Durante las navidades del 2015, una mexicana, nieta, hija, esposa, hermana y madre de mexicanos, tuvo a bien mostrarme un cuenco de porcelana metalizada en el que había preparado un acompañamiento del menú que ese día iba yo a degustar como invitada de su familia sonorense. Pensar con rapidez no siempre supone una ventaja, no son pocas las ocasiones en que una mente veloz causa sorpresas.

- Vamos a ver si sabes qué es esto-dijo mi anfitriona mexicana a la vez que colocaba frente a mis ojos una escudilla con trozos finamente picados de pimiento verde, tomate y cebolla.

- ¡Es un trampó!- exclamé maravillada de que una persona que vivía tan lejos conociera una de las recetas más tradicionales de Mallorca, mi lugar de nacimiento.

- A esto-respondió ella haciendo un gesto de que la palabra trampó no le era conocida-lo llamamos ensalada nacional. Y entonces, como una ráfaga, reproduje interiormente la gran bandera mexicana que ondea en la Plaza de la Constitución del Zócalo de Ciudad de México y, casi simultáneamente, me vino la imagen de la bandera, también enorme, que hay a las afueras del aeropuerto Benito Juárez.

Son infinitas las noches que, desde niña hasta hoy, he cenado trampó conociendo desde bien temprano que sin América los europeos no tendríamos como alimentos tan nuestros y tan cotidianos los pimientos ni los tomates, esos mismos tomates con cuyas pulpas en todo el Este de España, es decir en Cataluña, Valencia y las Islas Baleares, restregamos el pan bien para comer tal cual, bien para acompañarlo de embutidos, pescados o carnes. Infinitas también son las mañanas en las que he tomado mi desayuno favorito: coca de trampó, que no es más que esa ensalada sobre un trozo de masa de trigo que se ha dorado al horno. Por años que transcurran, un trozo de coca de trampó acompañado de un batido del también americano cacao es, al entender de mi mediterráneo, isleño y español paladar, el mejor de los manjares para comenzar una nueva jornada.

Así que, aquel día navideño, yo di buena cuenta de una ensalada nacional blanca, roja y verde en una casa de Hermosillo. Y mis amigos mexicanos cataron un mallorquinísimo trampó, blanco, rojo y verde. Ojalá que la vida nos dé la ocasión de que un día me devuelvan la visita y puedan comprobar, por ellos mismos, que en un extremo de España y en un extremo de México, comemos muchas veces de manera diferente, otras de manera parecida y, en algunas ocasiones, idénticas recetas. Y que antes de empezar con el ágape, todos damos las gracias al mismo Dios con las mismas palabras. Y que eso, cualquier persona con dos dedos de frente y sin maldad en su alma, lo considera una verdadera bendición.

Hace unos días, Andrés Manuel López Obrador, presidente de los Estados Unidos Mexicanos, tuvo una ocurrencia. No es buena cosa que los políticos tengan ocurrencias. Cada vez que un político español se descuelga con una ocurrencia se me ponen los pelos de punta antes de decidir si voy a echarme a reír o a llorar. El señor presidente tuvo la ocurrencia de hacer pública una carta en la que exigía al Papa Francisco y al rey Felipe VI de España que pidieran perdón por la Conquista. Dicen las malas lenguas que en esto no hay más que un acto de amor desinteresado y de polémica interesada ya que Beatriz Gutiérrez acaba de hacer pública una tesis doctoral en la que defiende la teoría que la llegada de los españoles supuso para México un «cataclismo». No se precisa demasiada perspicacia para imaginar que, a la señora de López Obrador, que ya lleva publicados seis libros entre novelas y poemarios, no le vendría mal un poco de barullo traducido en publicidad si su tesis doctoral acaba siendo publicada por una editorial que la ponga al alcance de todos los públicos para cuyo fin nada mejor que la única editorial capaz de introducir un título en cualquier país hispanohablante y que, no es otra, que Planeta, una editorial española que, a buen seguro, haría negocio con un montón de lectores, de este y aquel continente, cuyos prejuicios rivalizan con su incultura. ¿Cómo, sino, entenderán una tesis doctoral aquellos que desconocen datos elementales que Beatriz Gutiérrez solapa con astucia? Por ejemplo, que Hernán Cortés combatió a los aztecas en Tenochtitlán con apenas 300 hombres y una coalición de casi diez mil soldados de pueblos indígenas, mayoritariamente totonacas y tlaxcaltecas, que vieron en los españoles un aliado para librarse de un imperio basado en el despotismo y la crueldad sistemática que incluía los sacrificios humanos en masa y el canibalismo.

