EL DÍA QUE RUGIÓ LA TIERRA Y LLORÓ LA SIERRA

Crónica de un doloroso rescate

Por: Israel Moreno D.

Eran las 7:17 de la mañana  del día 19 de septiembre de 1985, cuando un sismo de 8.5 grados en la escala de Richter, azotó la Ciudad México y sus alrededores, dejando tras de sí una terrible cauda de destrucción, desolación y muerte.

Bastaron 4 minutos, luego de un rugido diabólico ensordecedor que surgió desde las entrañas de la madre tierra, para que La Ciudad de los Palacios quedara prácticamente devastada.

El corazón de la Capital Mexicana fue estrujado y cercenado al más puro estilo de los rituales de los  sacerdotes aztecas del México Tenochtitlan. El sacrificio fue consumado y miles de víctimas sucumbieron bajo toneladas de escombros o entre los hierros retorcidos de las edificaciones.

Jacobo Zabludovzky  dejó constancia de la tragedia en su ya famosa crónica y calificó el escenario como si fuera “Una Zona de Guerra”. Un día después me tocó constatar por mis propios ojos la apreciación del periodista y les puedo confirmar que no era nada exagerada.

Tuve conocimiento del trágico acontecimiento a eso de las 4:30 de la tardedel mismo día del terremoto. (Recordemos que para estas fechas no existían las redes sociales y la información fluía  muy lentamente) La primera noticia me llego por la radio, mientras viajaba con Alfonso Durazo Arvizu, de Granados a Hermosillo. Veníamos de celebrar las fiestas patrias y retornábamos a la ciudad a reincorporarnos a los estudios universitarios.

Llegando a San Pedro El Saucito, Alfonso encendió la radio de su Sedán Malibú, gris, modelo 1982 en el que viajábamos. Era la Voz de Fausto Soto Silva, a través de los micrófonos de la XEDM, quienapesadumbrado daba cuenta de la tragedia.

Al escuchar la terrible noticia, nunca imaginé que el sismo había enlutado a la familia de los galileos, al cobrar la vida de uno de sus más queridos sacerdotes y cercano familiar de Alfonso Durazo, con quien yo viajaba aquel día.

Mucho menos imaginaba  que el destino me tenía reservada una de las experiencias más dolorosas y aleccionadoras de mi vida, misma que me propongo narrar en esta crónica.        

Me refiero a la labor temporal de rescatista que tuve que asumir de inmediato, por invitación de los familiares del Pbro. RamónAlberto Durazo Moreno, quien se encontraba en calidad de desaparecido y muy probablemente víctima del terremoto.

Llegamos a la casa de Alfonso Durazo, situada por la Calle Michoacán de la Colonia Modelo, en Hermosillo y muy pronto el teléfono empezó a timbrar ininterrumpidamente. Eran los familiares y amigos del Padre Durazo, quienes buscaban alguna noticia que despejara la  incertidumbre y calmara su  angustia.

Ya por la noche nos reunimos en este mismo domicilio las siguientes personas: María del Socorro Durazo (la macoyo); Raudel Durazo; Alfonso Durazo y Ramón Humberto Trujillo. Después de una serie de consideraciones e intercambio de opiniones y  llamadas con otros familiares, se tomó la decisión  de involucrarnos de lleno en la búsqueda.

Antecedentes de la tragedia y los actores del rescate

El Padre Ramón Alberto Durazo Moreno, era hijo de Don Ignacio  María Durazo (Tata Nacho) y de Doña María del Refugio Moreno; nativos y vecinos de Granados, Sonora

El Padre Ramón había participado, días previos al terremoto,  en un encuentro de pastoral social en la Ciudad de Villahermosa, Tabasco, y había regresado a la Ciudad de México el miércoles 18 de septiembre.

