Que ya se les secó la presa y ahora les van a dar de nuestra agua. Y así se hacen llamar capital, esos presuntuosos que ni agua tienen—. El otro festejó la saña de su compañero pero respondió:

Cierto, compadre. Aunque la verdad debemos ser solidarios y ayudar.

Cálmate tú, si ni que el agua se la fuéramos a dar nosotros.

Sí, compadre, nosotros decidimos, ¿qué no?

¿De cuándo acá nos preguntan qué queremos? Ellos hacen, ellos se arreglan, nosotros nos quejamos nomás.

Pos sí. A ver qué pasa.

El repartidor dijo “con permiso” al pasar en medio de los dos hombres que platicaban fuera de la tienda, y entró. Puso en la mano de la dueña el recibo de los periódicos y surtió el estante en un santiamén.

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“Acueducto Libertad será un hecho histórico del estado”

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“Banderazo a la construcción de acueducto”

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“Acueducto resolverá crisis del agua”

Aquí tiene el dinero dijo la señora al repartidor.

Gracias, Doña Blanca. ¿Ya vio cómo está la presa de la capital? y le acercó el periódico abierto—. Parece menos que un mugroso charco, ¿no?

La verdad que síRespondió sorprendida.

Ahí nos vemos, señora.

Hasta mañana, mijo.

Al volante de la camioneta el repartidor se dirigía al periódico por un nuevo cargamento. Apúrale, camarada, que vamos atrasados. Ya son las 11 de la mañana y no terminamos de surtir. Se me hace que hasta otra cosa ha de estar saliendo en la tele—. Entre risas cruzaron el alto de la esquina.

Como de hábito, en la entrada del periódico se registraban los vehículos que entraban y salían. Cuando fue el turno de la familiar camioneta de reparto, se bajó el copiloto para firmarle el papel al guardia mientras su compañero se estacionaba. En la misma ventanilla se topó con Leovigildo, un reportero.

¿Qué ondas, Juan?

Nada, nada, mi estimado. Apurado, nada más. ¿Y tú, Leo? ¿Qué dice la vida del periodista?

Apurado, compañero, siempre apurado, a todos lados como loco—. Leo firmó el registro y anotó el número del carro que se llevaría.

¿Y para dónde la llevas?

Ahorita ando con lo del acueducto y el tema del agua. Necesito grabar el arranque de la obra. Estará el gobernador, tres del gabinete y los dueños de la firma constructora.

¿A poco ya es todo el show ese?

Sí. Si desde hace como cuatro meses que estaban maquinando públicamente lo del proyecto “Libertad”. Ya nomás esperaban se confirmara el pacto para poner manos a la obra y pues dieron luz verde. ¿Qué no ves las noticias?

Casi no, respondió Juan apenado.

Mañana vas a ver en primera plana mi nota. Mi nombre en negritas al final de la página; y en las noticias de la noche vas escuchar esta voz de profeta en su propia tierra, narrándola dijo orgullosamente, guiñándole un ojo.

Cálmate, ridículo. Mártir y poeta, como siempre. Ya me tengo que ir, Leo. Cuídate.

Tú igual, Juanito.

A 130 km por hora corría por el asfalto de la carretera. Del chaleco, que lucía bordada la palabra “prensa”, sacó un cigarrillo de dudosa calidad, y cantaba una letra de Billy Idol que sonaba en el estéreo. Al entrar a territorio yaqui le extrañó no encontrarse con los habituales sombrerudos que cortaban el tráfico atravesando un tronco en la carretera o que tensaban una cuerda de extremo a extremo para obstaculizar a los pocos conductores que tomaran aquella ruta. Esta fue la forma en que el pueblo original del estado exigía un cobro, casi una limosna, a los extranjeros es decir, a todospor circular en su tierra. Así había sido desde el 2005.

Leovigildo continuó su marcha sin interrupciones hasta llegar a la desviación de terracería que lleva al lugar del futuro acueducto. Otros vehículos de prensa y de medios de comunicación atestaban el sitio, junto con numerosas patrullas que vigilaban el perímetro. Dejó el carro algo retirado del corazón del evento y se acercó corriendo al área de periodistas y reporteros del público, con la grabadora encendida para captar lo más que pudiera del discurso que el gobernador pronunciaba desde hacía 5 minutos.

