“Ses ailes de géant l'empêchent de marcher”
Baudelaire.

En verdad rasga el cielo_ pensé. Miro hacia arriba… y nada. Hace mucho que se perdió el azul. La diferencia entre el día y la noche es vaga, casi ilusoria. La programación de los anuncios es tan fiable como un reloj. Falta poco para las 9 de la mañana y me detuve a pensar estas tonterías frente a la entrada del Museo Total, minutos antes de registrar mi entrada en la máquina. 30 años allí son suficientes para embrutecer o aniquilar un espíritu. Soy viejo y duro como un roble olvidado. En el fondo, lo que queda de mí aún espera el gran acontecimiento, el mío, el más grande.

Me acerco lo suficiente a las colosales puertas de cristal del Museo y automáticamente se abren para ceder el paso. Presiono mi índice derecho sobre el sensor al lado de la recepción mientras hecho un vistazo al recinto como si fuera la primera vez que lo viera. Todo tan sobrio, aséptico, tan vacío, tan ajeno. Aunque la recepción parece haber sido diseñada para no manifestar la menor señal de vida, es un descanso del estrambótico mundo exterior.

Camino por el corredor hacia la cocina del personal y cortésmente, cuando paso frente a uno, doy los buenos días a los otros fantasmas que requiere el Museo para su funcionamiento. Me preparo tranquilamente un café bien cargado. Se está tranquilo a esa hora porque el trabajo en realidad comienza un poco más tarde.

Por lo menos en los últimos 20 años ejecuto religiosamente la rutina de subir al techo del Museo a tomarme el café en lo más alto.

Esta mañana vi un pájaro. Fue como ver un poco de los viejos dioses, de las maravillas pasadas. Se detuvo a descansar un momento sobre una de las jaulas que penden a los costados del edificio. Me aproximé a la avecilla y sabiamente huyó de cualquier contacto. La seguí con los ojos hasta que desapareció al vuelo. Me recargue en el cerco que bordea el edificio entonces bebí un trago y miré hacia abajo para contemplar, como siempre, al monstruo incansable, sus miles y millones de ojos y lenguas. Aún hay quienes vomitan las aceras a causa de las luces que brotan de las pantallas que saturan el exterior de los edificios.

Recuerdo que antes de que surgiera el Museo Olid yo saltaba de empleo en empleo, siempre a la deriva. Impartí clases de historia en una universidad, para un escaso número de alumnos sin entusiasmo. El salario era un escupitajo en el rostro. Bien pude haber tolerado vivir de centavos un tiempo, hasta que me asignaran más horas de clases pero la apatía de mis estudiantes me desmoronó. Por las noches me salvaba el estúpido deseo de escribir. _¿Escribir? ¿Para qué?_ me preguntaba burlona mi ex esposa. Renuncié como maestro y luego trabajé en varios empleos disímiles.

Desayunaba en un puesto callejero mientras escuchaba ofertas de trabajo que anunciaba un monitor. El Museo Olid estaba próximo a inaugurarse. Solicitaban expertos en artes, historiadores, antropólogos y poetas. El anuncio era ridículo; un reclutamiento de inútiles. Como sea, yo llevaba 3 semanas en una factoría y aquello me pareció una oportunidad para salir de mi pequeño infierno.

Presenté mi solicitud y fui llamado más pronto de lo que imaginaba. Dominé la entrevista, estaba en lo mío. Al final de la charla se me informó que el puesto que me ofrecían era el de guía del museo. No esperaba nada en especial, pero ya lo intuía. La paga era increíblemente buena. Me dije para mis adentros que me embarcaba al museo hasta el naufragio.

Por capricho el Museo Total Olid se alza por encima todo; en verdad es el rascacielos más alto del planeta. En vano, salones y salones exhiben obras al vacío. El Museo Total fue un proyecto insólito, una empresa desproporcionadamente ambiciosa y estéril. Para muchos era una prueba más del poder y riqueza de la firma Olid, una de esas pocas que son dueñas del mundo.

Cuando se publicitó el proyecto, a todos sorprendió la idea de un museo. Conforme avanzaba la construcción se revelaban detalles del diseño: las galerías, exposiciones y las obras que contendría. Entre originales y réplicas, se propuso resguardar las suficientes pinturas y esculturas como para exhibir fielmente la historia del arte, desde la prehistoria hasta su extinción, hace 20 años. Además, no podía faltar, una sección del museo dedicada a la historia natural, con al menos un ejemplar, con un hueso siquiera, de cada especie fósil descubierta en el orbe.

Yo era uno de los tantos guías, ya que las dimensiones del museo eran tales que sería demencial encomendar la labor a un solo hombre. Cada tres meses los guías éramos comisionados a diferentes áreas. Apenas alcanzaba el tiempo para familiarizarse con el recorrido cuando se nos asignaba otra sección. No estoy completamente seguro pero creo haber conocido la totalidad del museo; la mayor parte cumpliendo la jornada a solas.

