Lo ocurrido en el puerto de Not merece más que una glosa o un comentario, un volumen entero debido a su unicidad en la historia. Por desgracia y desinformación poco detenimiento se le ha dedicado como si se tratara de un episodio de extravagancia y chifladura, y en la peor de las interpretaciones, un estridente chauvinismo. El pueblo de Not era como cualquier pueblucho sesgado, atrasado en más de un aspecto respecto a las ciudades vecinas. Por rigor habrían de tener alguna manifestación propia como las fiestas patronales de los pescadores y sus bailes con redes de pesca. Carecían de tradiciones artesanales más allá de la reproducción de utensilios requeridos para sus faenas. Su arquitectura no era sino las rudas formas que el ingenio da a la pobreza. En cuanto a su música, era por demás primitiva: caparazones de tortuga como percusión acompañados de una especie de arpa, que con buena voluntad del oyente pudiera semejar alguna armonía. Su fe era la de Cristo y en extremo devotos acataban la palabra del eclesiástico en turno, naturalmente relacionado en demasía con la esfera del poder. Prácticamente desdeñan la historia y su natural analfabetismo los tiñe de espectro sin huello ni eco. Sin embargo es plausible especular que a finales de 1700 y principios del siglo XIX mantenían una organización política similar a una monarquía.

En ese lapso finisecular se atribuyó el poder a Cástulo II. Apenas iniciada su carrera de monarca la muerte sorprendió a su esposa en un accidente ecuestre por lo que el duelo cubrió al deudo y envolvió al pueblo entero. Se prohibió la música y únicamente el sollozo de las pléyades y cantos fúnebres se escuchó. Pasado el primer mes de aflicción y luto, Cástulo II salió a recorrer Not y se encontró con las carcajadas de las mujeres que lavaban la ropa y escuchó las letras obscenas que canturreaban los pescadores. Ofendido se recluyó en el “palacio” y proclamó como decreto inapelable la prohibición de la risa y la felicidad. El padre de la iglesia lo contrarió e intentó disuadirlo de su tiranía imposible. Aunque la cárcel y el garrote espantaban la risa al instante, no se lograría cumplir el propósito satisfactoriamente. Entre Cástulo y el padre Inocencio resolvieron por el uso de Máscaras. Se impuso que todo el pueblo debía llevar máscaras de aflicción y tristeza. La gente de Not armó escandalo al principio pero la sumisión ante las razones del padre acabó por influenciar al grado de despertar empatía por el rey desdichado.

En las aguas fangosas de los esteros, sobre el rutinario trabajo de los hombres que capturaban almejas y ostras, los rayos del sol se estampaban con una multitud uniforme de tristeza postiza. Se comenzó a reír entre dientes, y en los grupos de mujeres argüenderas adoptaron nuevos modos de comunicar hilaridad. Otros, según me contó mi abuelo, en la libertad de la balsa en pleno mar se reían con el rostro expuesto al aire hasta desternillarse. No obstante, por temor a ser delatados por algún aspirante a la gracia de Cástulo II y el padre, continuaron riendo pero con discreción y oculta la faz. Adonde quiera que fuera el rey observaba el reflejo de su dolida alma y sonreía satisfecho – claro- tras su respectiva máscara.

El padre Inocencio aprovechó el capricho de Cástulo para organizar las primeras obras teatrales en el pueblo de Not – pastorelas, principalmente-. El decreto aplicaba sólo a hombres y mujeres en edad de razón, únicamente los niños y púberes gozaban de su cara libremente. Cástulo convino con el padre en sus proyectos con el fin de extender su alcance hasta los infantes de catecismo que representarían las obras. Era noviembre cuando las máscaras llegaron a los niños anunciando los ensayos de la función. Dadas las propiedades del género, Inocencio incluyó nuevos artificios para representar a los personajes de la obra. Exclusivamente durante la pastorela se podía llevar máscaras de monstruos, demonios, querubines de aureola, y lo más importante, se permitiría la risa y la alegría. Fue un éxito rotundo y por ello se representaban una vez por semana sin importar el motivo original decembrino. Frente a la iglesia se montaba la obra y bullía de gente que, sobre todo, asistía para conversar, chismear y reír porque solamente ese día se admitía la felicidad pública. Al tiempo, el padre, varió la pastorela con loas, milagros y otros géneros de la dramaturgia religiosa, como si la concurrencia de los espectadores fuera motivada por las obras mismas.

