Cuando el medio tiempo dejó de ser espectáculo y se volvió una batalla cultural
Perrear como acto de protesta suena, a primera vista, algo contradictorio. Pero en el ecosistema cultural contemporáneo,
donde identidad, entretenimiento y política conviven en el mismo “feed”, el baile también puede ser discurso. La aparición de Benito
Antonio Martínez Ocasio en el medio tiempo del Super Bowl no fue solo música urbana boricua en horario estelar: fue una intervención
simbólica que colocó la latinidad, el Caribe y Puerto Rico en el corazón del espectáculo más rentable del planeta.
“Bad Bunny” logró algo que a muchos políticos latinos en EU no han logrado en décadas: posicionar un mensaje cultural con resonancia
política mundial en apenas trece minutos. Sin un “Fuck Trump” o “Ice out”, sin tribuna partidista o promesas vacías. Solo símbolos,
ritmo y narrativa. Marshall McLuhan lo hubiera resumido con su famosa tesis: “el medio es el mensaje”. El Super Bowl, máxima
plataforma del capitalismo cultural anglosajón, amplificó más el narrativa que cualquier mitin político.
Y no, el tema vocal era irrelevante. Su rango nunca ha sido operístico ni pretende serlo. Lo que estaba en juego no era afinación sino la
representación. Guy Debord lo anticipó en “La sociedad del espectáculo”: en las sociedades mediáticas el poder circula a través
de imágenes, símbolos y emociones. Esa noche, la imagen dominante no fue una bandera estadounidense tradicional, sino un
mosaico latino bailando sin pedir permiso. En un escenario donde cada rincón tenía un peso simbólico.
El mensaje fue claro: América no es solo Estados Unidos. Nombrar el continente completo, de la Tierra del Fuego a Canadá, fue una
clase de geopolítica pop. Un recordatorio incómodo para quienes aún imaginan fronteras culturales rígidas. La cultura popular hoy
tiene más alcance que muchos discursos políticos tradicionales; basta ver las audiencias. El poder simbólico ya no se concentra solo
en instituciones: se disputa en escenarios mediáticos globales.
Además, hubo una dimensión que se hizo más visible: Puerto Rico. Aunque no se mencionó explícitamente, el trasfondo colonial estaba
ahí. La preocupación por la gentrificación, la deuda, la presión inmobiliaria y la posible dilución cultural recuerda procesos
históricos como el que experimentó la isla de Hawái. En veinte segundos, Ricky Martín, al cantar un trozo del tema de Bunny, “Lo
que le pasó a Hawái”, pudo condensar una historia colonial completa y emocionar también a millones que no entendían
español. Y que más tarde buscarían qué quiso decir.
Ser reguetonero, por cierto, no limita la inteligencia simbólica. El prejuicio elitista que asocia música urbana con superficialidad
suele ignorar que la cultura popular ha sido históricamente vehículo de resistencia. Desde el blues hasta el hip-hop, pasando por la
salsa, los géneros nacidos en márgenes sociales suelen darle voz a identidades antes de que lleguen los análisis académicos.
Pero aquí entra la pregunta incómoda (y necesaria): ¿Esta rebeldía se volvió mercancía? Guy Deboard, inspirado en Marx, ya advertía
que el capitalismo tiene una habilidad casi mágica (e irónica) para absorber la crítica y venderla de regreso como producto. Cuando un
acto aparentemente subversivo está financiado por bancos globales, marcas de “fast fashion” (Zara), farmacéuticas, criptomonedas o automotrices, la línea entre protesta y marketing se vuelve algo difusa.
El algoritmo también juega su parte. Si tu contenido se llena de Bad Bunny sin descanso, conviene preguntarse quién gana con esa
visibilidad. No es conspiración: es modelo de negocio. Las plataformas maximizan engagement emocional, no necesariamente
reflexión crítica. El artista gana millones; los patrocinadores, más. ¿Y Puerto Rico? ¿Y Latinoamérica? Es la pregunta que suele perderse
entre tanto like y engagement.
Eso no cancela el impacto cultural del “Conejo Malo”. Pero sí obliga a leerlo con doble lente: celebración y sospecha. Como diría Guy
Debord, el espectáculo no solo entretiene; también organiza la percepción social. Puede visibilizar causas, pero también neutralizarlas transformándolas en consumo aspiracional. Diversidad convertida en branding, orgullo empaquetado en una playlist patrocinada.
El análisis, entonces, no admite simplismos y el tema tiene muchos matices. Benito Antonio Martínez Ocasio dio una batalla cultural real
jamás vista al colocar la latinidad y decir “seguimos aquí” en el centro del escenario global. Pero también evidenció la paradoja
contemporánea: incluso esta resistencia puede volverse rentable. Tal vez por eso la pregunta crucial no es si el espectáculo fue
político, sino qué cambia después de que se apagan las luces y el algoritmo deja de recomendarlo. Porque perrear puede ser protesta,
pero el sistema sabe bailar también. Y muy bien.
*Marco Mendoza es maestrante en Comunicación estratégica por la
universidad de Sonora.








