La nueva película de Alonso Ruizpalacios fue estrenada de manera global en el Festival Internacional de Cine de Berlín este 2018 con un recibimiento positivo de la crítica y ganando el Oso de plata por el mejor guión.

Ruizpalacios nos da Museo (2018) después de su multipremiada Güeros (2014), la cual le dio galardones en San Sebastián, Morelia y Berlín entre otros.
De la mano de Gael García y Leonardo Ortizgris, el largometraje nos transporta a una de las piedras en el zapato más incómodas para las autoridades mexicanas, motivo de vergüenza nacional: el robo en 1985 —pocos meses después del gran sismo de septiembre— al Museo Nacional de Antropología e Historia.
La primera secuencia es alucinante; los video originales de la transportación del monolito del dios Tláloc desde Coatlinchán (EDOMEX) hasta el Bosque de Chapultepec en 1964. Desde los primeros momentos sabemos que nuestro narrador será Wilson (Ortizgris), siempre trayendo consigo reflexiones acerca del robar, el remordimiento y las consecuencias de estas dos acciones juntas.
A pesar de no ser una cinta apegada al pie de la letra al suceso, el director muestra una película de personajes, no de historia (narrativa tradicional); Juan (García) y Wilson son dos amigos de la infancia graduados de veterinaria que no están haciendo nada de sus vidas, de ahí nace la idea de robar el museo para poder financiar un nuevo comienzo; por un lado, Juan es un apasionado de la historia mexicana, idolatra a las culturas prehispánicas, desde Cuauhtémoc hasta Juan Matus (Las enseñanzas de Don Juan, Casteneda). Por el otro, Wilson parece tener una especie de discapacidad mental, la cual lo hace ser el patiño de su compañero de vida.
El largometraje se encuentra lleno de situaciones oníricas, las cuales nos transportan más a un viaje introspectivo que a una trama. Bien por Ruizpalacios, pero así como nos encontramos entre sueños que nos dan hilo para reflexionar varias horas, también nos perdemos en momentos como el encuentro con una bailarina exótica argentina (¿princesa?) y una pelea en un bar con golpes al estilo del santo, el reencuentro en La quebrada (sin spoilers) o el retén militar en el cual el realizador utiliza los mismos recursos que en proyectos pasados; la metaficción.
Los últimos minutos de la película se vuelven predecibles en el aspecto de un retorno a la narrativa tradicional a modo de cierre; dos ladrones que regresan, como fetichistas recayendo, al lugar donde robaron para que Juan, el más enigmático de los dos, sea capturado (a petición abierta de él mismo).


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