La especie humana, de cualquier lugar y de cualquier tiempo, se parece tanto entre sí, somos tanto lo mismo y los mismos, como una ensalada nacional a un trampó. Exactamente igual. El Imperio español cometió crímenes, abusos, atrocidades. Sin duda alguna. En 1931 el gran escritor español Miguel de Unamuno, escribió en un artículo publicado por el diario El Sol una idea que ya había enunciado en algunos de sus libros: que la llamada conquista de América se realizó, por parte de la iglesia católica a cristazos. Dudo que lo que sucedió hace 500 años resultara mejor de hacerse en la actualidad. A cambio los españoles dejaron la lengua, las universidades, las catedrales, la fe autodenominada universal, los avances de su siglo en ciencias, letras y arte. Y algo que nunca ha tenido con tal grado de incidencia ningún otro imperio transcontinental: el mestizaje.

Hernán Cortés murió en 1547 en Sevilla, España. Años después, en 1566 cumpliéndose su voluntad expresada en su testamento, sus restos fueron enviados a México. Tras varios traslados de los mismos, siempre con temor al vandalismo y a la profanación, en 1794 la urna de Cortés fue finalmente trasladada al Hospital de Jesús El Nazareno donde el mismo Cortés dijo querer ser enterrado. Los custodios de sus restos, casi todos mexicanos, mintieron a la sociedad de la época asegurando que los habían reenviado a Italia pero, en 1823 se redactaron unas actas dando fe de la auténtica ubicación. No fue hasta 1946 cuando Indalecio Prieto, el entonces presidente del PSOE y exiliado en México conoció esas actas olvidadas en la embajada de España, organizó la búsqueda de la pequeña urna y, una vez encontrada, solicitó la cooperación del Instituto Nacional de Antropología e Historia cuyos expertos determinaron que, efectivamente, esos huesos eran los de Hernán Cortés. A continuación se encargó una placa de bronce muy simple ya que en ella sólo se grabó el nombre del difunto, el escudo de su apellido y las fechas de su nacimiento y muerte. Son pocos los mexicanos que conocen esta ubicación y que pasan a ver la lámina metálica y a reflexionar, con conocimiento y sin odio, sobre la grandeza de la identidad mexicana.

El último presidente de la república española que habitó en el entonces llamado Palacio Nacional de Madrid en ejercicio de su cargo, fue Manuel Azaña. Azaña murió en Francia en 1940, poco después de la Guerra Civil, y allí fue enterrado. Ninguna autoridad acudió a visitar su tumba hasta el pasado mes de febrero en que lo hizo el presidente Pedro Sánchez. Y hay una cosa que ninguna televisión dijo sobre esa visita, por esa misma razón que los humanos nos parecemos tanto entre nosotros como una ensalada nacional a un trampó: el féretro de Azaña, presidente de la República Española y a punto de ser sepultado en tierra francesa, bajó a su sepulcro cubierto por una bandera mexicana, toda blanca, toda verde, toda roja. Porque fueron los republicanos mexicanos que tanto facilitaron el exilio a los republicanos españoles después de 1939 quienes pagaron las exequias de aquel altísimo cargo caído en desgracia tras la victoria del fascismo. Después de la muerte de Azaña, ese mismo año de 1940, Dolores Rivas Cherif, la viuda de Azaña se trasladó a vivir a México donde murió en 1993 recibiendo sepultura en el Panteón Español. Pero antes de su fallecimiento, el 21 de noviembre de 1978, Dolores Rivas, que entonces tenía 84 años de edad se abrazó al entonces rey de España, Juan Carlos I y entre lágrimas le dijo: «Cuánto le hubiera gustado a don Manuel Azaña vivir este día, porque él quería la reconciliación de todos los españoles».

Después de enterrar definitivamente los restos de Hernán Cortés en un hueco que no ocupa más que la extensión de dos ladrillos, Indalecio Prieto escribió: «México es el único país de América donde no ha muerto el rencor originado por la conquista y la dominación. Matémoslo, sepultémoslo ahora aprovechando esta magnífica coyuntura».

Que así sea.


Notas Relacionadas

Comentarios sobre esta nota

  1. Gabriel Vives 2019-04-01

    Extraordinario. Por fin algo elegante y erudito sobre este asunto.

  2. Alicia 2019-04-03

    Amenísimo. Muy recomendable.

  3. Eduardo Pedrera 2019-04-08

    Muy bien explicado. Se lee facil y se entiende. Felicitaciones.

  4. Gerardo P.R. 2019-04-09

    Muy buena manera de mandar a callar a los grillos.

  5. Ezequiel Lara 2019-04-18

    Fue una recomendación de una buena amiga. Y a fe que ha cumplido. Felicitaciones.

Comenta esta nota