El Padre tenía un amigo en la Ciudad de México a quien llamó por teléfono el mismo día de su llegada para concertar un encuentro para saludarlo, pero cuando le llamó, éste  no se encontraba en su domicilio, por lo cual le dejó un mensaje grabado en su teléfono fijo (pues aún no existían los celulares) diciéndole que lo quería saludar. Por información de dicho amigo, de quien lamentablemente no recuerdo su nombre, el mensaje decía palabras más, palabras menos, lo siguiente:

“Hola… Soy tu amigo, el Padre Ramón Alberto Durazo. Estoy aquí en la Ciudad de México, hospedado en el cuarto 644 del Hotel Regis. Me gustaría saludarte. Te invito mañana a desayunar… primero Dios.

Cuando el amigo del Padre llegó a su casa y escuchó el mensaje ya era muy noche, por lo que no consideró prudente devolverle la llamada. Entonces,   pensó para sus adentros: “Mejor le llamo mañana temprano y me pongo de acuerdo con él”….

Nunca imaginaron lo que ocurriría otro día. El gran terremoto frustró los planes de ambos y cegó la vida del Padre Ramón Alberto, quien quedó sepultado bajo toneladas de escombros en el famoso y tradicional Hotel Regis, -por cierto, ícono de la tragedia- ubicado por la Avenida Juárez, a  un costado de la Alameda Central, en pleno centro histórico de la Ciudad de México.

Fue precisamente esta llamada grabada  la que despejó algunas dudas y orientó la búsqueda del desaparecido personaje central de esta crónica. Una vez que este amigo del Padre dio a conocer esta  su última llamada”, se desplegó, desde distintos puntos, un operativo de rescate y búsqueda hasta dar con los restos del sacerdote impulsor del movimiento de renovación carismática del Espíritu Santo en la Diócesis de Ciudad Obregón

Y digo que esta llamada despejó algunas dudas, porque para empezar ya estaba claro que el Padre Durazo estaba en México hospedado en el cuarto 644 del Hotel Regis, la noche previa a la tragedia. Lo cual despertaba una gran preocupación, dadas las condiciones en que había quedado dicha edificación, luego del sismo.  

Lo que ignorábamos era si habría podido salir vivo o mal herido del siniestro y quizá podría encontrarse en algún hospital o alguna morgue de la Ciudad. Para estos momentos reinaba la confusión y se encendían las velas de la esperanza. Miles de católicos sonorense se unieron en una cadena de oración pidiendo por encontrarlo vivo; sano y salvo.

Posteriormente, luego del recuento de los daños y por diversas crónicas de la tragedia,se supo que del Hotel Regis no hubo sobrevivientes.

Operativo de búsqueda y rescate

Desde distintos puntos se operó el plan de búsqueda y rescate. Por parte de la Diócesis de Ciudad Obregón, el mismo Señor Obispo en turno, Mons. Don Luis Reynoso Cervantes, partió  de inmediato a la Ciudad de México, encabezando a un equipo de fieles católicos que lo acompañaron.

Por parte de la familia cercana al desaparecido Padre Durazo, nos embarcamos en el Aeropuerto de Hermosillo, rumbo a  la ciudad de México: Alfonso Durazo, (hoy mi cuñado), Raudel Durazo y Yo. El vuelo hizo una escala en Guadalajara, donde se sumó al equipo el Dr. Edgardo Durazo (El Marce) quien en ese entonces estudiaba medicina en la Perla Tapatía.  

Al arribar al aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, nos esperaba para recibirnos personalmente el Señor Obispo Mons. Reynoso Cervantes, quien ahí mismo en una de las salas del aeropuerto nos puso al tanto de los acontecimientos y avances de la indagatoria que se tenía hasta el momento; luego sugirió que nuestra labor debería concentrarse en el lugar de la tragedia, es decir, en el sitio del mismísimo Hotel Regis; ya que el resto de sonorenses que participaban en el operativo concentrarían su búsqueda en hospitales, morgues, dependencias de gobierno,  medios de comunicación, o cualquier otro lugar donde se pudiera encontrar alguna pista que condujera al objetivo

Acto seguido, el mismo Señor Obispo giró instrucciones a uno de sus acompañantes para que nos llevara directamente a hospedarnos en el Hotel Regina, donde se nos habían reservado habitaciones. Este hotel se ubicaba cerca del Regis.

