El miedo a ser rechazados es una experiencia tan extendida que incluso puede considerarse de carácter universal. Y es que, en tiempos ya olvidados por los vaivenes de la historia, ser apartados de la manada implicaba una muerte casi asegurada en las manos (o en las garras) de cualquier depredador.

Y es que nuestra especie ha podido progresar y ser lo que hoy es sobre todo por su habilidad para colaborar con grandes grupos, dentro de los que podía hallar ayuda de otros individuos en el supuesto de necesitarla. La soledad y el ostracismo, en aquellas primitivas sociedades, eran algo que merecía ser temido y evitado.

Debido a que una parte importante del cerebro que hoy en día poseemos es idéntico al de los tiempos pretéritos a los que nos referimos, los miedos que antaño condicionaron la conducta y el pensamiento siguen prevaleciendo de uno u otro modo dentro de cada ser humano.

A este temor ancestral subyace la fobia social, un trastorno de ansiedad muy prevalente en la sociedad actual, al que se le suelen asociar un número muy importante de comorbilidades. En este texto abundaremos, precisamente, en tal cuestión: las comorbilidades de la fobia social.

¿Qué es la fobia social?

La fobia social es un trastorno de ansiedad de enorme prevalencia, que se caracteriza por un miedo intenso a las situaciones de intercambio que impliquen un juicio o evaluación. El afecto que surge es de tal intensidad que la persona anticipa aprensivamente (incluso durante días, semanas o meses) cualquier evento en el que se deba interactuar con los demás, sobre todo cuando su rendimiento vaya a ser sometido a análisis o escrutinio. Tales sensaciones tienen un componente experiencial aversivo, sobre el cual se construye un "esfuerzo" constante por evitar los encuentros interpersonales.

En el caso de no poder evitarlos, la exposición cursa con sensaciones fisiológicas intensas y desagradables (taquicardia, sudoración, rubor, temblor, respiración acelerada, etc.), junto a la emergencia de pensamientos automáticos que sumergen a la persona en el negativismo y la desolación ("van a creer que soy un estúpido", "no tengo ni idea de qué estoy diciendo", etc.). La atención sobre el cuerpo aumenta; y surge una repudia muy clara al rubor, al temblor y al sudor (por considerarlos como más evidentes ante un espectador). El "juicio" sobre la propia actuación es cruel/punitivo, desproporcionado respecto al rendimiento real apreciable por los demás (el cual es generalmente descrito como "mejor" de lo que el paciente percibe).

Existen diferentes grados de severidad para el trastorno que nos ocupa, distinguiéndose a los pacientes que muestran perfiles específicos (o que únicamente temen un abanico restringido de estímulos sociales) y a los que padecen un miedo generalizado (aversión hacia la práctica totalidad de estos). En ambos casos habría un menoscabo sustancial de la calidad de vida, y llegaría a verse condicionado el desarrollo del individuo a nivel familiar, académico o laboral. Se trata de un problema que habitualmente se inicia durante la adolescencia, extendiendo su influencia a la vida adulta.

Una peculiaridad esencial de este diagnóstico es que tiene un riesgo especial de convivir con otras condiciones clínicas de salud mental, las que comprometen fuertemente su expresión y su evolución. Estas comorbilidades de la fobia social adquieren una importancia capital, y se deben tener en consideración para un correcto abordaje terapéutico. Sobre ellas versarán las siguientes líneas.

Principales comorbilidades de la fobia social

1. Depresión mayor

La depresión mayor es el trastorno del estado de ánimo más prevalente. Quienes la padecen identifican dos síntomas cardinales: la tristeza profunda y la anhedonia (dificultad para sentir placer). No obstante, también suele apreciarse alteración del sueño (insomnio o hipersomnia), ideación/conducta suicida, facilidad para llorar y pérdida general de motivación. Se sabe que muchos de estos síntomas se solapan con los de la fobia social, siendo los más relevantes el aislamiento y el miedo a ser juzgado de forma negativa (cuya raíz en el caso de la depresión se encuentra en una autoestima lacerada).

2. Trastorno bipolar

El trastorno bipolar, incluido en la categoría de las psicopatologías del ánimo, suele tener dos cursos posibles: el tipo I (con fases maníacas de expansividad afectiva y probables períodos de depresión) y el tipo II (con episodios de una efusividad menos intensa que la anterior, pero alternando con momentos depresivos). Hoy en día se estima un rango amplio de riesgo para su comorbilidad con la fobia social, que oscila entre el 3,5% y el 21% (según la investigación que se consulte).

