LA CAÍDA

LO NUEVO Y LO NORMAL

Por: Ana L. Coll (@yanak61)

El domingo 15 de agosto de 2021 cayó Washington DC. Un suceso histórico comparable a otro acontecimiento, también sucedido un mes de agosto, aunque en esta ocasión del año 476, cuando Odoacro, caudillo bárbaro destituyó al emperador Rómulo Augusto poniendo fin al Imperio romano de Occidente. Pese a todas las diferencias entre ambos acontecimientos distanciados por 1545 años, el origen, causa y consecuencia de ambos derrumbes fue el mismo: la decadencia acelerada de los colosos políticos, sociales y militares por una depravación moral de sus cúpulas dirigentes y de sus entornos cuya expresión más tangible fue, y ha sido en esta ocasión, una rapacidad criminal.

Occidente ha vuelto a perder el trono del mundo. La pérdida para la totalidad del planeta es de dimensiones incalculables ya que, entonces y ahora, sus valores supusieron la más alta cima de la cultura y un desarrollo tecnológico y científico arquitectos del esplendor de la raza humana. Ni en el siglo V ni en el XXI, Occidente hubiera sido derrotado sin la colaboración necesaria de ese cáncer metastásico que es la codicia extrema y que, en nuestro tiempo, se llama neoliberalismo.

La tragedia comenzó en la década de los años 70 del siglo XX cuando un puñado de personas vinculadas a un puñado de poderosas empresas rompieron el pacto social de las élites con sus pueblos y, para asegurarse de que no habría problemas insalvables, ni críticas a sus fechorías, comenzaron por corromper a la clase política y a participar en la mayoría de los consejos de administración de los más importantes medios de comunicación. Esa fase duró 30. Apenas nacido el siglo XXI, en el corazón del Imperio,  es decir, en los Estados Unidos de América, se produjo el salto de paradigma con la llegada a la presidencia de George W. Bush, hijo de un expresidente de idéntico nombre, también exdirector de la CIA y siempre multimillonario hombre de negocios con grandes intereses en el sector energético y de la seguridad. Baby George, como fue conocido por sus críticos, incluso en su mismo círculo social antes de alcanzar la presidencia, tuvo una llegada a la Casa Blanca llena de oscuras turbulencias que bien podrían considerarse como un presagio: durante el recuento de votos de las elecciones presidenciales del año 2000, al hacerse patente de que baby George no era el candidato preferido por sus compatriotas, John Prescott Ellis, director del seguimiento de la campaña electoral para la cadena de televisión Fox News hizo que sus periodistas declararan la victoria del candidato republicano atribuyéndole el triunfo en el estado de Florida cuyo gobernador era Jeb Bush, el hermano mayor del candidato. Cabe remarcar que John Prescott Ellis es hijo de Nancy Bush, hermana del primer presidente Bush, así que Ellis es primo hermano del entonces gobernador y del candidato al que, sin votos suficientes, acababa de declarar oficialmente presidente. Ningún medio de importancia se atrevió a discutir el veredicto de la Fox. Occidente, valedora y garante de la democracia inició en un periodo en el que su emperador no fue el elegido por su pueblo, sino producto de un vulgar pucherazo al modo de las pseudodemocracias de tantos países del tercer mundo a los que, el civiliazado Imperio, acostumbra, incluso hoy, a mirar por encima del hombro.

Tras 20 años de saqueo continuado, los Talibán han vuelto a entrar en Kabul, capital de Afganistán, país del que, en realidad no se habían ido nunca. Pese a ser Afganistán la base de Al Qaeda y que fuera esta organización terrorista la responsable de los atentados del 11-S, el mayor ataque extranjero en suelo estadounidense, el gobierno de George W. Bush decidió, un mes después de los ataques, enviar únicamente 11.000 soldados cuya tarea ha sido, hasta hace una semana, la protección de las instalaciones de interés para la clase gobernante que colocó en el poder y, por supuesto, para las empresas occidentales con intereses en las materias primas ricas y abundantes que hay en suelo afgano, entre las que se encontraban las participadas por la misma familia Bush y otras con las que ha mantenido largas relaciones comerciales y de amistad incluido el clan Laden de origen, no lo olvidemos, saudí. El mismo Osama Ben Laden, al paracer oculto en las cuevas de Tora Bora, contó con un plazo extra de 4  semanas más antes de que los soldados estadounidenses hicieran su aparición por la zona. Por aquel entonces Osama Ben Laden ya había huído a Pakistán y el presidente baby George dijo en una rueda de prensa en la Casa Blanca que el terror no era una sola persona y que a él no le importaba dónde se encontrara.