Llegamos al hotel que sería la sede de nuestras operaciones y dejamos nuestras maletas, e inmediatamente nos condujeron al lugar donde antes había estado el Hotel Regis. Era la tarde del día 20 de septiembre.

Al llegar al sitio, quedamos pasmados; tanto por la escena espeluznante que representaba el montículo de escombros y varillas retorcidas, a que había quedado reducido el otrora elegante hotel;  pero sobre todo por la desolación y el llanto de cientos de familiares desconcertados que deambulaban alrededor de aquella tumba colectiva, aturdidos,  entre la incertidumbre y la esperanza de reencontrarse con sus  seres queridos.

Luego de permanecer impávidos por unos minutos contemplando aquel drama dantesco, pronto nos contagiamos del pánico,  al experimentar en carne propia una réplica más del terremoto que ocasionó una explosión en uno de los tanques de gas de las calderas que se ubicaban en los sótanos del hotel, por lo que tuvimos que huir horrorizados  junto con aquella  multitud que semejaban “ovejas sin pastor al asecho del lobo”

Después de una tensa calma, volvimos al sitio a seguir cumpliendo la encomienda que nos había dado el Obispo: “No despegarnos del lugar hasta encontrar, vivo o muerto al padre Durazo”

En ese instante llegaron las brigadas de salud y nos aplicaron unas vacunas y nos proporcionaron algunos cubre bocas, a fin de protegernos del polvo, la contaminación y el hedor a muerte que ya para esos momentos inundaba el ambiente.

El sitio estaba resguardado por elementos de la Marina Armada de México, quienes custodiaban el lugar formando un cerco de seguridad. Cientos de voluntarios, armados con picos, palas y cubetas retiraban comopodían los escombros del lugar, sumados a los equipos de bomberos, rescatistas y topos de diversas corporaciones oficiales que hacían sumejor esfuerzo por encontrar a personas con vida para prestarles auxilio; o, bien rescatar los cadáveres.

Sin embargo, y a pesar de la pericia de los marinos, a medida que pasaban las horas y no se encontraban sobrevivientes, la zozobra, el pánico y el dolor formaron un coctel de sentimientos  explosivo que terminó desbordando los ánimos de los dolientes y convirtió el escenario en un verdadero caos, que rebasó la capacidad de organización de las fuerzas armadas.

Cada vez que los rescatistas   desenterraban   un cadáver y lo  anunciaban por el altavoz, la impaciente masa humana en que nos habíamos convertido, nos arremolinábamos y más de algún familiar desesperado saltaba las  vallas de seguridad y se internaba hasta el lugar donde se exponía el cadáver recién encontrado, a costa de poner en riesgo su propia vida.

Aquello era un  evidente desorden y ante  la incapacidad de los marinos para contener y calmar  a la masa desconsolada, cansada y desesperada, surgió una iniciativa ciudadana que terminó por encausar los desbordados ánimos y poner orden en el caos.

Fue la voz de un ingeniero regiomontano quien llamó a la cordura y propuso una estrategia que dio buenos resultados. Sugirió hacer una lista de todas las personas que estábamos en el lugar y pidió a cada uno que a su vez diéramos el nombre de la persona (familiar o amigo) desaparecido juntos con todos los datos y rasgos distintivos que hicieran posible su identificación, a fin de que cuando se encontrara un nuevo cuerpo, los encargados de anunciarlo relataran  por el altavoz las características de la persona recién encontrada. Esta iniciativa surtió efectos y poco a poco retornó la calma.

