Trabajar y estudiar al mismo tiempo no es lo más sano

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Los estudiantes del mundo están deprimidos, ansiosos y cansados. En los últimos años, la salud mental de los estudiantes de posgrado se ha convertido en asunto de simposios académicos, webinars, panfletos y correos institucionales. En algunas universidades, los propios alumnos nos hemos juntado para pedirles a nuestras facultades que se sensibilicen y tomen medidas para poder enfrentar la gran ola de depresión y ansiedad que nos consume y que vemos llevarse a nuestros compañeros.

Encontrar información para la región es difícil. Los datos son escasos o están enterrados en infinitas cadenas de enlaces en las páginas web de las universidades. Además, la información sobre casos específicos asociados a la investigación académica se funde con la información general sobre salud mental, depresión, ansiedad, síndrome de burnout y suicidios. Para saber cómo perciben su propia salud mental los estudiantes de posgrado en América Latina, hablé con alumnas y exalumnas en la región. Incluso ellas dijeron tener problemas para entender los sistemas de soporte psicológico de sus universidades, ya fuera por desconocer los protocolos, o porque simplemente no los había.

No me sorprendió que una de las quejas fuera que habían sufrido alguna forma del síndrome del impostor. Quien padece este  síndrome, descrito por primera vez en un artículo de 1978 por Pauline Clance y Suzanne Imes, tiene dificultad para apreciar el valor de sus propios logros y siente ansiedad porque cree que en cualquier momento alguien va a descubrir que es un fraude. Nathaly fue estudiante de maestría en la Pontifícia Universidad Javeriana de Bogotá y me cuenta que aunque le apasionaba su tema de investigación y obtenía buenos resultados, tenía dudas constantes sobre su desempeño. “Sentir desconfianza hacia mí misma por no escribir bien, depresión por no ver salida, no ser ‘digna’ de ser dirigida por mi director de tesis, tener a veces insomnio o mucho cansancio que no permitía rendir lo suficiente, el mal manejo de emociones al recibir críticas a mi trabajo” son algunas de las turbaciones asociadas a su desempeño que puede identificar ahora.

La doble jornada laboral a la que se debieron someter las estudiantes de posgrado con quienes hablé —ya sea porque su programa de posgrado no era gratuito y por la escasez de becas, parciales o totales— se relaciona con la ansiedad y depresión que sufren. Tanto Nathaly, como Laura, estudiante de maestría de la Pontifícia Universidad Católica de Chile, y Lina, estudiante de maestría en la Universidad de Buenos Aires, tuvieron que trabajar al mismo tiempo en que desarrollaban su investigación, cursaban materias y asistían a seminarios, y coinciden en que no fue nada fácil.

Laura recibió una beca de 80% sobre el valor del programa, pero sin costes para vivir. “Fue mucha exigencia de tiempo entre la maestría y el trabajo; me frustraba mucho porque una de las razones por las que me becaron tenía que ver con que mi experiencia laboral era interesante para el programa, pero realmente el nivel de exigencia del programa era altísimo y cumplir bien en los dos me costó mucho de mi salud mental. Si veo mis notas y mis resultados en mi trabajo, pensaría que lo logré, pero estuve muy enferma física y mentalmente, aún siento las consecuencias de esa época”, dice.

Lina tuvo una experiencia similar por tener apenas una beca parcial: “Trabajé tiempo completo en una empresa como socióloga. Fue muy desafiante y sacrifiqué mi calidad de vida para rendir en mi vida académica y laboral; actualmente cuestiono mucho el esfuerzo que hacemos muchas personas de clase media y baja para acceder a educación superior y más en otro país cuando nuestras becas no cubren todos nuestros gastos. Además terminas teniendo un desempeño mediocre, no te dedicas a investigar”.

Clientes, trabajadores, productos: la triple posición de los estudiantes

De alguna manera la investigación de posgrado está en un mundo gris entre la formación académica y el mundo laboral: todavía tienes clases, pero produces conocimiento en forma de productos como artículos científicos, desarrollos técnicos o tecnológicos, material didáctico, etc. Aunque produzcan, los alumnos de posgrado no ganan un salario, pues se considera que en realidad son alumnos que reciben como retorno educación superior. En muchos casos, especialmente en las universidades privadas, los alumnos no sólo no reciben un salario, sino que tienen que pagar para poder hacer la investigación.

Por otro lado, los alumnos de posgrado son al mismo tiempo el producto de las universidades y sus clientes. Este doble lugar es especialmente claro en las universidades privadas y cada vez más importante en las públicas, pues la cantidad de dinero estatal que se destina a las instituciones depende de lógicas y medidas de productividad típicas de las empresas.

