El lenguaje es uno de los mayores inventos del ser humano. El paso de los siglos ha dado lugar a miles de idiomas (la estimación es de aproximadamente 7.000 lenguas distintas) capaces de explicar el mundo que nos rodea desde la particular visión de cada pueblo. Pero aunque hay palabras y términos que definen con precisión milimétrica el significado que se les atribuye, otras se han visto influenciadas con concepciones particulares que acaban por hacer que valores subjetivos o erróneos se asimilen como verdaderos. Un ejemplo de esta situación lo encontramos en el origen etimológico de la palabra ‘mujer’.

Lo primero que hay que señalar, para entender correctamente el caso que nos ocupa, es que este término cuenta con un origen epistemológico popular. Esto quiere decir que no se conoce realmente la procedencia de la palabra ni se han podido encontrar sus raíces indoeuropeas (de la que proceden la mayoría de los idiomas de Europa y Asia y sus derivados) hasta el griego o el latín. Para explicar su origen, se suele recurrir a las semejanzas fonéticas (sonidos similares) o semánticas (se asocia a un grupo de palabras cuyo significado es considerado próximo), pero esto puede provocar que la explicación obtenida se vea fuertemente influenciada por creencias populares que acaban por distorsionar el término.

En el caso de ‘mujer’, esta palabra se asocia con el término latino ‘mulier’ y este se relaciona en algunos textos con el adjetivo ‘mollis’, que significa “blando o aguado” y cuya raíz encontramos en otras palabras como ‘mullido’ y ‘molusco’. Esta explicación se basa y perpetúa la concepción de las mujeres como el “sexo débil” frente a la fortaleza de los hombres.

Desde la antigüedad y en la mayoría de las sociedades (salvo contadas excepciones), la mujer era recluida a un segundo plano y su total existencia se supeditaba a los deseos del padre, los hermanos o el marido. Ya en tiempos del Imperio romano existían ese tipo de prejuicios contra el género femenino y estos solo se vieron reforzados debido, en gran parte, a la expansión y cada vez mayor influencia de la religión católica.

Durante la Edad Media, la Iglesia decidió convertir a la figura femenina en responsable de los pecados y las desgracias que sucedían en el mundo a través de la figura de Eva, quien había sucumbido a la tentación del diablo y había mordido la manzana del árbol del conocimiento. Así, el origen etimológico del término ‘femenina’ o ‘fémina’ fue malinterpretado premeditadamente para que su significado se acercara más a “menos fe” que a “fecundidad” o “feliz”, de los que más tarde se reconoció su relación directa.

Al igual que fue la concepción de los pueblso antiguos la que asoció el término ‘mujer’ con “debilidad”, el paso del tiempo y el avance de la sociedad ha dado como resultado que ese significado erróneo ya esté totalmente alejado de su origen.


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