay algo más, un político puede proclamarse como “verdadero juarista”. Lo siguiente es crear un discurso coherente con el mito, uno que reafirme las creencias de la gente. Por eso escuchamos los ataques contra los “conservadores”, “ traidores”, los “reaccionarios”.
Los mitos nacionales, como se ha visto, son necesarios para que las personas puedan conformar una sociedad más o menos sólida, que presente una historia y cultura con la que la mayoría de la gente pueda identificarse, enorgullecerse .
Pero por necesarios que sean, si estos relatos míticos son nuestra única historia, entonces podemos perdernos en el relato de quienes usan al mito no para generar cohesión, sino para ganar poder. Esa es la historia que no podemos dejar que se repita.









