Días de Gracia: Día de la Bastilla

Por Guillermo López Franco

España nos recordó que el fútbol es un deporte de conjunto.

 

El 14 de julio de 1789, los plebeyos, el pueblo llano de París se rebeló contra el rey Luis XVI y tomó por asalto la fortaleza de la Bastilla, el lugar donde se encerraba a todos los enemigos de la Corona. Eso es lo que conocemos como el inicio de la Revolución Francesa, fiesta nacional en aquel país y que marcaría un hito en el desarrollo de la edad contemporánea.

 

Hoy, 275 años después, cuando Francia celebraba su Día de la República, hemos presenciado otra revolución: España trajo de vuelta al balón a esta Copa del Mundo.

 

Hemos visto muchas formas de jugar en este torneo: La presión mexicana en el Azteca, la heroica defensa de Cabo Verde, el catenaccio paraguayo, las dramáticas remontadas argentinas y la velocidad inglesa. Pero nos estaba faltando fútbol.

 

En el último mes, si había un equipo que despertaba esperanzas, era Francia. Con Mbappé, Dembelé, Olise, Doué y Barcolla en el frente, Francia aparecía en las semifinales con 13 goles a favor, con marcha invicta y a Kylian Mbappé en la carrera por convertirse en el máximo goleador del certamen. Francia era el favorito obvio para celebrar el Día de la Bastilla con un pase a la final.

 

Su oponente fue la selección española. Llegó al Mundial con el título de vigente campeona de Europa y el fútbol posicional de pases rápidos conocido como “Tiki Taka” desde la Euro conquistado en 2008.

 

Sin embargo, pese a llegar invicta con un solo gol en contra, la selección ibérica parecía mucho menos sólida. No solo por el sorprendente empate que les amargó el debut contra Cabo Verde, sino porque no se veía un equipo eficaz, certero o avasallador. Era un equipo fiel a su juego de toque, pero por momentos inofensivo, mucho menos impresionante que la artillería francesa.

 

Y llegó el Día de la Bastilla, primera semifinal de la Copa del Mundo que aún nos debía buen fútbol. Ya habíamos tenido drama, heroísmo y la inevitable parte de controversia, pero necesitábamos más juego con el balón. Y fue turno de España.

 

Con la base de la Roja en el mediocampo de Rodrigo y Fabián Ruiz, la selección española salió al campo de Dallas con la intención de hacer lo que mejor sabe hacer: mover el balón

 

En todo el Mundial, no había existido ni un solo equipo capaz de maniatar a la selección francesa como lo hizo España. A los 20 minutos, Mikel Oyarzabal marcó de penal y, a partir de ese momento, Francia no pudo volver al partido.

 

No importaban las carreras de Olise, Dembelé o Mbappé, no había conexión entre las líneas galas. Llegaron lapsos de juego en donde todo era perseguir, chocar, volver a correr. Unai Simón apenas se vio amenazado por los tenues ataques franceses.

 

Aunque el técnico Didier Deschamps realizó cinco cambios para el segundo tiempo, el ímpetu de los ataques de su equipo no logró romper el dominio hispano. Al minuto 58, Pedro Porro anotó el 2-0 definitivo por medio de la mejor arma española, las triangulaciones rápidas por el centro del campo.

 

Después de eso, la Roja se dedicó a neutralizar los intentos franceses para marcar al menos el descuento. La frustración de Mbappé era evidente, se quedó fuera de la final por primera vez en toda su carrera, sin siquiera haber conseguido inquietar al arquero.

 

Es verdad que España aún carece de un ataque explosivo y que sus dos mejores armas, Lamine amal y Nico Williams, no están en ritmo ni condiciones óptimas, pero aún así, dejaron a Francia sin oportunidades de lucir como la máquina que había sido. Habían desdentado al león.

 

El Día de la Bastilla, España superó a Francia no con el peso de sus estrellas, lucha o sacrificio, jugadas polémicas o goles dramáticos. La revolución española fue ganar jugando como un equipo de fútbol.

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