Septiembre apenas comienza y para muchas personas aparece una sensación casi inevitable: “¿en qué momento pasó todo el año?”. Los meses parecen avanzar cada vez más rápido, especialmente cuando se comparan con la percepción del tiempo que se tenía durante la infancia.
Aunque los relojes siguen avanzando al mismo ritmo, nuestra percepción puede cambiar con la edad. Una de las explicaciones estudiadas señala que cuando somos pequeños vivimos una gran cantidad de experiencias nuevas. Aprender, descubrir lugares, conocer personas y enfrentar situaciones por primera vez genera recuerdos más diferenciados.
En cambio, durante la vida adulta muchas jornadas pueden parecerse entre sí: levantarse, trabajar, realizar las mismas actividades, regresar a casa y repetir la rutina. Cuando miramos hacia atrás, esos días pueden mezclarse en nuestra memoria y hacer que semanas o incluso meses parezcan haber pasado de manera repentina.
Esto también explica por qué unas vacaciones llenas de actividades pueden sentirse más largas al recordarlas que varias semanas de rutina.
Una manera de combatir esa sensación es introducir pequeñas novedades en la vida cotidiana: aprender algo diferente, cambiar una ruta, visitar un lugar nuevo, retomar una actividad pendiente o simplemente prestar mayor atención a los momentos cotidianos.
No podemos hacer que el reloj avance más despacio, pero sí podemos hacer que nuestros días tengan más momentos que recordar.
Y quizá por eso septiembre nos sorprende tanto: no es que el año esté corriendo, sino que muchas veces estamos tan ocupados viviendo la rutina que no nos damos cuenta de cuánto tiempo ha pasado.