3. Otros trastornos de ansiedad

Los trastornos de ansiedad comparten un gran número de elementos básicos, más allá de las notorias diferencias que demarcan los límites entre unos y otros. La preocupación es una de estas realidades, junto a la hiperactivación del sistema nervioso simpático y la extraordinaria tendencia a evitar los estímulos asociados con ella. Es por este motivo que un porcentaje alto de quienes sufren fobia social también referirá otro cuadro ansioso a lo largo de su ciclo vital, generalmente más intenso que lo que se suele observar en la población general. En concreto, se estima que esta comorbilidad se extiende a la mitad de ellos (50%).

4. Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC)

El Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) es un fenómeno clínico caracterizado por la irrupción de pensamientos intrusivos que generan gran malestar emocional, a los que prosiguen actos o pensamientos cuyo fin es aliviarlo. Estos dos síntomas suelen forjar una relación funcional y estrecha, que "potencia" su fortaleza de forma cíclica. Se ha estimado que el 8%-42% de las personas con TOC padecerán fobia social en algún grado, mientras que en torno al 2%-19% de los que sufren ansiedad social presentarán síntomas de TOC a lo largo de su vida.

5. Trastorno de estrés postraumático (TEPT)

El trastorno de estrés postraumático (o TEPT) surge como una respuesta compleja tras vivir un hecho particularmente luctuoso o aversivo, como un abuso sexual, algún desastre natural o un accidente grave (sobre todo en los casos en que se experimentó en primera persona y/o el suceso fue provocado deliberadamente por acción u omisión de otro ser humano).

6. Dependencia del alcohol

Aproximadamente la mitad (49%) de personas con fobia social desarrollan en algún momento una dependencia al alcohol, lo que se traduce en dos fenómenos: la tolerancia (necesidad de consumir más sustancia para obtener el efecto del principio) y síndrome de abstinencia (antes popularizado como "mono" y caracterizado por un profundo malestar cuando no está cerca la sustancia de la que se depende). Tanto el uno como el otro contribuyen a la irrupción de una conducta incesante de búsqueda/consumo, la cual requiere mucho tiempo y deteriora poco a poco a quien la presenta.

Son muchísimas las personas con fobia social que hacen uso de esta sustancia con el objeto de sentirse más desinhibidas en momentos de naturaleza social donde se exigen a sí mismas un rendimiento extraordinario. El alcohol actúa inhibiendo la actividad de la corteza prefrontal, por lo que se logra este cometido, pese a que se paga un peaje importante: la erosión de las estrategias de afrontamiento "naturales" para lidiar con las exigencias interpersonales. En el contexto, la ansiedad social se expresa antes que la adicción, formándose esta última como resultado de un proceso que se conoce como automedicación (consumo de alcohol cuyo fin es reducir el dolor subjetivo y que nunca obedece a criterios médicos).

Quienes presentan esta comorbilidad también tienen un riesgo mayor de padecer trastornos de personalidad (sobre todo antisocial, límite y evitativo), y de que el miedo a formar vínculos se acentúe. Además, y como no podía ser de otra forma, se incrementaría mucho el riesgo de problemas físicos y sociales derivados del propio consumo.

7. Trastorno evitativo de la personalidad

Muchos autores postulan que apenas existen diferencias clínicas entre el trastorno evitativo de la personalidad y la fobia social, relegando todas ellas a una sencilla cuestión de grado. Y lo cierto es que comparten muchos síntomas y consecuencias sobre la experiencia cotidiana; como la inhibición interpersonal, el sentimiento de inadecuación y la hipersensibilidad afectiva a la crítica. No obstante, otras investigaciones sí hallan discrepancias cualitativas, a pesar de la dificultad para reconocerlas en el ámbito de la clínica.

El grado de solapamiento es tal que se estima un 48% de comorbilidad entre ambos cuadros. Cuando esto ocurre (especialmente cuando se vive con el subtipo "generalizado" de ansiedad social), la evitación social deviene mucho más intensa, así como la sensación de inferioridad y de "no encajar". El trastorno de pánico suele ser más común en estos casos, al igual que la ideación y conducta suicida. Parece existir un evidente componente genético entre estas dos condiciones de salud mental, dado que suelen reproducirse especialmente en los familiares de primer grado, aunque aún no se conoce la contribución exacta del aprendizaje en el seno familiar.

Fuente: psicologiaymente


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