Cerremos los ojos un momento, no para imaginar algo si no para recordarlo: salimos de la primaria, llegamos a nuestra casa hambrientos después de una buena jornada de trabajo (en ese momento muy pesada), terminamos de comer y simplemente esperamos que se llegue la hora para comenzar a ponernos la ropa adecuada y asistir a nuestro entrenamiento. De béisbol, de futbol, de taekwondo, de basketball, natación, atletismo, etc.

Los entrenamientos eran esos momentos en los que no solo te esforzabas para mejorar en lo que hacías, también aprovechábamos el tiempo para convivir con los demás niños que se volvían esenciales para que esa tarde se volviera maravillosa.

Los gritos del entrenador exigiéndonos que dejáramos de jugar con nuestros compañeros y nos concentráramos en las actividades, un regaño expresado entre sonrisas que no se pueden ocultar tras las travesuras que realizábamos.

Se llegaba el fin de semana y la emoción junto a un puñado de adrenalina se acumulaban, pero no precisamente en nosotros, sino en nuestros padres. "Hora de ver lo que mi hijo aprendió en sus entrenamientos". No importaba si nuestra participación era horrible (en el buen sentido) un desastre perfectamente realizado, los gritos de los papás nunca estaban ausentes.

Aquellos que tuvieron la fortuna de formar parte del mundo deportivo siendo apenas unos niños, podrán darme la razón de que sin duda fueron muy buenos tiempos. El deporte a esa edad nos enseña muchas cosas, en la rama que sea.

Es un momento en el que no dejamos de ser niños pero al mismo tiempo intentamos concentrarnos como adultos, con el toque especial de hacerlo con "ternura".

Las mamás siempre van a tener el temor de llevar a sus hijos a formar parte de algún equipo, ya sea porque puede salir lastimado o por pensar que afectará su rendimiento en la escuela. No estoy de acuerdo.

¡Apoyémoslo! Si sus hijos les piden que los lleven a entrenar, ¡háganlo! Nunca se sabe si gracias a una mala decisión están apagando una estrella. No les van a robar su infancia, al contrario, van aportar mayores recuerdos, aprendizajes y experiencias en la misma.

La activación física en nuestros niños no debe faltar. Tampoco es bueno exigirles algo que quizá no les guste, regálenle la libertad de que elija la actividad que más le agrade sin dejar de lado el análisis de que le aporte algo positivo a su vida.

Aún de grandes, mientras practicamos nuestro deporte favorito volvemos a ser niños, ya sea por un berrinche, por la presión de ser mejor a nuestro rival o por ponernos mulos después de que algo no salió como esperábamos. Los niños y el deporte deben estar ligados y no tengo dudas al respecto. Y ojo, el niño o niña tiene derecho a elegir el deporte que quiera practicar, no el qué tú cómo papá quieres que practique.

¡Feliz día a esos pequeños gigantes que siempre nos dejan con la boca abierta derrochando su talento y habilidades!


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