Las becas, que no siempre alcanzan, son un apoyo para quien no tiene medios para acceder a una educación, o un beneficio que gana quien lo merece mostrando sus logros anteriores. Sin embargo, tanto los becados como los no becados participan de la producción de la universidad, que a la vez la hace más competitiva y más atractiva para nuevos clientes/trabajadores. Además, las becas tienen en algunos casos la condición de buen desempeño para su manutención, lo que aumenta la exigencia para los alumnos y para los índices de productividad de las universidades. En el caso de Laura, esos factores fueron incluso más importantes que su salud: “Le comenté a mi tutora de tesis que estaba enferma, en tratamiento con la psicóloga, y me dijo que estaban en procesos de acreditación y era demasiado importante que yo terminara la tesis teniendo en cuenta que era becada”.

Es claro que esos estándares de productividad no afectan únicamente a los estudiantes. Sus profesores y la vitalidad de departamentos y programas de posgrado dependen de ellos. Eso sin contar que incluso universidades con altos índices de productividad se ven afectadas por cortes en los presupuestos públicos debido a la aversión ideológica que tienen algunos gobiernos de la región a los servicios públicos de calidad. En agosto de este año, el gobierno de Jair Bolsonaro anunció un recorte de 4.2 billones de reales del presupuesto del Ministerio de Educación para 2021; de estos, 1.4 billones serán recortados de la educación universitaria pública en un presupuesto que está congelado hace tres años. En países como Colombia hay instituciones públicas de educación superior, pero el presupuesto es bajo y no logran garantizar la gratuidad, especialmente en niveles de posgrado. En 2021, el presupuesto para becas del Ministerio de Educación será de 113 mil millones de pesos y, aunque se trata de un aumento en relación con años anteriores, las becas tendrán carácter de crédito. Desde 2006, el movimiento estudiantil chileno lucha intensamente por el fin de las deudas de los estudiantes y por una educación gratuita y de calidad.

Las exigencias de productividad afectan también el desarrollo de las investigaciones. El tiempo se hace corto y todo se torna urgente; “publicar o perecer” es el slogan de la vida académica dentro del modelo corporativista y los alumnos de posgrado no escapan a la presión.

Así como la acreditación del programa pasó por encima de la salud de Laura, Maria Clara, estudiante de doctorado en la Universidad Nacional Autónoma de México, percibe cómo la sensación de urgencia impide el buen desarrollo de las investigaciones. “Por un lado me parece que la academia sufre el mal de la necesidad de producción, que es un asunto muy capitalista, y muchas veces las investigaciones no tienen el suficiente tiempo de desarrollarse. Cuando el monstruo del ‘tiempo y forma’ te está respirando en la nuca se puede generar muchísima ansiedad. Asimismo, percibo que la necesidad de estar publicando constantemente afecta la calidad de las investigaciones”, dice. Para Nathaly, la presión por terminar el documento se debía también al miedo de un aumento en el precio de su educación: “Tuve momentos duros relacionados con los bloqueos a la hora de escribir la tesis, la presión por terminar este documento porque si no debía pagar un semestre más, como me sucedió”.

Es una lástima que todas estas presiones, sumadas a la soledad de la escritura académica y a otros factores externos, generen que estudiantes que sienten placer por la investigación se vean forzados a abandonar la vida académica o sientan que necesitan alejarse para poder recuperarse. Laura es una de estas personas. “Me pesa mucho lo afectada que se vio mi salud mental y física en esa época. Yo sentía que no podía bajar el nivel de cumplimiento porque era becada, y tampoco podía quedar mal en el trabajo porque me estaban dando la flexibilidad de estudiar; al final descuidé mi esfera personal, terminé con ansiedad, con una lesión en la espalda y bastante desmotivada de volver a la academia. Antes soñaba con hacer un doctorado”, explica.

Sin embargo, y como todo en la vida es complejo, tanto Maria Clara como Laura encontraron en la academia maneras de driblar las angustias que les trajo la propia experiencia del posgrado. Para Laura fue compartir la experiencia con sus compañeras: “De hecho hacíamos la broma de que nuestra próxima tesis sería sobre la salud mental de estudiantes de postgrado”, me cuenta entre risas. De algún modo, encontraron en su propia actividad la manera de reflexionar sobre ella. Maria Clara usó su investigación para poner en discusión algunos principios de la interpretación musical. “Mi tesis doctoral cuestiona muchas de las ideas que me generaban ansiedad con respecto a mi carrera: la estandarización de la técnica, la práctica y el repertorio, la expectativa de perfección en la interpretación y la responsabilidad de transmitir las obras ‘correctamente’, la importancia del desempeño individual, entre otras. Ahora me siento mucho más en paz conmigo como intérprete”, dice.

Fuente: vice.com

 

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