Leovigildo tomó las fotos suficientes como para elegir el único par que admite imprimir el periódico. Con la videocámara grabó todo el evento enfocado primeramente en los discursos y después en los momentos emblemáticos, como cuando la retroexcavadora principió la obra removiendo por primera vez aquellos palmos de árida tierra. Terminada oficialmente la ceremonia las altas dignidades y principales actores del suceso partieron escoltadas por vehículos fuertemente armados. Leovigildo guardaba la videocámara y el tripié en la cajuela del carro mientras se protegía los ojos del polvo rojizo que levantaba la caravana de poderosos. Una palmada pesada lo sorprendió en la espalda.

Siempre tarde, Leo.

Vete al carajo, Efraín.

Saca un cigarrillo, no seas ojete. Ambos encendieron el tabaco.

Qué rápido fue el bussiness, ¿no se te hace?

¡Y más les valía!, pues no dijeron nada que no hubieran dicho antes; desde que empezaran a fraguar el proyecto. La nota ya estaba hecha desde antes, como quien dice. Mejor para ti. Ya me enteré que también trabajas para la tele.

Dos semanas apenas. Igual tengo que hacer redacciones distintas, y me urge entregar la grabación a los editores y ponerme a escribir de una vez la nota para que salga esta noche.

¡Uy! Cuánto estrés, Señorito importante dijo Efraín con sarcasmo alegre—. Farandulero, hijodelachingada.

Ya sabes que todo esto no es más que otra forma de prostitución. Oye, Efraín, ¿te diste cuenta de que no estaban cobrando “cuota” en la carretera?

Hace como dos mes la policía estatal visita el sector para tener todo en orden.

Ya me imagino. Pobres gentes.

Tú sabes que al progreso nada se le debe oponer.

¡Pff! Progreso. ¡Bella palabra! Lo que a “ellos” les conviene llamar progreso, querrás decir.

Exactamente, mi camarada. Pero bueno, tenemos trabajo por terminar. Hasta luego, Leo.

luego nos vemos.

“Progreso”, se repitió mentalmente, Leovigildo; cavilaba al respecto. Automáticamente buscó y encontró la llave del auto, se abrochó el cinturón de seguridad y encendió el motor, ajeno a todo. En el momento en que sacaba el clutch y aceleraba en primera, el característico sonido de una ráfaga de tiros lo devolvió a la realidad e instintivamente se protegió ocultándose como pudo bajo el volante. Alrededor no se divisaba ningún peligro pero el estado de alerta gobernada su cuerpo. A vuelta de rueda pasó a su lado Efraín y le gritó desde la ventana de su coche: Pa mí que esto acaba en nota roja. Vámonos.

Leo iba detrás de su colega, atento a la radio aguardó en vano informes sobre lo que estaba ocurriendo allí mismo. Ni de la policía ni de la prensa emitían consignas. Por su flanco izquierdo Leovigildo alcanzó a ver un grupo de hombres que dispersaban por el monte, huyendo como podían. Con uno o dos segundos de diferencia las patrullas con las sirenas y las torretas encendidas venían por el camino de vuelta con estruendo polvoriento.

Efraín y Leo mantuvieron su rumbo fijo, hacia adelante. Una vez en la carretera asfaltada, donde las gentes del pueblito llamado Km15 acostumbran vender sus productos típicos, el bullicioso inquietaba. Dijeron algunos lugareños que los indígenas bloquearon el paso a los que venían del evento. Que apenas pusieron resistencia física, a pesar de rechazar totalmente la construcción del acueducto. Que los indignados arguyeron que aquellas tierras siempre habían sido suyas y que les estaban usurpando la propiedad sin consulta ni trato previo. En fin, una manifestación exprés y espontánea tuvo lugar donde la rúa federal 14 se comunica con una desviación de terrecería en las proximidades del km15. Allí la autoridad dialogó a balazos con los inconformes. Los primeros disparos fueron al aire, para romper el cerco humano que impelía a los autos. El pánico se aprovechó para que huyera “a salvo” la política que iba a bordo. Luego que la policía quedó a sus anchas con los revoltosos, los disparos fueron en serio. Los indios respondieron al fuego con piedras y palos, porque en realidad la única arma que llevaban era el coraje. Leovigildo registró el audio de los testimonios en su grabadora que colgaba del cuello. Lo que sí no pasó inadvertido por los policías fue cuando con la videograbadora comenzó a filmar los rescoldos de la revuelta, de la protesta “balazo”, y a capturar la inquietud que expresaban los rostros de los congregados. Fue entonces que un hombre, un gorila embutido en un traje de policía estatal, le arrancó de las manos la cámara. No prestó mucha atención a las palabras de Leo sobre la libertad de expresión y la discreción que tendría sobre el asunto. Trató de escabullirse con que aquello era por gusto, para consumo y placer personal, nada de carácter público o informativo. Nada de nada. El oficial que sujetaba el aparato entre las manos, lo rompió contra el suelo y, por último, arrojó los pedazos a un canalito de riego que corría por el lado izquierdo de la carretera. Por si fuera poco, de la cajuela abierta del auto, el agente tomó la cámara fotográfica como segunda presa y le impuso igual destino.

