La imagen de México en el Mundial contrasta con el partido frente a Donald Trump y la economía internacional.
NAún con la amargura de la derrota frente a Inglaterra, podemos decir que el seleccionado nacional se desempeño a un nivel superior del esperado y, aunque incapaz de superar el límite competitivo y simbólico de los octavos de final, logró entusiasmar de nuevo después de años de incertidumbre.
Pero la política y economía son otra pista donde el desempeño ni siquiera alcanza a compensar la falta de resultados. Desde la señalada caída del PIB en 2019 antes de la pandemia, la economía mexicana no ha logrado revertir casi una década de estancamiento sin capitalizar las ventajas de su situación.
Así como es difícil de explicar por qué un país de 130 millones de personas no ha conseguido formar una selección de 23 futbolistas capaces de alcanzar los máximos honores en una Copa del Mundo, también cuesta mucho ilustrar las razones para el bajo desarrollo de la economía mexicana.
Tenemos algunos factores que se arrastran desde hace tiempo, como son la mermada calidad educativa, la baja productividad y la corrupción, pero esos tres factores crónicos no bastan. También podríamos hablar de la endémica desigualdad social, pero, igual, no alcanzaría a explicar el rendimiento por debajo del potencial.
Así como la estrategia puede condicionar el resultado del juego, así pasa con las políticas económicas. Ahí vemos el gran porcentaje de endeudamiento derivado de la gestión de Pemex, la baja tasa de recaudación o los fallidos proyectos de desarrollo en las zonas más empobrecidas del país, puesto que el aumento de salarios y los diversos programas de becas y pensiones son universales y no terminan por enfocarse a la población que más los requiere.
Otro aspecto que ha resultado crucial es la expansión y enraizamiento del crimen organizado en la médula económica del país. Sea que hablemos de extorsiones a comerciantes, de explotación de agricultores, de huachicol o de narcopolítica, la economía mexicana sufre una sangría permanente a manos de los criminales.
Y al final están los factores externos y el escenario internacional donde se compite. Hace 35 años que México se integró con Estados Unidos y Canadá para formar el bloque económico más rico del planeta. Si bien es cierto que México aceptó el papel como productor y proveedor primario para la industria estadounidense, también es cierto que propulsó su tecnificación y su papel como puerta de entrada al mercado más dinámico del mundo, convirtiéndose en uno de los actores principales de la industria automotriz y ramificando su economía más allá de la explotación de materias primas tales como el aguacate, el petróleo o el cobre. Sin embargo, pese al efecto notable de los tratados de libre comercio, la economía mexicana siguió sin remontar sus males estructurales o sentar las bases para un desarrollo más dinámico.
Por último, llegamos a enfrentar al oponente más combativo en la lucha por el desarrollo: Donald Trump. Las negociaciones comerciales en Washington se han vuelto cada vez más complicadas y México se ve presionado por dos frentes: los aranceles y amenazas para terminar el tratado de libre comercio y el constante señalamiento de su inacción frente a los traficantes de drogas y la complicidad de figuras del gobierno con los capos.
Los últimos meses hemos visto como Estados Unidos fustiga a los puntos débiles del cuadro bajo de la defensa mexicana con la retirada de visas a alcaldes, legisladores y gobernadores señalados por sus vínculos criminales; las acusaciones contra los diez de Sinaloa y el más reciente escándalo con la presunta operación del FBI para secuestrar a Ismael Zambada, el Mayo, y juzgarlo en una Corte Estadounidense.
Alguna vez escuché decir a un analista que Alemania hubiera dado cualquier cosa por diez kilómetros de frontera y los acuerdos comerciales que México tiene con Estados Unidos, por lo que era una incógnita cómo es que la economía mexicana se había desarrollado tan poco y tan lento en comparación con su potencial. Hay muchos elementos que se han analizado y revisado en varias ocasiones, pero el pulso del encuentro es evidente.
México desde hace décadas intenta calificar a ese quinto partido llamado progreso, pero en el marcador, las cifras indican que México no está ganado esta partida.







