Los mexicanos estamos viviendo una etapa extremadamente difícil, la violencia impera en todo el país, los enfrentamientos entre los narcotraficantes son cotidianos, el número de familias desmembradas aumenta cada día por los muertos y heridos en “ajusticiamientos”. A todo ello sumen otro capítulo: la falta de respeto a los elementos de las Fuerzas Armadas, la humillación a los indefensos soldados rasos y los asesinatos de policías.


En los últimos meses, en este 2019, la violencia está desbordada en ciudades capitales, en municipios semirurales, en las calles de la Capital de la República y hasta en las puertas de Palacio Nacional. No solo sabemos de los sucesos bélicos entre los miembros de la delincuencia organizada, la que no se rinde y sigue cobrando derecho de piso a comerciantes e industriales, así como de los hechos derivados de la ola de secuestros y las extorsiones siguen a la orden del día.


Desde el inicio del sexenio, el 1 de diciembre de 2018, la voz presidencial emitió sus órdenes terminantes: nada de reprimir al pueblo, todos tienen libertad de protestar y manifestarse en las calles. También se declaró que no habría más guerra contra el narco. Se creó una Guardia Nacional para restaurar la seguridad, pero hubo un desvío para atender el reclamo del gobierno norteamericano, a efecto de frenar el desplazamiento de los migrantes centroamericanos y de otros países hacia ese territorio. Los militares convertidos en policías y militarizados. Ni unos ni otros se adaptan a las funciones restauradoras de la seguridad ciudadana.


Bueno, jamás estaré en contra de que haya manifestaciones y la gente se desplace por calles y avenidas, porque es uno de los derechos consagrados constitucionalmente, no confundirlos con los derechos humanos. Frente a los acontecimientos indignantes, destacando los feminicidios, el apoyo popular es indiscutible. Sin embargo, no es de aceptarse que en aras de esa protesta popular, en las manifestaciones se cuelen los alborotadores profesionales, los vándalos encapuchados, los grafiteros y los que destruyen aparadores.


Vergonzosa y denigrante la acción del daño material que causaron al monumento que nos identifica mundialmente, el Ángel de la Independencia, la Victoria Alada, más conocido como La Columna de la Independencia. No estoy de acuerdo con los peticionarios de que no sean borrado el horroso grafiteo, sino hasta que se resuelva la demanda de acabar con el feminicidio, porque este fenómeno social no se termina por decreto. Quede muy preciso que apoyo la demanda para que las autoridades federales, estatales y municipales, actúen con firmeza y no dediquen el tiempo simplemente a condenar los asesinatos de mujeres.


Me pregunto si algún mexicano está de acuerdo en que un grupo de jóvenes haya acorralado, ese es el término, a los soldados destacados en el exterior de Palacio Nacional. Los normalistas chiapanecos llegaron al Zócalo para demandar que les abran sus planteles, pero no faltaron los que incitaron al desorden y procedieron a agredir a los militares, replegándolos a la fachada del colonial edificio y tirando golpes con garrotes. Este martes, 10 de septiembre, la Secretaría de la Defensa Nacional expidió un comunicado, en el que se informa que los soldados actuarán, en caso necesario, en defensa propia y dejarán de ser vapuleados por las turbas, como acaba de suceder en Acajete, Puebla, con los huachicoleros, que ni siquiera quedaron detenidos.


Hace no mucho tiempo, los jóvenes militares fueron secuestrados, desarmados y humillados por “defensores del pueblo”. Vimos en videos y en fotografías que circularon por todo el mundo, como los soldados fueron obligados a sentarse en el suelo, a someterse a la voluntad de unos cuantos. La voz presidencial quiso convertir en héroes a los humillados miembros del ya no respetado y si glorioso Ejército Mexicano. Sería bueno que en Palacio Nacional leyeran cómo se manejó la relación, hace un siglo, precisamente en agosto de 1919, entre el presidente Venustiano Carranza y el Ejército Constitucionalista.


En este segundo suceso registrado en la Capital del País, tampoco hubo responsables de los hechos. Por supuesto no hubo detenidos. Ah, el comentario que escuché: “Lo que quieren es que el gobierno reprima a los manifestantes y crear ataques a la autoridad”. Insisto, el que los soldados se defiendan, ¿es reprimir al pueblo sabio? Por eso los delincuentes gozan de toda la impunidad, a sabiendas de que nada les pasará, como nada ocurrió con los encapuchados y las encapuchadas que se violentaron “en una marcha pacífica” en las afueras del edificio de la Rectoría de la UNAM.


PREGUNTA PARA MEDITAR:

¿Cuáles medidas, no represivas, pondrá en marcha el Gabinete de Seguridad para frenar a la delincuencia organizada y a la no organizada?

jherrerav@live.com.mx


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