Un par de meses antes de que se abriera el Museo, los empleados asistimos a un curso de inducción donde aprendimos el reglamento y las formalidades que se deben respetar, según cada puesto. A los guías se nos asignó aleatoriamente un área y después de recorrerla debíamos elaborar una suerte de informe con un bosquejo de lo que sería el recorrido por ese sector. Es decir, escribíamos una especie de guía o propuesta del recorrido, de acuerdo a nuestras valoraciones de las obras y contenidos, con el fin de facilitar el trabajo al resto de guías cuando fueran consignados a las diferentes áreas.

Casi al final de la inducción se nos enseñó a los guías la exposición más única del museo. No era una galería, ni una instalación o un salón, sino al aire libre, únicamente apreciable desde el techo. Me incomodó y me indignó al principio, pero los demás vieron en ello la manifestación de originalidad, del genio artístico oculto de los Olid. Dicho Happening se reservaba a los grupos selectos de magnates y excéntricos allegados a la firma.

Aunque me llevó tiempo. Por no sé qué consuelo empecé a frecuentar el techo; por alivio, por compañía genuina…

El infomercial de la píldora proteínica me dice que son las 10 menos cuarto. Consulto el reloj y corroboro: 9:42 de la mañana. Tomo el ascensor hacia el primer piso. Mientras veo agigantarse los edificios a mi alrededor imagino a un grupo de chinos y europeos seguramente esperando abajo con sus cámaras ansiosas. Me equivoco. La agenda me reserva a un grupo de 12 niños de un colegio privado. La joven profesora, una pelirroja de pecas, me informa alegremente que soy libre de trazar el itinerario.

He decido renunciar el día de hoy. Ya estoy viejo para cobardías. Le aseguro a la maestra lo edificante que será el tour a mi cargo. Primero visitamos el neolítico, el cuaternario con sus faraónicos glaciares artificiales. Consciente de la curiosidad de los niños, los llevo para que admiren enormes esqueletos de dinosaurios del mesozoico. Me pareció suficiente de historia natural así que ascendimos millones de años en el elevador hasta el piso de pintura y escultura barroca, para que los escolares se apantallaran por el detalle y el exceso del que fueron capaz los artistas. Luego la escuela de Kano, fauvismo, renacentismo y cubismo. Para mayor divertimento paseamos por las galerías e instalaciones del llamado alguna vez “arte contemporáneo”: Op art, conceptual, fluxus, escultura cinética.

No me interesó que el recorrido tuviera coherencia ni lógica secuencia, como tampoco me importó desconcertar a los guías apostados en sus respectivas secciones. Me sentí libre en mi modesto propósito de grabar en los niños una agradable impresión de lo que fue el arte.

Finalmente, sin comentario o aviso previo, como flautista de Hamelin, los llevé al último piso del Museo.

Yo me hallaba endemoniadamente contento. Le pregunté al grupo si sabían qué era la poesía. Una niña levantó la mano y dijo que era hablar y escribir raro.

-Algo hay de eso, jovencita. Muy bien. Pues ésta es la sección de poesía- dije en voz alta, orgulloso.

La maestra preguntó con incredulidad que si cómo se podía tener eso, poesía, en ese lugar; y miraba a todas partes a su alrededor sin encontrar nada más que el techo desnudo, solo arriba el cielo.

Con la mano invité al grupo para que me siguiera y se acercara a los bordes del edificio. Naturalmente un cerco rodeaba el perímetro para que nadie cayera al vacío. El cerco medía metro y medio de altura y estaba hecho de un cristal grueso y perfectamente traslúcido. Recargue cómodamente mis codos sobre el filo del cerco y con la cabeza les señalé las jaulas de hierro perfectamente adaptadas que penden al costado de todo el edificio. Dentro había hombres y mujeres gorgojeando, silbando, graznando y recitando.

-¿Qué es eso?, ¿Quiénes son esos? -inquirieron las voces.

-Esos son poetas.

¿Pero por qué están allí?

-Por gusto. Alguna vez tuvieron contrato_ respondí tranquilamente mirando a ninguna parte. Si guardan silencio escucharán sus entrañas. El museo los tiene aquí arriba porque juzga necesaria su existencia para que no se derrumbe.

Los niños miraban embobados las sombras que aullaban suspendidas en el aire. Me acerqué más subiendo una pierna sobre el cerco._ Ey, aquí tienen a uno más! ¡Nosotros no dimos nunca la espalda a la ciudad! ¡Abran, abran! _grité a la jaula más próxima. De la parte de arriba se abrió la reja y lentamente una escalera ascendió hasta comunicarse con el edificio.

La maestra escandalizada repetía: señor guía, señor guía!

Mientras bajaba le respondí, más dueño de mí que nunca: Ya no soy más ese guía. Hoy me retiro.

Una vez en la jaula las palabras me contagiaron y rompí a hablar y hablar y hablar para siempre.


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