Los exámenes de admisión siempre han sido materia de debate entre la meritocracia y la exclusión. Pero cuando se pierde la credibilidad institucional, ni siquiera el proceso más justo es confiable.
La Universidad Nacional Autónoma de México realizó, como todos los años se realizó el examen de admisión para sus programas de licenciatura.
Como de costumbre, convergieron dos tipos de aspirantes. Los egresados de la Escuela Nacional Preparatoria y del Colegio de Ciencias y Humanidades, que gozan del pase reglamentado por formar parte de la UNAM, y las decenas de miles de jóvenes provenientes de otras instituciones que debían presentar el examen de admisión.
Como de costumbre, al ser la institución más prestigiosa del país, la UNAM recibió una enorme cantidad de solicitudes de admisión, está vez, más de 190 mil, con 153 mil candidatos que alcanzaron a realizar la prueba entre el 23 de mayo y el 10 de junio.
Y como de costumbre, muchos solicitantes quedaron fuera. Solo 21 mil postulantes quedaron entre los mejores puntajes y fueron seleccionadas para el nuevo ingreso, junto a 28 mil estudiantes que gozaron del pase reglamentario.
Nada de esto sería noticia si no hubiera pasado algo fuera de lo acostumbrado. La UNAM utilizó por primera vez los exámenes en línea y a distancia para el proceso de admisión.
La compañía Territorium Life fue contratada para llevar a cabo el procedimiento. Ofreció un sistema en línea con vigilancia sobre el equipo de los estudiantes, con cámara activada para monitorear sus movimientos y evitar trampas. Según las notas de prensa, el cambio a la modalidad virtual significó un ahorro de 7.3 millones de pesos en costes de logística.
Sucedió otra cosa desacostumbrada. El 3 de julio, la UNAM denunció actividades irregulares de empresas que ofrecían ayudas para la realización del examen.
3 mil evaluaciones fueron anuladas por contravenir los reglamentos y los criterios de honestidad académica.
Pero lo más inusual ocurrió poco después del 17 de julio, cuando se supo que el porcentaje de exámenes que habían llegado a más de 100 puntos había aumentado considerablemente con respecto al año anterior. En general, las calificaciones promedio habían sido mucho mejores que el año pasado.
Esa singularidad estadística no pasó desapercibida. De inmediato, varios académicos y analistas revisaron los resultados y hubo varias razones para sospechar que aquellas puntuaciones no eran resultado de una generación de aspirantes excepcionalmente brillantes, sino de errores en el método de aplicación, los controles de seguridad y, finalmente, en el uso de ayudas prohibidas. El escándalo fue tan grande, que la UNAM tuvo que iniciar una revisión completa del proceso.
Si la UNAM ha hecho bien o si ha manejado correctamente el problema lo discute atinadamente Imanol Ordorika en su artículo. Pero lo que sucedió nos muestra a una generación de egresados de las preparatorias del Valle de México sueltas en la incertidumbre. Si la UNAM descubre que efectivamente hubo herramientas digitales, como la IA, usadas como ayuda en el examen, podría decidir anular todo el proceso. Y si no lo hace, siempre quedará la duda de si los estudiantes que lograron ingresar lo hicieron de forma legítima.
La generación que está en proceso de ingresar a la Universidad comenzó su educación primaria alrededor de 2014. En 2017 vivieron la reforma educativa de Peña Nieto, en 2019, ya para ingresar a secundaria, la contrarreforma de la Nueva Escuela Mexicana.
Ya a mitad de su formación, escucharon al expresidente López Obrador decir “no me vengan con que la ley es la ley” . En Preparatoria supieron de la Ministra de la Suprema Corte, Yasmín Esquivel, bloqueando las investigaciones sobre un presunto plagio de su tesis de licenciatura, que la candidata presidencial había plagiado párrafos de su informe de titulación y que el fiscal general Alejandro Gertz Manero fue denunciado por plagio ante el Sistema Nacional de Investigadores con las autoridades de CONACYT cerrando el caso por falta de acreditación de los 72 académicos denunciantes.
Esto nos hace reflexionar sobre los incentivos de la honestidad académica. Para cuando los muchachos hicieron su examen,conocieron varios ejemplos notorios de malas practicas sin consecuencias evidentes. Es posible que muchos de ellos hayan sopesado las lecciones sobre la conveniencia del trabajo honrado frente a los resultados fáciles y la impunidad. Ahí es donde, por desgracia, la permisividad y la tolerancia hacia la corrupción parecen la normalidad









