Quizá en tu infancia y adolescencia, la llamada a la mesa era algo desagradable, porque sentarse a comer todos juntos involucraba perderse el programa de televisión, dejar el celular un rato, pausar el videojuego o simplemente abandonar la comodidad de la individualidad, o quizá, por otro lado, el crecer sin tiempo familiar en la mesa supone un momento que siempre se deseó tener. Ya sea una cosa o la otra, la comida familiar forma parte de la cultura alimentaria de las personas, que recibe propiamente el nombre de comensalidad, un tópico frecuente en los estudios de antropología o sociología. Este concepto remite al hecho de comer y beber juntos en una misma mesa en donde se comparten y transmiten valores, de manera que se vuelve un espacio simbólico cultural.
La actividad de comer compartiendo (alimento y tiempo) es algo que viene desde épocas tan antiguas como la comida misma pues, por ejemplo, los cazadores compartían lo que capturaban entre sus demás compañeros alrededor del fuego, y gracias a esto, todos se alimentaban y podían sobrevivir para seguir cazando. Tiempo después, comer juntos significaba que había confianza en el grupo, lo suficiente para probar la comida y estar seguros de que no hubiera sido envenenada. Este simbolismo está presente también en las representaciones de la última cena de Jesucristo donde comparte con todos sus comensales su cuerpo y sangre en forma de pan y vino.
Así pues, comer juntos configura un sentido de pertenencia a un grupo; tan solo pensemos en las cenas de las festividades navideñas o patrióticas y lo bien que se siente comer con los amigos, los abuelos, los padres, ahora imagina cuanto impactaría hacer eso todos los días, si dedicáramos al menos una de las comidas a explotar la comensalidad.
Los investigadores han descubierto que este tiempo en la mesa en fundamental para el desarrollo de buenos hábitos alimenticios en los niños y adolescentes, pudiendo prevenir trastornos alimenticios, a la vez que se moldea el comportamiento en la mesa y comparten sus experiencias con su entorno, algo que beneficia la salud emocional.

Pero… ¿y el tiempo?

Si bien, comer juntos supone múltiples beneficios, las familias de hoy día gozan de poco tiempo para alimentarse, menos para compartirlo. Pero esto puede no ser una desventaja tan radical si destinamos, al menos un día a la semana, a tener una comida grupal en donde se tome el tiempo para socializar y disfrutar, no simplemente consumir los alimentos. Ya sea con tu pareja, con tus hijos, la familia entera, el amigo o compañero, el grupo de amigas, hay que celebrar esa oportunidad de estar con alguien más disfrutando el momento acompañados de un buen plato.
*Evelyn Medina es estudiante de la Lic. en Literaturas Hispánicas en la UNISON. Ensayista y apasionada a las buenas historias, sobre todo aquellas que se cuentan a través de los sabores. Combina sus lados de literata y foodie en su blog de Instagram @arracheramx. Tambien puedes seguirla como @evemedinag.


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