Reputación, poder e hipocresía de los intelectuales 

Por Marco Mendoza

Existe una vieja fantasía académica según la cual los grandes intelectuales viven en una especie de Olimpo moral
impermeable al fango del mundo: analizan, critican y explican la realidad sin contaminarse por ella.

Sin embargo, la cultura digital hipermediatizada ha vuelto cada vez más difícil sostener esa ilusión. La visibilidad permanente,
los archivos digitales y la lógica algorítmica de la exposición pública han transformado la reputación en un activo frágil,
sujeto a revisiones constantes y a crisis repentinas que antes podían permanecer en la penumbra.

Las recientes revelaciones sobre vínculos entre figuras como el intelectual de izquierda Noam Chomsky y el gurú de la
autoayuda Deepak Chopra con Jeffrey Epstein deben leerse en ese contexto ampliado. Lo que observamos aquí no es solo una
“mala racha” mediática, sino una fractura sistémica de la coherencia de marca en dos de las figuras intelectuales más
influyentes del último siglo. Desde la óptica de la Teoría de la Restauración de la Imagen, ambos enfrentan una crisis por
“asociación por proximidad”, donde la reputación se erosiona no necesariamente por acciones directas, sino por la
percepción social derivada del entorno relacional (Benoit, 1995).

El investigador Paul Capriotti ha insistido en que la reputación depende de la coherencia entre identidad proyectada,
comportamiento percibido y narrativa mediática (Capriotti, 2013). Cuando esas dimensiones se desalinean, emerge lo que
podríamos llamar una disonancia reputacional: el público no solo cuestiona hechos concretos, sino el relato completo que
sostenía la autoridad simbólica del personaje. En el caso de intelectuales públicos, esa coherencia es aún más delicada
porque su legitimidad descansa precisamente en la consistencia ética.

Para Chomsky, cuya marca intelectual se construyó denunciando la manipulación mediática y la complicidad de las
élites, como en su libro quizás más influyente “Fabricando el consenso: la economía política de los medios de
comunicación” (Chomsky & Herman, 1988), la percepción de cercanía con un símbolo extremo de privilegio abusivo resulta
particularmente disruptiva. La contradicción percibida genera lo que el psicólogo social Leon Festinger (Festinger, 1958) llamaría
disonancia cognitiva: el público debe reconciliar la imagen del crítico radical del poder con la figura que, al menos
circunstancialmente, interactuó con ese mismo poder.

En febrero de 2019, cuando Epstein ya era un delincuente sexual convicto, llegó incluso a pedirle consejo sobre cómo enfrentar
lo que llamaba la “prensa pútrida”. Chomsky se solidarizó y respondió que la cobertura mediática era “horrible” y sugirió
ignorar lo que describía como una suerte de “histeria” pública.

En ese mismo circuito relacional, Epstein facilitó movimientos financieros por alrededor de 270 mil dólares correspondientes a
fondos personales de Chomsky derivados de la herencia de su primera esposa, dinero que el propio lingüista aclaró que le
pertenecía y no constituía donación alguna. Tras su accidente cerebrovascular a los 97 años, su esposa, Valeria Wasserman,
emitió un comunicado el 7 de febrero de 2026 calificando la relación como un “grave error de juicio” y expresando respaldo
inequívoco a las víctimas, subrayando que no existe intención de minimizar su sufrimiento.

En el caso del escritor indio-estadounidense, Chopra, el problema es distinto, pero igualmente corrosivo. Su narrativa
pública gira en torno a la conciencia, la espiritualidad y la autenticidad personal. La filtración de correos y encuentros
sociales con Jeffrey Epstein introduce una grieta simbólica que desplaza su figura del arquetipo del “sabio espiritual” hacia una
imagen más mundana, anclada en dinámicas de poder y proximidad con élites económicas. La tensión resulta
especialmente significativa si se considera su enorme capital simbólico: autor de más de noventa títulos y con ventas
acumuladas superiores a los cien millones de ejemplares,

Chopra no es solo un referente editorial global, sino una marca espiritual ampliamente legitimada cuya credibilidad descansa,
en gran medida, en la coherencia percibida entre discurso y trayectoria personal. En términos de reputación corporativa,
Charles Fombrun (1996) señalaría que la confianza se erosiona cuando la percepción moral deja de coincidir con la expectativa
emocional del público.

