Texto: Ana L. Coll

Fotografía: Marían Ferrer

La nativa sabe que tiene suerte, que es afortunada, que su naturaleza es más inteligente que ella misma y que en esto el azar o la precisión de lo aleatorio de la biología, en la que nunca trabajó ni puso esfuerzo alguno, “sin arte ni parte“ como se dice en español común, es la única y verdadera responsable.

A la nativa le ocurre con frecuencia que se siente desbordada por ser ella misma, un ser humano empecinado en no sembrar ni una molécula más de mal o de la brutalidad que la heredada del mundo en el que nació. Así que muy temprano la nativa se deshizo de cualquier veleidad de amor irracional al territorio, asumiendo que sus vínculos están relacionados con su infancia, con ciertos olores, con los primeros besos inexpertos, con caudales de adolescentes lágrimas, y que todo eso no forma parte más que de una experiencia que empieza y acaba en ella misma, que nada tiene que ver con razas, lenguas o religiones, que vivirá mientras ella viva y que morirá cuando ella muera.

En ocasiones la nativa se pone triste, muy triste, al verse rodeada de primates que se llaman “sapiens”, es decir, “sabios” y que sólo parecen poder dormir en paz cuando asestan garrotazos a cualquier otro primate, idéntico a ellos, pero que causa un temor brutal por ser un recién llegado al territorio. Y entonces piensa en Georgia, lugar que la nativa nunca ha pisado y que, con casi seguridad, nunca pisará.

Hace un millón y ochocientos mil años, cifra que se lee rápido pero que cuesta asimilar, en Dmanisi, Georgia, vivió un sujeto, entonces longevo, que a los 40 años había perdido toda su dentadura. Y ocurrió entonces que un joven o una joven, vayan ustedes a saber, trituró los alimentos en sus mandíbulas para que aquel anciano siguiera viviendo. Antes del descubrimiento del fuego, de la rueda, del cultivo, del bramido de los sapiens y de su obsesión por la territorialidad, un ser concreto, seguramente útil, permitió que otro ser concreto, seguramente inútil, vivera. Y fue esa alianza, y ninguna otra, la que posibilitó que cientos de miles de años después naciera la civilización. Y la razón exclusiva por la cual la nativa y todos aquellos que ahora leen estas líneas hayamos llegado a vivir.

La nativa mantiene hábitos sociales, de cortesía y, aunque detesta el calor, no tuvo inconveniente alguno cuando una familia de forasteros, es decir, de extraños al territorio, le sugirieron realizar una excursión a una cala paradisiaca para, también ellos, poder sumergirse en ese mar falsamente perfecto ya que empezaba a enfermar por el mal causado por los centenares de miles de personas que lo invaden aportando como pase único su tarjeta de crédito. A las tres de la tarde de aquel día de sol de una irradiación insultante que jugaba con los tonos de los azules, los verdes y los turquesas, la nativa empezó a ponerse nerviosa.

Vamos ya a comer, después los niños tendrán hambre.

Los forasteros no se dieron por aludidos y salieron del equívoco paraíso acuático pasadas las tres y media.

Démonos prisa— insistió la nativa—. El restaurante está a diez minutos en coche, sobre la costa, lejos de cualquier pueblo por lo que sus vistas son privilegiadas.

En el momento en que la familia forastera y la nativa tomaron asiento en la antesala del paraíso el reloj marcaba las cuatro menos cuarto. Sin mirar el menú encargaron agua mineral y vino blanco de la tierra para los adultos, refrescos para los niños y un arroz con mariscos para todos. La camarera, con gesto de desprecio, dejó caer unas cartas sobre la mesa advirtiendo:

El arroz tarda veinte minutos. La cocina cierra en diez y el restaurante en media hora— y, tras tan campanudas palabras, se dio la vuelta.

La familia forastera y la nativa degustaron unas bolsas de patatas fritas y unas latas de refrescos depositadas sobre el coche de alquiler. Y rumiando aquello a la nativa le poseyó otro recuerdo.