Experiencias desgarradoras que calaron hondo en mí.

Así trascurrían, lentos, los días y las noches en aquel escenario nauseabundo, donde se mezclaba el dolor humano de una multitud que transitábamos  entre la incertidumbre y la esperanza, junto con la solidaridad de cientos de voluntarios que constantemente llegaban al lugar a ofrecernosuna torta, o un tamal o una taza de café o un vaso de chocolate, lo mismo que brigadas de organizaciones nacionales e internacionales que acudían a brindarnos toda clase de suvenires que hicieran más llevadera nuestra estancia. Recuerdo haber recibido en alguna de aquellas noches frías de septiembre una cobija de fabricación rusa.

Una de las experiencias que más impactaron mi conciencia y se quedaron grabadas a fuego en mi mente  ocurrió  el domingo 21 de septiembre,  cuatro días después de la tragedia, a eso de la media noche, cuando el ajetreo  de la gran  ciudad estaba en calma y reinaba el silencio.

Fue entonces cuando entró en escena un equipo de rescatistas alemanes, ataviados con extraños trajes, acompañados de binomios caninos de la raza pastor alemán,  y desplegaron una serie de sofisticados equipos parecidos a cámaras sostenidas en traspiés, desde donde pendía un racimo de cables con sensores que desplegaron a lo largo y a lo ancho de los escombros del hotel. Una vez instalados los equipos, ordenaron detener toda actividad a los rescatistas y pidieron, por conducto de su intérprete, que guardáramos silencio.

Entonces soltaron a sus perros que se deslizaban ansiosos por en medio de las grietas de los escombros y ellos mismos rastrearon el lugar en busca de cualquier indicio de vida.

Los minutos transcurrían lentos. La expectación reinaba. El silencio pesaba. Todos los espectadores, tanto rescatistas, como voluntarios o dolientes entrecruzábamos miradas; algunos nos entrelazamos de las manos, como queriendo unir nuestras vibraciones en una plegaria que llegara al cielo y nos diera alguna esperanza de vida.

Luego de alrededor de 45 minutos  de búsqueda y rastreo minucioso del sitio, el jefe de aquel sofisticado equipo de especialistas en rescate reunió en el centro de la escena a sus técnicos junto con sus perros. Después de unos 15 minutos de deliberación entre ellos, tomó el altavoz y anunció a los cuatro vientos la noticia que ninguno de los ahí presentes hubiéramos querido escuchar jamás: “Por lo que técnica y humanamente se ha podido constatar, debajo de estos escombros  no hay algún  indicio de vida humana”…

De inmediato, aquel profundo silencio fue interrumpido por el llanto de los cientos de dolientes que albergábamos alguna esperanza de encontrar con vida a nuestros deudos.

A partir de ese momento, me tocó escuchar todo tipo de historias desgarradoras que dejaron profunda huella en mí  ser. Como la de un joven regiomontano que se encontraba de paseo con su familia en la Ciudad de México. Habían llegado unos días antes y se hospedaban en el Regis. Lo acompañaban sus padres, su hermana, su cuñado y un sobrino menor de edad.

La noche anterior al terremoto, este desdichado  y apesadumbrado joven se había ido de parranda con sus amigos y lo sorprendió el sismo  lejos del hotel, donde seamaneció en plena farra. Toda su familia había perecido. Para ese momento en que nos compartió su tragedia, ya había recorrido hospitales, morgues, medios de comunicación y dependencias de gobierno en busca de sus seres queridos, sin que hasta el momento tuviera noticias de ninguno de los 5 miembros de su familia. Ni vivos ni muertos. Se encontraba perdido en la Gran Ciudad. Solo y desesperado.

Y así como ésta, escuché decenas de historias que cimbraron mi conciencia.

