A Don Valente hubo un tiempo en que apodaron “El nueve vidas”. Cualquiera dudaría que aquel guiñapo fuera el fantasma de un aclamado actor. En sus mocedades tuvo presencia: la nariz recta, los pómulos definidos y la mirada feroz componían la estampa de un rostro masculinamente bello. Confirmaba la palabrería de sus recuerdos con su más preciado tesoro: una docena de recortes de periódicos y revistas donde lucía su persona. Egresó de Artes Escénicas en la más prestigiosa universidad del país. Yo supe estas cosas de su boca, una vez que lo arrollé.

El viejo me contó de sus primeros papeles, me habló de ciertos musicales y de sus infructuosos intentos de poner en escena una pieza de su autoría. Desgastó los timbres y aldabas de compañías y casas productoras de la gigantesca metrópolis con un curriculum más que decente para un recién graduado. Audicionó para El relojero de Córdoba de Emilio Carvagido, y le dieron el rol del Juez, un personaje secundario pero imprescindible para la trama. Luego “saltó” dijo con ironía del telón a la pantalla chica, en comerciales y telenovelas.

Recuerdo que me hablaba, recostado al borde de un tranquilo canal de riego y de vez en vez se le escapaba por costumbre un lamento que interrumpía la historia. De improvisto podía mudar de un humor a otro, como cuando me contó con alegría gañán que se había acostado un par de ocasiones con la rumbera estrella de cine de ficheras, que después llegó a Primera Dama. “Sí que tuvo agallas el Viejo para llevarse a los Pinos a una Vedette, una prostituta de caché, a mitad del mandato. ¿Qué podíamos esperar de un hombre así, verdad? ¡Qué país!, ¡qué país!” carcajeaba.

Un día recibió con indignación el libreto del capítulo de telenovela que rodarían. Los guionistas, a quienes Valente a menudo criticaba de incompetentes, escribieron el asesinato de su personaje, el amante, so pretexto de no celebrar al adúltero impune, ya que “atenta contra las buenas costumbres”. El galán pecó de indiscreción. No debió externar su mala opinión de los hombres del libreto. Para que los elevados estándares y sofisticados gustos del actor no se contaminaran con las producciones comerciales del vulgo, la compañía tuvo la bondad de echarlo y encargarse de apestarlo en la industria. El teatro cada vez perdía terreno frente a los entretenimientos de la televisión, por consiguiente el trabajo escaseaba. El casanova de bigote recortado volvió a tocar tierra y de forma definitiva.

“Me vine al Norte, lejos de la influencia de las empresas y compañías que me arruinaron, y aquí me vine a poner la soga al cuello. Allá, al menos sabía que si me denigraba lo suficiente podía obtener algo, acá no tenía nada donde asirme. De nuevo era un Don Nadie. Ni las revistas ni los periódicos que me embobaron se consumen en este desierto. Mi orgullo me impidió trabajar. Todo me parecía indigno y me asqueaba. Viví frugalmente con mis ahorros y del dinero que mis amigos me enviaban.”

“Exprimí a los míos hasta que dejaron de responder mis cartas. Una madrugada que volví a la pocilga que rentaba, la cerradura estaba cambiada y mis cosas esperaban afuera; Yo pensé que la casera me toleraría otro mes sin pagar alquiler. Apelé a la piedad de los pocos amigos que tenía en la ciudad, quienes me alojaron en sus hogares y aun me consiguieron empleo. El problema era que renunciaba, y lo hacía con frecuencia, entonces me corrían de las casas. No los juzgo, nadie podría. Javier, el cantinero, me permitió dormir en el bar, a escondidas del dueño, mientras el lugar estaba cerrado. Pocos días me duró la posada, cuando una madrugada el propietario de la cantina llevó unas rameras al local para hacer su fiesta privada. Yo dormía en el piso detrás de la barra, donde golpes y amenazas me despertaron.