Trascurrido un año, el rey francamente había superado la pérdida y tenía los ojos más que puestos en la futura reina, a quien le habían presentado en alguno de sus viajes. Contrajo nupcias y mandó a todos a portar rostros de felicidad y júbilo ese día y durante la luna de miel. Un anciano y una mujer cansados del juego del rey se descubrieron el rostro y pasearon con aire altivo y burlesco, incluso contagiaron su valentía a otros. Terminada la luna de miel fueron colgados en la plaza de Not.

En este punto, Cástulo intensificó el rigor de los medios para hacerse obedecer. Los hombres de arma a su servicio fueron implementados como el cuerpo de lo que hoy llamaríamos policía. Dichas fuerzas armadas poseían licencia a ejercer la brutalidad. Con esta novedad se introdujo un nuevo tipo de máscara, distintiva de las tropas. Cueros blancos curtidos que no presentaban expresión facial; carecían de boca, únicamente contaban orificios para los ojos acechantes. La impopularidad de Cástulo incrementó por la violencia de su método pero la gente recordaba que desafiar el edicto, tan sólo expresar altiveza o desobediencia con el rostro, se cobraba con la vida, y por primera vez agradecieron el auxilio que las máscaras otorgaban…

La vida debía seguir y así siguió. Not no era un pueblo con atractivos turísticos ni industriales, salvo por el escaso comercio marítimo y la obligada vida mercantil, carecían de contacto con hombres de otras latitudes. Para el foráneo o extranjero que iba a comprar o vender objetos al puerto de Not, era como visitar accidentalmente un zoológico. Imaginaban a un pueblo entregado a las excentricidades propias de un misterioso carnaval, a pesar del taciturno diálogo de los locales. Esta contradicción les hacía creer que los de Not eran recelosos con los extranjeros y que se guardaban la alegría para ellos mismos. Tal cosa motivó el rumor entre los navegantes de que los de Not estaban locos. Nada más lejos de la realidad. La constante presencia de la “policía” impedía que se expresaran con libertad como para comentar sobre el verdadero estado de las cosas.

Años de control y vigilancia acostumbraron a la población; no hay que olvidar que por desgracia el hombre es un animal capaz acostumbrarse a todo. No se debe omitir un importante hecho. A Cástulo ya no le interesaba imponer la risa o la desdicha, sino que naturalmente se volvió intolerante a los rostros. (Con excepción, quizás, del de su esposa, pero esto no lo sabemos; es a manera de conjetura). Así las máscaras podía expresarse a gusto del ciudadano. Por esas fechas en que la represión aflojó un poco y afloró tímidamente la libertad, las obras del padre Inocencio quedaron olvidadas: la felicidad volvía a ser de expresión pública.

A fuerza de buscar el blanco en lo negro, los de Not principiaron a encontrar beneficios en su particular modo de vida. Había quienes, por gusto o conveniencia, según sea el caso, llevaban la máscara puestas aún en sus hogares. Los adúlteros evitaban que se les pillara en sus mentiras y titubeos. Las malas caras que provocarían conflictos fueron suprimidas. Algunos se encaprichaban en seguir ocultos tras una expresión determinada para molestar a la parentela. Hay que señalar que gracias a que el rey ya no restringía las máscaras a determinados sentimientos surgió en Not toda una industria de máscaras de las más variadas emociones, incluso las más sutiles.

Ya se veía la ira y el asco contenido, la condescendencia, la resignación tierna, los gestos galantes y provocativos, el candor falso, y el fastidio conyugal, además de otras mil variantes. Se volvió costumbre que una sola persona llevara consigo su colección completa de máscaras para mudar de rostro según la voluntad o la circunstancia.