Era joven y acababa de terminar, con cierta brillantez, una carrera universitaria cursada lejos del mar que ella no añoraba. Para celebrarlo una familiar, sin duda bien intencionada, la citó en la terraza de un restaurante de lujo, una vez más balcón excepcional sobre un mar cromáticamente perfecto. Un local tan perfecto que sus mesas estaban separadas con una distancia mayor a la que obliga ahora el coronavirus. La nativa se dirigió, antes de comer, al servicio y observó que en la mesa más cercana pese a la distancia, se encontraba almorzando solo el entonces presidente del Congreso de los Diputados, nativo también. Tras el almuerzo, consistente en pescados frescos acompañado de una pomposa ensalada, la nativa pidió un helado de vainilla y la generosa familiar un café con hielo. La nativa tuvo un momento de pánico al observar como su acompañante, tras dar un sorbo al café, empezó a toser de manera incontrolada. Finalmente fue capaz de transmitir.

Está salado.

La nativa hizo un gesto para que el lejanísimo camarero vestido con levita se acercara a la mesa.

— Está salado—repitió.

La levita del camarero se encogió de hombros a la vez que la voz articulada por la caja de resonancia del cuello decía a modo de reproche:

— Porque está hecho con agua del grifo, es decir, salinizada. Haberlo pedido con agua mineral. Pero ya les digo que eso cuesta cien pesetas más.

La nativa levantó la botella de agua mineral que seguía entre hielos en la cubitera de falsa plata y, a continuación, solicitó la cuenta.

Ya en avanzada madurez, apenas un par de febreros atrás, la nativa se sentó con otra forastera casi a la sombra de la soberbia e impresionante catedral. Tenía ganas de celebrar porque, ¿qué sería la vida sin celebraciones? Eligió una terraza porque en invierno es cuando el paraíso se muestra amable. Quedaron en Madrid los abrigos y los calcetines de lana. La nativa atesora historias de sus abuelos y recuerda algunas fotos. Sabe que bajo el sagrado templo, donde hoy hay cemento, antes había agua. Líquido marino a los que los políticos han sometido creyendo que jamás la naturaleza volverá a reclamar lo que es suyo. Y que, si lo hace, ellos ya estarán muertos y sus cuentas corrientes desbordadas. En las instantáneas captadas en blanco y negro y que tienen ya un siglo, los bajos de la enorme iglesia albergan pequeñas barcas de pescadores y sus casetas donde mantener a salvo las redes. Sobre el pegamento de arcilla, una de aquellas casetas da la cara a yates de lujo. Cuando entran en la caseta de pesca reconvertida en un ostentoso restaurante, la nativa y su amiga forastera toman asiento ante un mantel de hilo raido, copas boca abajo y vajilla descascarillada. Encargan navajas, gambas y otros mariscos de ese mar tan tierno y domesticado que más que un mar parece saliva. También un pescado para compartir. Antes de comenzar el ágape, la nativa inicia su peregrinación al aseo. En el trayecto fija su atención en otro comensal que, solitario, degusta un plato de cigalas. Seis bichos espléndidos a diez euros cada uno. Frente a él una botella de cerveza. Se trata de un hombre joven y delgado, con seguridad un empleado muy bien pagado procedente de un barco de lujo atracado en los alrededores y con un pasaporte de Rusia o de algún país de la antigua Unión soviética. El almuerzo se convierte en un puro contemplar como el marino ruso masca su plato de sesenta euros masacrando entre sus mandíbulas el animal entero incluido su caparazón. La forastera tira con ansiedad del brazo de la nativa diciendo, más bien suplicando.

— Avisa a los camareros. Ese hombre va a tener una peritonitis.

La nativa levanta la vista y ve a los camareros, cuyos uniformes tienen botones chapados en oro deslucido, inmersos en una conversación sobre futbol. Toma el brazo de la forastera y le susurra con un cariño inmenso.

— Cuánto se nota que tú no eres de aquí.

P.S. La pandemia por Coronavirus es una desgracia con la que no contaba nadie. Todo lo que ha traído es malo. Pero puede ser que de ella aprendamos algo. Tal vez a cambiar de una vez y para siempre el asesino modelo del turismo en el Mediterráneo que a punto está de fenecer por empresas criminales y masas que colaboran con esa criminalidad por la ignorancia que les domina convirtiéndolos en muchedumbre vacua. Si el Mediterráneo, cuna de culturas diferentes se salva, quizás tendremos una mejor Humanidad.

Ana L. Coll @yanak61



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Comentarios sobre esta nota

  1. Elisabeth P. 2020-05-23

    Qué necesitan para calibrar que tienen un texto extraordinario. Causa dolor que sigan empujando cosas menores.

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