Una mañana me di cuenta que hacía ocho días no me bañaba y que dormía en los más solitarios lugares del campus universitario siempre abierto. Comía de lo que sirven a los borrachos que beben en las cantinas a la 1 de la tarde, por cortesía de los cantineros en turno. Se me curó la arrogancia y hubiera aceptado cualquier empleo pero mi aspecto indigno lo impedía.

Lave y cuidé carros, barría banquetas y cocheras, deshierbaba, y finalmente me atreví a la directa limosna.”

Conocí a Don Valente la medianoche que uno de nuestros sistemas de seguridad emitió alarma. Parte de mi trabajo consiste en acudir al domicilio para resolver cualquier problema técnico del equipo. Por suerte solo levanté un informe, llené formas y pedí la firma del cliente para comprobar que había cumplido con mi deber. Estaba harto, había terminado mi turno y no pensaba volver a la compañía a dejarles el auto, así que conduje directo a mi casa. Iba distraído con la música, lo admito. El tramo estaba mal alumbrado pero vi claramente el alto de cortesía de Serdán y Yáñez, también vi claramente que no había una sola alma. Estaba de más hacer alto total y solo bajé un poco la velocidad. Un bulto rodó por el cofre hasta dar contra el vidrio de enfrente. Tan fuerte frené que no supe si el golpe o la inercia arrojaron el cuerpo al piso.

Con mi ayuda se puso de pie y se quejaba de dolor en las piernas y espalda. De cerca pude advertir su aura pestilente. Su aspecto era el de un cristiano que sobreviviera a las fieras del circo, hecho trizas; por la vestimenta asomaba piel inmunda y amoratada como sus uñas. Algo que alguna vez fueron zapatos protegían sus pies. La cara barbuda no ocultaba las profundas marcas en el rostro, carcomido por alguna afección. La nariz como relámpago, dibujaba un zigzag en el tabique. Me pude haber dado a la fuga pero no fui tan ruin como para desembarazarme así. Se me ocurrió llevarlo a emergencias al hospital o pedir una ambulancia, sin embargo, el buen hombre me disuadió de hacerlo, principalmente porque quería ahorrarme problemas con la policía y posibles represalias con la empresa del vehículo. ¡Singular tipo! Exclamé en mi mente, y agradecido le rogué que usara mi dinero para valerse. Aceptó mi propuesta y mi buena voluntad, que para el caso valía quinientos pesos aproximadamente. Yo desembolsé todo lo que había en la cartera y en total se juntaron casi 600 pesos. Quizás por ingenuo me ofrecí llevar a un sintecho a su casa. En aquel momento estaba más confundido yo por el accidente que el amedrentado, y hubiera sido capaz de llevarlo a mi propia casa a pasar la noche. La estampa de semejante hombre me impactaba de tal forma que me sentía responsable de tan maltratado ser.

No supe con quién lo llevé esa noche. Me limité a seguir indicaciones. Lo que sí recuerdo es que conduje un buen tramo, dejando el área urbana, donde comienzan a verse las tierras de cultivo sobre la carretera rumbo a los campos y ejidos. En el trayecto me dijo su nombre y yo le di el mío, por mera cortesía. Resultó que el viejo no era tan viejo como aparentaba, más bien el tiempo lo estragaba el doble que a las personas promedio. En ese momento no sabía ni hubiera imaginado que Don Valente era un docto licenciado en humanidades, sin embargo advertía en ese pobre hombre algo que no cuadraba con su lastimosa persona. Deduje que era original de algún estado del centro o sur del país, por el acento. Como es natural entre hombre, hablamos de las bellas mujeres del norte y del terrible clima. Lo dejé a la entrada del Campo 5, luego de disculparme por enésima vez y desearle buena salud.

Calculo que 3 meses después del infausto encuentro con Don Valente, que, a decir verdad, fue mi primer hecho de tránsito, en mi día de descaso me embriagué y busqué refugio en casa de un amigo. Manejaba por una vía completamente iluminada, en una zona desierta de la ciudad. Iba por el carril de la izquierda. Terminándose el asfalto de la calle, comienza un camino de tierra de metro y medio de ancho, y enseguida se extiende un dren profundo que corre paralelo a la calle, como una gran garganta abierta y oscura. Más allá del dren, hectáreas de trigo joven. A la derecha, la ciudad de la que parecía alejarme y a mano izquierda el frío silvestre.

