Este fin de semana la indefensa estatua del poeta Abigael Bohóquez fue víctima del vandalismo local. Ésta es la cuarta ocasión en que el monumento sufre algún tipo de atentado desde su develación en marzo del 2017 entre las calles No Relección y Obregón. Su traje de bronce fue pintado, sin arte, de color blanco por un número desconocido de personas, que utilizaron pintura de aceite. Las veces anteriores, al pobre Abigael le despojaron de sus lentes ¡y hasta la pluma y el cuaderno le robaron! (golpe bajo para un escritor). Inútil querer lucrar con estas piezas ya que el material de la escultura, obra de un artista de Guaymas, es de una aleación de bronce con resinas. Inmediatamente personal del ayuntamiento se encargó del asunto y en menos tiempo del que lleva declamar el “Primero sueño” de Sor Juana, quedó limpio el bronce de Abigael.

La opinión popular reacciona con comentarios tan vacíos como habituales: “es una lástima” (dijo un conductor de televisión, quien pensaba que Abigael Bohórquez era una escritora); “¡Qué barbaridad! Ya no respetan nada” y más comentarios como estos. Sin embargo, para los susceptibles paladines de las letras y la cultura esta broma puede ofender y provocar el natural despotrico contra una masa anónima que encarna la falta de educación y consciencia predominante: “seguramente la ignorancia tiraba los hilos de esos vándalos que no respetan la memoria de los ilustres sonorenses que han marcado la historia nacional, blah, blah, blah”.

Todo acto de esta suerte es subversivo y su fin es la transgresión en sí misma. Es una broma, una vil travesura pueril. En el fondo, ciertamente luce la incivilidad de la ciudadanía puesto que se incurre como infracción el daño a obra pública; en el sentido legal no hace ninguna diferencia que el monumento dañado fuera el de Juan Navarrete, Leona Vicario, Álvaro Obregón, Victoriano Huerta, etc. La diferencia está en el daño simbólico y ese valor es subjetivo; por ello, duele que el resentimiento sea exclusivo de un reducido grupo de personas y no un sentir general.

Abigael Bohóquez nació en Caborca en 1936 y murió aquí en la capital de Sonora en 1995. Consagró su vida a las letras y al teatro siendo uno de los pocos escritores sonorenses que alcanzó renombre nacional. En cuanto a calidad literaria, Bohórquez es de talla internacional, y si no alcanzó a tener ese boom se debió a cuestiones económicas y editoriales. (Yo no dude en presumir y mostrar a Bohórquez al Sr. Alejandro Finzi, famoso escritor argentino, cuando me preguntó por la poesía que se ha fraguado en Sonora).

Destaca de su obra el mundo homoerótico y su estética; así como su estilo original en el que conviven expresiones propias de las vanguardias, sin colapsar por el juego de las formas y la experimentación. Bohórquez, a pesar de su humor, fue autor de obras serias y críticas, marcadas por un fuerte sentimentalismo.


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