Los Talibán han vuelto a entrar en Afganistán muy pocos días, menos de un mes antes de lo pactado entre las tropas de la OTAN, los Estados Unidos, el gobierno corrupto títere de Afganistán y una representación de los Talibanes. Fue en febrero del pasado año 2020 en lo que se llamó el pacto de Doha cuando todas las partes firmaron el acuerdo de la retirada de las tropas internacionales para el 11 de septiembre 2021, coincidiendo con el XX aniversario de los atentados de 2001. Esos mismos atentados de los que, cuando fue informado en baby George durante una visita a una escuela de primaria de Florida, tuvo como reacción seguir sonriendo bobaliconamente mientras proseguía con su lectura a los niños de un cuento llamado “Mi Mascota la Cabra”. Entre las fotos tras la firma del acuerdo hay una que me produce especial escalofrío, aquella en la que posa sonriendo Mike Pompeo, entonces Secretario de Estado del gobierno de Donald Trump, junto a Abdul Ghani Baradar, cofundador de los Talibanes, jefe del equipo Talibán de la negociación en Doha y nuevo señor de Afganistán desde el domingo 15 de agosto. Ver las imágenes del caos en los alrededores del aeropuerto de Kabul causa pavor por ellas mismas y por comprender que los Estados Unidos y los 50 países de la OTAN que han participado en la ocupación durante 20 años no han sido capaces de adelantar su retirada, pactada hace más de un año, ni siquiera tres semanas.

Ashraf Ghani, último presidente de Afganistán, ha hecho llegar un vídeo en el que reconoce que ha huido y que se encuentra exilado en los Emiratos Árabes. No parece probable que el país anfitrión ponga demasiados reparos a la llegada de un huésped como el cacique títere ya que en su huída se hizo acompañar de cuarenta o más maletas cargadas de dólares en billetes. Está claro que títere no es sinónimo de tonto, por él sí ha demostrado que estar preparado tres semanas antes era algo plenamente posible. Para un español es doloroso caer en la cuenta que el títere afgano, rapiñador de las arcas de su pueblo, antiguo señor de la guerra según lenguaje diplomático, criminal de guerra según lenguaje jurídico, ha encontrado refugio en el mismo país en cuya capital, Abu Dabi, sigue instalado el rey emérito Juan Carlos I.

Nada de lo que va a acontecer va a ser bueno. Ni para el pueblo afgano ni para ningún otro. China, Rusia, Pakistán y Arabia Saudí tienen sus propios intereses y, si negocian con los Talibán, podrán instalarse al menos otros 20 años practicando un modo muy diferente de ocupación, pero ocupación extranjera al fin y al cabo. Este mismo año hay elecciones federales en Alemania y la canciller Angela Merkel ya ha anunciado hace tiempo su retiro de la política. En el 2022 habrá elecciones presidenciales en Francia. En la primera y en la segunda potencia de Europa hay nerviosismo por el crecimiento imparable de los partidos de ultraderecha cuyo foco principal es la inmigración. Europa no repetirá la política de la canciller Merkel, la hija de un pastor luterano que abrió las puertas de Europa a un millón de inmigrantes y refugiados cuando la crisis de la guerra de Siria del año 2015. La decisión está tomada: se pagará lo que se tenga que pagar a países limítrofes para que acepten a los millones de seres que huyan del horror del integrismo islámico y, de paso, seguir haciendo inmensamente ricos, a los políticos de esos países también crápulas aunque sin disfraz democrático. El interés por Afganistán seguido por las pantallas de las televisiones decaerá rápidamente. En cuanto suceda algo realmente importante, alguno de esos acontecimientos que hacen vibrar a las opiniones públicas del Imperio que acaba de caerse, sin que nadie lo tirara, sin derrota militar. Por ejemplo que Messi marque un gol con la camiseta del PSG. O mejor aún, que el Futbol Club Barcelona le gane al PSG un partido en el que Messi esté alineado.

 

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