Sonó el teléfono y atendí la llamada: era otro amigo de juerga. Las idioteces que decía me alegraron los minutos. A pesar de que no había tráfico, respeté el semáforo que se me apareció en frente. Seguía carcajeando al teléfono, con la vista puesta hacia la derecha, donde resplandecían las lucecillas de la civilización. Sujetaba el celular apretándolo contra el hombro con el mentón y la mejilla, para tener las manos libres y manejar. Arranqué al auto cuando vi la luz verde, recién metía la segunda velocidad cuando escuché, más no vi, que me estrellé contra algo. Frené en seco y se me cayó el celular a la pedalera. Me enfurecí conmigo mismo. Bajé del auto y un hombre hecho un ovillo, vociferando su dolor.

Don Valente, es usted grité con sorpresa.

Cuando Valente me reconoció no pudo reprimir un gesto de decepción, luego pareció enojado. No sé porque me desconcertó eso, como si uno debiera poner buena cara cuando lo atropellan.

Me sentí más culpable que la vez anterior, porque ahora manejaba ebrio y el pobre hombre usaba muletas. Me disculpé un millón de veces y traté al hombre con la mayor amabilidad que me fue posible. Quise llevarlo a la Cruz Roja cerca de allí para que lo revisaran pero se rehusó. No dijo nada del favor que me hacía por salvarme de multas y gastos innecesarios, solo me pidió 500 pesos para tratarse y que lo llevara en mi auto.

Las muletas no cabían en la cabina así que las eché en la cajuela y después subí casi cargando al maltrecho hombre. Esta vez me dio una dirección diferente aunque igual de periférica.

Principié la conversación con el tono piadoso que me inspiraba el señor, preguntando por su estado de salud, cómo había hecho para curarse, que si a dónde había ido, etc. Respondía alicaído a todo. Noté que en los intervalos de silencio me veía de reojo una y otra vez, como si estuviera evaluándome, o como si algo lo inquietara. Rápidamente aquél me espantó el sueño de Santa Teresa, parecía que no le había ocurrido nada. Hablaba ahora con donaire, incluso contento. No pronunció lamento algún, ni siquiera maldijo su suerte. En cambio, me preguntó:

¿Acostumbra conocer gente de esta forma, joven? O ¿debo sentirme halagado? Su inesperado humor me incitó seguir por ese bemol. Media hora después paré donde me indicó y con las muletas en las manos abrí la puerta a Don Valente. No te preocupes. No es necesaria tanta molestia me repetía. No pensé que aquellas frases de cortesía se expresaran con sinceridad.

Veo que usted es un hombre que vale oro. Por eso le ruego no se enoje con este sucio harapiento dijo y bajó del auto de un salto, sin la menor dificultad. Con vergüenza, apenas completé 400 pesos que llevaba en la cartera y se lo puse en las manos. Don Valente se guardó la mitad y me devolvió el resto “por las molestias causadas”.

Yo también soy un buen hombre. Y ésta es la prueba.Me pidió que lo escuchara y que lo acompañara a beber unos tragos de la botella de plástico que guardaba en el pantalón. Cruzamos la carretera para llegar al bordo del canal de riego. Me llamó la atención que se movía ágilmente con una sola de las muletas. A cada paso me guiñaba un ojo y reía.

Que no te extrañe esto, joven, que no te extrañen los milagros y declamó:

“Sueño que estoy aquí

De estas prisiones cargado

Y también sueño que en un

estado más lisonjero vi”

¡Vaya loco! dije tímidamente.

Yo soy una desdichada ave del paraíso. Por ello es que me dedico a un trabajo tan único y arduo.

Ya decía yo que usted era un tipo singular. Y qué trabajo es ése?

Uno muy oportunista, el de kamikaze fracasado.