El solo hecho de escuchar a la gente y poder brindar una palabra de aliento,  alimentaba mi espíritu y me brindaba la oportunidad de encontrar un sentido al sufrimiento, tal y como en su momento lo encontró el Dr. Viktor Frankl mientras padecía los castigos inhumanos  de la prisión en los campos de concentración de los nazis. Para este  momento yo ya había leído su libro “El Hombre en busca de sentido”, por lo que fui capaz de sobreponerme a esta experiencia límite y salir fortalecido de ella.

Así transcurría nuestra angustiosa espera. Los cuatro miembros del equipo: Alfonso, Raudel, Edgardo y Yo nos turábamos en parejas para permanecer a la expectativa, mientras 2 se iban disque a descansar o dormir al Hotel Regina, sede de nuestras operaciones; pero la verdad es que no dormíamos, dado que desde que llegamos a México no cesaban las noticias de las múltiples réplicas del terremoto; además de que el hotel donde nos hospedábamos, aunque  ya había sido técnicamente verificado y aparentemente  no representaba riesgo alguno, lo cierto es que desde que llegamos nos enteramos que tenía cierta inclinación anormal, lo que incrementaba naturalmente nuestra desconfianza y alimentaba la zozobra y el miedo.

Pero así, con el miedo a cuestas y la impotencia y desesperación  de no encontrar ni vivo ni muerto al Padre Durazo, había que seguir cumpliendo la encomienda que se nos había dado: “permanecer ahí, hasta encontrarlo”.

El día del hallazgo  y  rescate del cadáver.

Ya era el día miércoles  25 de septiembre, 7 días después del sismo y todo seguía igual. Día tras día, desde el 20, seguían apareciendo cadáveres, pero ninguno era el del Padre  y nosotros seguíamos cumpliendo nuestra incómoda, pero trascendental misión de dar con sus restos mortales; pues ya para esta fecha había muy pocas esperanzas de encontrarlo vivo, dado que el resto del equipo ya había peinado todos los posibles lugares donde pudiera estar viviendo.

El día 25 de septiembre, a eso de las 10  de la noche  hicimos rotación de turno. Alfonso y Yo habíamos pasado el día en la angustiosa espera  y era la hora de ceder el lugar a Raudel y a Edgardo para que continuaran en el sitio; mientras nosotros nos dirigíamos al hotel a descansar.

En el preciso instante en que nos aprestábamos a cambiar de turno, nos enteramos que había aparecido la puerta del cuarto 644 y el libro de la liturgia de las horas del Padre Durazo. Estos objetos encendían una luz de esperanza que anunciaba el posible hallazgo y consecuente rescate del cuerpo.

Así nos fuimos a “descansar” con la esperanza de ver una luz al final del túnel. Y sí, efectivamente, a eso de las 5 de la mañana del día jueves 26, nos llamó Raudel informándonos que al parecer ya se había encontrado el cuerpo del sacerdote.

Acto seguido nos dirigimos Alfonso y Yo apresurados al lugar de la tragedia. Para cuando llegamos ya estaba en el lugar el Señor Obispo, don Luis Reynoso Cervantes, y juntos pudimos identificar el cadáver.

No había lugar a dudas. El cadáver recién descubierto tenía todas las características de quien en vida llevó el nombre de Ramón Alberto Durazo Moreno. Era un cuerpo grande, como el del Padre; portaba un pantalón azul de vestir, como los que él usaba; además, tenía puesta una camiseta de arcas y los calcetines. Se advierte que lo sorprendió la muerte mientras se vestía para salir al encuentro de su amigo y si… salió al encuentro de su amigo, pero no el de México, sino de su Amigo Jesús que lo había llamado a la Patria Eterna.

Mientras los elementos de la Marina Armada de México y el personal de servicios periciales que se encontraba en el lugar  nos hacían las preguntas correspondientes para certificar  la identidad del cadáver, y levantar el acta de defunción respectiva, uno de los marines le descubrió en el cuello una cadena con un dije y al observarla dijo: “Este señor era marinero, pues trae una ancla en su cuello… a lo que el Señor Obispo le corrigió de inmediato, con su característico tono de voz fuerte y autoritaria: ¡No, Señor, era sacerdote. Lo que  llevaba en su cuello no es una ancla, es la Paloma del Espíritu Santo!