Se inauguraron negocios dedicados a la personalización de las máscaras, ya que, como es de imaginarse, más de una confusión molesta tuvo lugar. Precisamente meditando sobre el problema de la usurpación y confusión de identidades, Cástulo ensayó una medida para fiscalizar el mercado. Se le ocurrió que debía clasificarse y designarse determinado material, combinación de colores y diseño, de acuerdo a la posición social del portador. Mediante determinado modelo podía saberse de una vistazo si x persona era un obrero, carpintero, pescador, diplomático, zapatero, etc. Por lo tanto, según la personalización de cada máscara se infería si era un herrero adinerado o un diplomático de segunda. A los locos e indigentes el “Estado” proveía de las más lastimeras estampas. Durante el tiempo que esta “reforma” estuvo en vigor los rostros sin boca detenían arbitrariamente a los ciudadanos y los sometían a interrogatorios, despojándolos de sus máscaras, para corroborar que aquel hombre o aquella mujer cumplieran debidamente con la ley. Se dieron caso de atrevidos que se inmiscuyeron en reuniones de los hombres acaudalados y hubo uno que se infiltró a una cena monárquica con el fin de envenenar a Cástulo II. A este último se le ejecutó y al otro lo apalearon y dejaron morir en una celda rectangular. El disgusto hacia dicha reforma se manifestó cuando la población entera llevó máscaras de ira durante seis meses. Al final, Cástulo II optó por derogar su modificación y todos volvieron felices a sus vidas multifacéticas.

Decía anteriormente que la fabricación de máscaras llegó a su apoteosis en los negocios de personalización. Aquellos con los medios suficientes no sólo lucían las emociones más raras y únicas, sino que fue tendencia que se fabricaran máscaras tan parecidas a sus portadores que apenas y había diferencia… Otros, sobre todo, otras, preferían rostros más bellos que los propios, corrigiendo los defectos naturales y complaciendo los gustos personales. De hecho este fenómeno provocó el verdadero nacimiento y rápido auge de la artesanía en Not, cuya calidad, ¡Palabra! No se discute actualmente. Aunque eso de llamarle artesanía únicamente es verosímil viniendo de boca de extranjeros ya que los de Not no pueden concebir las máscaras como ornamento. A pesar de todas las libertades que ofrecía el mercado había ciertos modelos irrepetibles, y al osado que los fabricara le esperaba una segura cuerda al cuello: la máscara del rey, la reina, el padre y los modelos característicos de las fuerzas armadas eran únicos.

Cástulo II murió de un paro respiratorio después de 25 años de régimen. Se sucedió el poder a Máximo, su hermano, y se destronó a la reina, quien volvió trastornadas sus costumbres a su tierra natal. Con Máximo en la “corona” las cosas volvieran a la normalidad, virtualmente. Harto más sensato y comprensivo que su hermano, el primer acto de Máximo como monarca fue liberar a Not de la imposición de las máscaras y lo hizo sonriendo con su varonil rostro expuesto al público que lo abucheó. No consiguió que los ciudadanos se despojaran de sus hábitos y tampoco los obligó. Sorprendido y algo desairado se abocó a otros proyectos de beneficio público, como lo fue la construcción de la primera escuela. Máximo intento devolver a los de Not algo que ya les parecía inútil y molesto. Además el pueblo enmascarado se envanecía y alardeaba de poseer el temperamento más templado de toda la tierra, así como de ser los más honestos y trasparentes. Creían estar liberados de algún peso que el rostro y sus expresiones naturales les fatigaba sin darse cuenta día a día. Sean cuales fueran sus motivos, en Not se convencieron de que mantendrían intactas sus insólitas costumbres.

En cuanto a la persona que narra estos desapercibidos sucesos: yo escapé de Not (eso creo) ya de viejo y vine a Italia, donde me enteré de un tal Calígula, cuyas atrocidades y caprichos estériles no se comparan con la finalidad, acaso inconsciente, de las locuras perpetuadas por Cástulo II. A fuerzas de entonar llevo mi desagradable rostro expuesto, temiendo insultar a mi prójimo. Escribo esto con rara nostalgia la tercera noche del carnaval en Venecia. Bebo en la taberna de Bucarelli y todas las máscaras me señalan; más de una me ha lanzado una maldición mezclada con harina y agua a causa de mi inapropiado atuendo de civil en día cualquiera. No podrían entender su soledad, mucho menos la mía. En los años de llevar una vida de forma ordinaria concluyo que aun descubierto me palpo una cara postiza y cambiante. Todos a mi alrededor, cuando terminen los festejos, mantendrán la máscara aún después de quitársela. En todas partes se está en Not.



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