En el caso de Chopra, la dimensión simbólica se vuelve aún más delicada. Correos electrónicos de 2017 revelaron
intercambios de tono frívolo o ambiguo que, leídos a la luz de lo que hoy se sabe de Epstein, resultan muy problemáticos. En
uno de ellos escribió: “Dios es una construcción. Las chicas lindas son reales”; en otro correo lo invitaba a viajar con “sus
chicas”, aludiendo a la compañía femenina como parte del ambiente social. También reconocía disfrutar de la presencia de
mujeres jóvenes “intelectualmente agudas” como fuente de inspiración. En su defensa, Chopra afirmó en su redes sociales
estar profundamente entristecido por las víctimas, condenó toda forma de abuso y sostuvo que su contacto con Epstein fue
limitado, admitiendo únicamente un “pobre juicio en el tono” de ciertos mensajes. Desde la perspectiva reputacional, el
problema no es jurídico sino narrativo: el desajuste entre la promesa pública de elevación espiritual y el registro coloquial
de esos intercambios.

El contexto algorítmico amplifica estas fracturas. Investigaciones sobre la sociedad de plataformas señalan que
los sistemas de recomendación operan prioritariamente bajo lógicas de visibilidad, interacción (engagement) y monetización,
más que bajo criterios estrictamente informativos o éticos (Van Dijck, Poell, & De Waal, 2018). Paradójicamente, esto permite
que figuras públicas mantengan una marca intelectual relativamente intacta incluso en contextos de controversia,
pues el ecosistema algorítmico distribuye simultáneamente prestigio, crítica y espectáculo.

Como advierte Zuboff (2019), el capitalismo de vigilancia convierte la experiencia humana en materia prima para la
extracción y monetización de datos conductuales. En un entorno donde la atención es el recurso escaso, la controversia
reputacional puede convertirse en un factor de ampliación adicional de circulación y visibilidad. Así, el escándalo no
necesariamente cancela la marca; en ocasiones la reinscribe en el flujo espectacular antes que propiciar una reflexión ética
profunda.

Desde una lectura contemporánea de la dramaturgia social de Goffman (1959), podría afirmarse que asistimos a un progresivo
colapso del “front stage” intelectual. Aquello que antes permanecía en el backstage (relaciones privadas,
ambigüedades morales o contradicciones humanas) hoy se vuelve visible, archivado y redistribuido en un ecosistema digital
caracterizado por la vigilancia permanente y la memoria algorítmica. En este contexto, el intelectual contemporáneo no
solo produce ideas: gestiona una marca personal sometida a auditoría pública constante, donde la coherencia reputacional
se convierte en un activo tan decisivo como la producción intelectual misma.

En este escenario, la verdadera hipocresía quizá no reside únicamente en los individuos, sino en el sistema que de manera
simultánea exige pureza moral y premia la proximidad al poder. Guy Debord (1967) ya advertía que el espectáculo tiende
a absorber incluso la crítica al propio espectáculo. Es decir, un escándalo se vuelve contenido, una denuncia se torna “trending
topic” y una crítica radical termina monetizada. Hoy podríamos añadir que también incorpora la caída moral de sus críticos,
transformándola en contenido circulable y viral sin resolver necesariamente el problema ético de fondo.

Durante décadas nos vendieron una pulcritud intelectual que parecía a prueba de todo. Pero ante la luz cruda de las famosas
listas de Epstein, esa fachada se ha resquebrajado. Lo que estamos presenciando no es solo una crisis de relaciones
públicas ni un debate académico; es un “código marrón” en el Olimpo: la caída escatológica de quienes parecían demasiado
elevados para mancharse y terminaron chapoteando en el mismo barro que el resto. Quizá la lección más incómoda no
sea la fragilidad de los gurús, sino la persistente necesidad social de seguir creyendo en ellos.
*Marco Mendoza es maestrante en Comunicación Estratégica por la Universidad de Sonora.

Referencias
Benoit, W. L. (1995). Accounts, excuses, and apologies: A theory of image restoration strategies. SUNY Press.
Capriotti, P. (2013). Planificación estratégica de la imagen corporativa. Ariel.
Chomsky, N., & Herman, E. S. (1988). Manufacturing consent: The political economy of the mass media. Pantheon.
Debord, G. (1967). La sociedad del espectáculo. Buchet Chastel.
Fombrun, C. J. (1996). Reputation: Realizing value from the corporate image. Harvard Business School Press.
Festinger, L., (1958). A Theory of Cognitive Dissonance. Stanford University Press.
Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Anchor Books.
Van Dijck, J., Poell, T., & De Waal, M. (2018). The platform society: Public values in a connective world. Oxford University
Press.
Zuboff, S. (2019). The age of surveillance capitalism. PublicAffairs.

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