Una vez certificada la identidad del cadáver y redactada el acta de defunción, una carroza trasladó el cuerpo a la funeraria Gayoso para ser cremado. Alfonso Durazo Arvizu, sobrino del Padre,  fue comisionado por el Señor Obispo para acompañar el cuerpo y recibir las cenizas.

El parte del traslado de los restos mortales y los funerales

Por la tarde de ese mismo día participamos en la celebración de una misa presidida por el Señor Obispo y al día siguiente, viernes 27 de septiembre, volamos de la Ciudad de México a Ciudad Obregón, sede de la Diócesis a la cual prestó sus servicios como sacerdote, destacándose su ferviente adoración al Espíritu Santo y su dedicación a impulsar la pastoral de la renovación carismática.

Durante el trayecto del viaje, el Señor Obispo permaneció ensimismado, en silencio, con el cofre que contenía las cenizas del Padre Durazo  entre sus manos y en evidente estado de oración.

Al aterrizar en el Aeropuerto de Ciudad Obregón, el lugar estaba atestado de feligreses católicos quienes acudieron a recibir los despojos de su pastor y párroco de Catedral, pues el Diario del Yaqui había publicado en primera plana que ese día llegarían sus cenizas a La Perla del Yaqui.

De inmediato nos trasladamos a la Catedral del Sagrado Corazón, donde iniciaros los funerales a las 12 del mediodía, con una concelebración eucarística presidida por el Señor Obispo Reynoso Cervantes y todo su presbiterio. Ahí permanecieron las cenizas durante el resto del día y de la noche del 27 de septiembre, expuestas a la veneración de miles de fieles que acudieron a darle su último adiós y a orar por su eterno descanso.  

El día que lloró la Sierra.

El día 28 de septiembre partió la caravana con el cortejo fúnebre rumbo a su lugar de origen, Granados Sonora, a darle cristiana sepultura.

Cuando íbamos brincando la Sierra de Moctezuma, unos nubarrones negros comenzaron a aparecer en el horizonte, presagiando una fuerte tormenta; cosa poco común en esta época del año en la Sierra de Sonora. Y efectivamente, el presagio se cumplió, pues al arribar a Granados, se soltó un aguacero atípico, cuyas grandes gotas semejaban lágrimas.

Entramos al Pueblo y nos fuimos directo al Templo de San Isidro labrador, donde se continuarían las exequias y la velación de sus restos mortales. El Templo estaba repleto de coterráneos esperando su llegada y prestos a orar por su eterno descanso. Ahora les tocaba a sus paisanos darle el último adiós y acompañar a un hijo predilecto de la comunidad  hasta  su última morada.

Al iniciar su homilía, el Señor Obispo Monseñor Luis Reynoso, hizo uso de una metáfora que definía a la perfección el acontecimiento que estábamos viviendo. Luego de permanecer un momento en silencio, alzó la mirada al cielo y dijo con su ceremoniosa voz: “Está llorando la Sierra”. En evidente referencia al aguacero que estaba cayendo y al dolor que experimentábamos por la separación temporal del Padre Ramón Alberto.

Terminada la celebración, cientos de galileos hicieron fila para montar sendas guardias de honor frente a las cenizas   del sacerdote que voló al cielo “El día que rugió la tierra e hizo llorar a la sierra”

Sus restos mortales descansan en paz, junto a los de sus padres, “Tata nacho y Doña Cuca y al de su hermana Estela, en el Panteón Municipal de Granados, en espera del día de la feliz resurrección.

Pbro. Ramón Alberto Durazo Moreno (+)

Gran Hotel Regis (Antes y después del terremoto de 1985)

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