Volvió abatido al periódico, masticando su impotencia, con la esperanza de que su pleito con el policía lo justificara en el trabajo. Primero avisó la nueva mala a la televisora. Llamó al jefe de información y le relató lo ocurrido. Silencio.

Ya veo. Bueno, te marco en 10 minutos, debo hacer unas cuantas llamadas.

Leo mató el tiempo fumando con ansia un par de cigarros. Sintió la vibración de su móvil y respondió: ¿Qué procede, jefe?

Mira, ya me hicieron llegar de otras fuentes el material suficiente como para hacer una nota de 1 minuto y medio. No te preocupes esta vez. Yo haré la redacción por ti para que la edite lo más pronto posible y salga al aire a las 8 de la noche. Mañana vemos el resto del asunto, me parece que tenemos asegurados nuestros aparatos. Nada de escándalos ni desplantes, por cierto. y sin esperar respuesta colgó. Leo se quedó con el celular en la oreja apenas balbuceando unas palabras.

Se encaminó a la oficina del jefe de redacción del periódico. Entró a la oficina y le contó su historia con todos los pormenores. El jefe expresó sorpresa cuando narró lo de los hombres huyendo por el monte. Finalizó su justificación diciendo que aún podía redactar la nota con el contenido de la grabadora.

Así que perdiste el material visual y la cámara. Bueno, no te angusties yo mismo escribiré la primera plana y buscaré, aunque sea, una foto digna del evento y san se acabó. Lo de la cámara rota, quizás tengas que pagarla de tu sueldo en varios abonos. Lo siento. En cuanto a lo que viste, de momento, te exijo discreción, nada de andarlo divulgando, si acaso como anécdota, algo sumamente extraoficial, como pura maledicencia o rumor. ¿Entiendes?Leo asintió sin ocultar su molestia. A menos que yo te diga lo contrario o se autorice algo. Inmediatamente iré con el jefe para averiguar qué sucede y qué no. Ve a comer, distráete.

Pero ¿la gente que vio y escuchó aquello? ¿Qué hay con ellos? Seguramente se darán cuenta de la omisión en la prensa espetó leo.

Por favor, ni siquiera se venden periódicos en el pueblucho ese. Nomás les queda la tele y sin cable. No insistas en esto. Nos vemos luego, dije.

Ambos salieron de la oficina. Leo llamó a Efraín para preguntarle su parecer sobre el asunto. El otro lo tomó con humor, con esa ironía que trata de disimular un malestar, una resignación.

Tú eres nuevo en esto, Leo. Aunque no lo creas yo aún tengo mis esperanzas y utopías. Ya te irás habituando a las aguas turbias. Ya verás que te acostumbras a la pestilencia.

¡Qué motivante, colega!

Anímate, no mariconees, al menos ahora tienes recuerdos adrenalínicos. Tengo que colgar. Adiós.

Pasada una hora Leovigildo fue llamado a comparecer a la oficina del jefe de información.

Entonces, ¿qué hay?

Nada. Ya hablé con el director y hay órdenes. Me pidieron que te informará que no hubo tal revuelta. Sentenció el jefe fríamente. Leovigildo ya no tenía ánimos de alegar y se quedó mirando a su jefe sin decir nada.

–Alégrate, la cámara no se te va a descontar.

Menos mal dijo levantándose de la silla, dispuesto a salir. En el umbral de la puerta, el jefe le pidió que se tomara el día y se relajara. Leovigildo entregó la grabadora y salió.

Minutos antes de las 8 de la noche en el comedor del patio Leo calentaba su tercer café de la tarde. Seguía inquieto, sentía una carcoma, una incomodidad, una molestia. Luego de la charla con el jefe, se había obstinado en permanecer en el periódico.

Una idea le cruzó la mente y empezó a teclear en su computadora. El jefe de redacción caminaba a la salida del frente, y al mirar una luz encendida en el área de redacción, se acercó. Tocó la puerta y abrió Leovigildo. Inmediatamente el jefe consultó su reloj de pulsera y después miró al reportero.

¿Acaso no te di el día? Pero bueno es tu tiempo no el mío.

Sí, señor, no me pude ir porque tenía que escribir algo antes.

¿Del periódico?

No.

Al jefe se le dibujo una cara de extrañeza al preguntar: ¿Qué escribes, entonces?

Un cuento.


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