Así fue como me enteré de que Don Valente se arrojaba a vehículos en movimiento para ganarse el pan. El método era sencillo y arriesgado. Procuraba las partes más oscuras de la ciudad, a altas horas de la noche. No gustaba de grandes espectáculos, por eso rehuía de la luz del día, especialmente porque a esa hora el asfalto arde por el sol. Se ocultaba detrás de buzones, troncos de árboles, arbustos, casetas telefónicas, o de cualquier medio que le sirviera para sorprender a los automovilistas. No tenía predilección por semáforos o cruces, cualquier lugar de la calle podía ser bueno. Lo difícil era acertar al conductor y el vehículo indicado. Prefería ser atropellado por modelos nuevos o seminuevos, porque infería el poder adquisitivo de la presa, además, por su integridad, prefería tamaños pequeños. De vez en cuando se aventuraba con autos modestos como fue mi caso, pero jamás camionetas de 8 cilindros.

Su vocación suicida estaba exenta de estupidez. Cazaba los autos en el momento preciso en que la velocidad a la que marchaba no le causara graves daños. En ese instante entraba a la calle, generalmente saltaba sobre el cofre. Después fingía, a veces más, a veces menos, el dolor y la gravedad de las lesiones. Se sentía afortunado cuando era atropellado por mujeres mayores, pues la lástima suscitaba en ellas sin dificultad. Si se ofrecían ir a un hospital o con un médico Don Valente se negaba, para poder recibir él mismo el efectivo. En verdad el muy pícaro soltaba el rollo de evitarles problemas legales, para no quedar fichado él. Como todo escapa a nuestro control, hubo ocasiones en que los automovilistas huyeron, y más de una vez la policía oportunamente pasó por el sitio e intertenía en el accidente. Don Valente me garantizó que era más de lo que podía imaginarse a simple vista, aunque naturalmente resultaba herido. Desde hacía 5 años que se dedicaba a esto.

También me enteré esa noche de su historia de actor frustrado. El viejo taimado conjugó en la disparatada empresa los rescoldos de su pasión teatral con su desesperación vital. Don Valente vivía de su talento aunque nadie lo entendiera, y por el arte moriría.

Aún después de aquella memorable conversación que duró hasta el amanecer, no sabía que Don Valente, muy a su pesar, gozaba de cierta fama, vulgarmente hablando. Fue al tiempo, que escuché a un oficial de tránsito sobre un insólito personaje y me contó que en el último año el departamento había advertido a la ciudadanía del Nueve vidas, para que no cayeran en su fraude. El miserable policía se vanagloriaba de haber frustrado en algunas ocasiones, la actuación de Valente, con la que ganaba sus pesos. Por supuesto, el agente tampoco tuvo la bondad de arrestarlo porque la comandancia no brinda techo ni comida, ya sea por doce horas, a los indigentes.

Han pasado algunos años desde que conocí a Don Valente y no he vuelto a escuchar noticia o rumor sobre él. Me gusta pensar en la posibilidad de que emigrara no muy lejos, a un sitio donde abunden los autos deportivos conducidos por señoras de bolsos repletos de piadoso dinero. Me consuela saber que si la fortuna le deparó la carroza para su último baile, el viejo tendría siempre la certeza de abandonar el mundo antes que el escenario.


Notas Relacionadas

Mi Sonora

La casa o el breve soplo

2020-07-06

La diabla blanca, la Güera, la Melita, señorona de palofierro y larga cola de caballo, ésa, mi nana, murió a muy temprana hora un lunes, pues ha...

Mi Sonora

El galardón del artista

2020-06-10

Me encaminaba a las bancas detrás de los salones, al lugar de siempre, donde los proscritos celebran barbajanadas entre humo y tragos cland...

Mi Sonora

La última tarde

2020-06-08

El sol fundió el acero de la puerta y salió conmigo a buscar sutura y alivio, a buscar hogueras fracasadas, a buscar cuchillos de reden...

Mi Sonora

El kamizake fracasado

2020-06-01

A Don Valente hubo un tiempo en que apodaron “El nueve vidas”. Cualquiera dudaría que aquel guiñapo fuera el fantasma de un aclamado actor...

Comentarios sobre esta nota

Comenta esta nota