Días de Gracia La ilusión que volverá a rodar otros cuatro años más

 

La ilusión es un componente básico en la vida diaria para mover la energía de las personas. Es lo que mueve a las personas a buscar un título universitario, un ascenso, un negocio exitoso, ganar la lotería… mientras más lejana y difícil se perciba la meta, más grande la ilusión por conseguirla.

 

La ilusión también mueve a los deportistas y a los equipos nacionales de fútbol. Cada país tiene sus sueños: Uruguay, disputar otra final, Brasil, ganar el sexto campeonato, Países Bajos, por fin ganar una final; pero también Hungría que desea volver a la Copa Mundial, Venezuela, calificar por primera vez o El Salvador, que sueña con vencer a México aunque no clasifique.

 

En esta Copa del Mundo 2026, la ilusión mexicana era la misma de los últimos 40 años: llegar a cuartos de final. La consigna siempre fue llegar al quinto partido, ahora, con una ronda extra, el sueño era jugar el sexto.

 

Para México la ilusión mundialista rueda durante cuatro años. Después de la aparentemente inevitable decepción de cada certamen, el proceso volvía a empezar. Ls gente se entristecía, se enojaba; los analistas señalaban los altibajos del juego, volvía la inexorable pero estéril critica a los directivos y dueños de la federación, se buscaba un nuevo entrenador, se exigía una mejora de juego y seguir siendo el “Gigante de CONCACAF” para lograr el mejor resultado posible en las eliminatorias en las que la clasificación se percibe como casi un hecho. Llegaban otra vez los octavos de final y el ciclo de la ilusión volvía a rodar.

 

En ocasiones anteriores, México tuvo diferentes resultados y desempeños en la ronda de octavos de final. Encuentros muy buenos como contra Argentina en 2006 o Países Bajos en 2014, o partidos desmoralizantes como contra Estados Unidos en 2002 o frente a Argentina en 2010. Pero el resultado no varió, México se quedó sin repetir su gesta de 1986.

 

 

Esta vez, México llegaba a los octavos de final con una ilusión especial. No era solo el sueño, sino el entusiasmo con los resultados obtenidos. De forma inédita, México había obtenido tres victorias sin recibir gol en la fase de grupos. Cierto que los rivales, Sudáfrica, Corea del Sur y República Checa eran escuadras de nivel inferior al mexicano y que el peso del Estadio Azteca fue asfixiante, pero el juego de presión y velocidad implementado por Javier Aguirre fue la clave para explotar las debilidades del contrario.

 

Luego llegó el juego de dieciseisavos de final contra Ecuador. Si acaso los mejores veinte minutos mexicanos en una Copa del Mundo en mucho tiempo. Los elogios al buen juego de México eran comparables con los que recibió la selección de Ricardo Lavolpe en 2005, con el añadido de que la exhibición fue en casa, con un Estadio Azteca entregado a Julián Quiñones y Raúl Jiménez.

 

Por eso el público estaba tan ilusionado. Se había jugado muy bien y se había cumplido el objetivo de llegar a octavos de final con todo a favor para volver a los míticos cuartos de final.

 

Para hacerlo, México enfrentaría a Inglaterra. Los Tres Leones también tienen su ilusión, levantar la copa después de su victoria en 1966. Pero a diferencia de México, llegaban con muchas más dudas y menos fútbol. A pesar de contar con elementos de clase mundial como Harry Kane, Jude Bellingham o Declan Rice, la escuadra de Thomas Tuchel no había sido convincente en su campaña y llegó a octavos con resultados apretados y sin mostrar una idea de juego cohesionada.

 

Todo lo anterior daba muchas esperanzas para un resultado icónico en la historia del fútbol mexicano. Derrotar a Inglaterra en el Azteca, pasar a cuartos de final y redondear la mejor actuación mexicana en la Copa del Mundo.

 

La noche del 5 de julio, México salió con la idea de derribar los muros invisibles que lo mantenían fuera del podio. Al contrario de otros años, la gente no solo tenía esperanza, sino que estaba convencida del éxito.

 

Cuando Jiménez remató en el área chica y obligó a que Jordan Pickford hiciera una de las mejores atajadas de su carrera, el ambiente entre el público se podía palpar, la victoria estaba cerca. Inglaterra apenas podía frenar el ímpetu mexicano y su principal objetivo era resistir el embate de los primeros minutos.

 

Pero, en dos minutos, Rice, Kane, Bellingham y Antony Gordon aprovecharon dos errores en la defensa y Bellingham  dejó el marcador 2-0 para Inglaterra. Por primera vez en el torneo, México había recibido gol y estaba en desventaja.

 

El espíritu competitivo mexicano fue loable y se volcó sobre la meta de Pickford hasta que Quiñones logró el descuento. Medio tiempo y la pizarra marcaba el 2-1.

 

El segundo tiempo comenzó con México de nuevo al ataque, sin dejar tiempo a los ingleses para acomodarse. El zaguero Jarell Quansah fue expulsado al minuto 54 y México tenía el escenario ideal para una remontada, para la épica.

 

Sin embargo, un nuevo error de la defensa llevó a un penal sobre Antony Gordon y Kane se encargó de colocar el 3-1 al minuto 60. A pesar de la intensidad, de la velocidad y del  control sobre el balón, México estaba de nuevo con dos goles de desventaja.

 

Casi diez minutos después, Kane fue señalado por cometer falta en el área y el penalti se marcó a favor de México. Raúl Jiménez hizo gala una vez más de su técnica y convirtió al 3-2. De nuevo, con casi media hora y frente a un rival diezmado, todo estaba para buscar el gol que forzaría los tiempos extra y era evidente que Inglaterra no tendría suficiente pulmón como para resistir el alargue.

 

Y fue así como México utilizó todos sus arietes para derribar la muralla de Inglaterra y de su propia historia. Una y otra vez colocaron servicios al área buscando un remate, un rebote, una falta. Los ingleses se revolvían para atajar cada ofensiva. Dejó de jugarse al fútbol para escenificar un drama. Los Tres Leones estaban acorralados, apenas buscaban atacar, pero México ya no encontraba opciones claras. Movieron el balón de un lado a otro, pero ahora era más corazón que táctica.

 

El juego terminó con la victoria inglesa. Se escucharon muchos elogios para el digno papel mexicano, se utilizaron frases frecuentes como “caer con la cara al sol” o “se dio un gran partido”, pero nada de eso contuvo las lágrimas de miles de aficionados que llegaron a creer que México alcanzaría la gloria.

 

Una vez más, México cayó en octavos. Los analistas señalaron los altibajos del encuentro, aparecieron las inexorables y estériles críticas a los dueños y directivos de la federación y ahora la planeación para el 2030 comenzó alrededor de Rafael Márquez, quien aparece como el sucesor de Aguirre en el banquillo.

 

Así fue como México amaneció el lunes. Fue una noche triste y ahora todos, apasionados del deporte y seguidores ocasionales por igual, regresarán a las realidades del país. El resto del calendario se jugará en Estados Unidos, así que la fiesta del fútbol se vivirá a distancia.

 

Pese a la amargura del despertar, la incombustible capacidad de los mexicanos para ilusionarse se mantendrá. Después de las buenas sensaciones que quedaron, habrá confianza en que México logrará algo más en el centenario de la Copa Mundial. Ahí seguramente estarán Gilberto Mora, Erik Lira y Obed Vargas, ahí estarán miles de aficionados fieles.  La ilusión comienza a rodar una vez más.

 

 

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