Después de una taciturna e improductiva semana invadida por los hubieras de mi adolescencia de plata, la maldita cuarentena, plan orquestado por el abominable Sars-Cov-2, además de corromperme a embriagarme con las infinitas e inverosímiles fantasías de hipotéticas acciones, me hizo repasar mi última experiencia en la sala oscura. Por allá, después del día de regalos de flores y chocolates, recuerdo asistir al cine de mi ciudad en encomienda de un medio de comunicación para el que colaboro con mis letras y sentires.

Por una confusión de hora, ingreso un par de minutos tarde a la sala, que estaba ahogada en bullicios de infantes atónitos por ver a Sonic, el erizo azul, correr a máxima velocidad con su carisma y esponjosidad. Un servidor, con ya medio vaso de café chorreado a más de cien grados en su muñeca, se abre paso entre las butacas, tratando de no tropezar por el chucatoso suelo, y también evitando interrumpir la ilusión de los jóvenes espectadores.

Finalizada la proyección, entre un par de nostálgicas lágrimas y tímidos aplausos, paso a retirarme a la parada de camión, el cual abordo a un precio de ganga a cambio de una experiencia siempre incierta por los personajes y escenas con las que uno puede coincidir. Desde mendigos con enfermedades de dudosa veracidad, grupos de adolescentes explorando la ciudad, y madres en modo árbitro con sus hijos.

Pasan a veinticuatro fotogramas por segundo las fábricas, las calles rotas, los cables caídos, las parejas andando por la banqueta, los taxistas en competencia y todo se detiene en mi bajada, la cual piso sin saber que sería la última vez en un tiempo que abordaría a tan auténtico espectáculo urbano y al mismo tiempo, que me sentaría en mi tan amada butaca de cine hasta nuevo aviso.

Es tan oscura la vida sin el proyector, su luz alumbraba más mi sentido, que el sol en pleno mediodía por las avenidas del pitic. Necesito tanto su espacio, que he intentado imitar uno en mi habitación, donde las peleas de los vecinos y su música penetran y violan mi experiencia de ver y escuchar los pecados de los personajes de Allen en la gran manzana, apreciar los retratos de la juventud en la francia de los sesenta de Godard, o de llorar por el evidente México que Estrada evidencia.

Una borrachera de secuencias pasadas después, sufro la resaca moral, que calmo con un té, y un par de pastelillos. Que al sumergirlos en el humeante líquido, me reflejan a la memoria mi primera vez yendo a una sala de cine.

En los tempranos años del nuevo milenio, el ambiente fronterizo era relajado. Los vientos que corrían refrescaban a los ciudadanos, no los aterraban con armas largas. Era un solo cine de dos salas, estaba en pleno centro, y las filas en taquilla a veces cubrían varias cuadras a la redonda.

El hombre araña del director Sam Raimi, es la primera película que recuerdo haber visto en aquel inmueble que ahora es un comercio de telas de todo propósito. Tobey Maguire, disparando sus telarañas al Duende Verde mientras yo me peleaba con mis hermanos por la cubeta de palomitas, a la vez que defendía mi vaso de soda de quien ya se acabó el propio.

La historia del superhéroe termina con una toma de la hermosa Kirsten Dunst, de blanca piel, rojiza por el frío de Nueva York, que observa confundida a Maguire alejándose entre lápidas. Aparecen los créditos, y mis hermanos y yo convencemos a mi mamá para que nos quedemos a la siguiente película. Eso sí, sin más provisiones, ya que al abandonar las butacas, perderíamos los cotizados asientos de cine. Los cuales de todas formas dejamos a los pocos minutos, ya que en la gran pantalla apareció un joven de atuendo medieval que se alzaba en pecho inflado ante un escamoso, gigante y terrorífico dragón color arena.

Mis húmedos alaridos retumbaron en respuesta del oscuro ser alado, si mal no recuerdo, lo hicieron aún más alto que las llameantes bolas de fuego que el joven esquivaba. A eso se añadiría una fiesta de gritos y chiflidos solicitando amablemente que me callara el hocico, pero ante mi falta de cambio de ánimo, aun con los intentos de mi familia, mi mamá y dos hermanos salimos de la sala de cine, mientras en el fondo el joven continuaba luchando con el mitológico reptil. Me pregunto quién de los dos habrá ganado.

*Andrés Lechuga es Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Sonora. Es periodista, y escritor amante del cine. También habla sobre él en Fuera de Foco.
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