Y retiemble en sus centros la tierra…

La corona de espinas que desde hace 33 años se incrustó en el corazón de nuestro México,

permanece bien ajustadita y, desde hace un año, cuando recibió su “manita de muerte”,

sangra; excreta ignominia y pestilencia.

Con qué facilidad digo yo, olvidamos; con qué facilidad arrumbamos el súper poder de la solidaridad; la capa de la empatía.

Con qué facilidad seguimos nuestras vidas, como si nada hubiera pasado como si nadie siguiera sufriendo.

Con qué facilidad nos convertimos en ciegos, sordos, mudos…

Se cumplen 33 años y uno de hedor y muerte; se cumplen 33 años y uno, de pérdidas irreparables: del padre, del hijo, del niño, la esposa, la abuela, la madre, todos muertos, aplastados por los escombros de cientos de edificios caídos, no todos, por cierto, por la fuerza implacable de los terremotos sino por la criminal ambición de unos cuantos.

Lo que no cayó el 19, lo hizo el 20, del 85, el siglo pasado; y otro tanto se vino abajo el 7 y el 19 del año pasado.

Polvo, ceniza, muerte.

Se cumplen 33 años y uno de monumentales tragedias; 33 y uno de historias de horror; 33 y uno de histeria colectiva repetida.

Dice el poeta José Emilio Pacheco que la tierra desconoce la piedad; que es muda y que por ella habla el desastre; que es sorda porque nunca escucha los gritos; y que es ciega porque no observa a la muerte.

Hoy, yo les pido que miren, que no, no volteen para otro lado; que escuchen; que presten atención, que no se callen. Sépanlo, viralícenlo, a 33 años y a uno de distancia, siguen familias enteras viviendo en la indigencia y de la caridad, sin claridad alguna.

Hasta diciembre del año pasado aún permanecían en la calle víctimas sin hogar del sismo del 85 a las que se sumaron las del 2017. Y ahí siguen.

El 6 de septiembre del año pasado, apenas un día antes del terremoto, 250 de esos miles de familias que lo perdieron todo hace tres décadas, recibieron las casas que les habían prometido desde el 85.

¿No me creen?, ¡pregúntenle a papá Google!

¿Se imaginan? Tardaron 33 años en dejar el albergue, el campamento conocido como el corredor trece allá en la delegación Gustavo A. Madero de la Ciudad de México. Quedaron en activo tres más, más los que se instalaron luego del sismo del 2017.

33 largos años, 396 meses, 11,880 días, con sus respectivas noches, horas, minutos y segundos…

vivieron hacinados, olvidados, marginados: los niños se hicieron grandes; los grandes se hicieron viejos y los viejos murieron mirando la muerte desde el 19 de septiembre de 1985. Y los del 2017 siguen ahí.

Con qué facilidad digo yo, con qué facilidad los gobiernos de la Ciudad de México los ocultaron, los callaron…, los intentan olvidar y callar. Y con qué facilidad todos los mexicanos que logramos sobreponernos, los ignoramos.

deuda histórica que ya no será saldada. Deuda que aún estamos a tiempo de solventar, con los del Istmo, con los afectados del 2017.

La naturaleza se encarga de recordarnos lo frágiles que somos y los corruptos salen a flote, como cucarachas o ratas en inundación, huyen. Las casualidades existen y son fatídicas.

El 7 de septiembre del 2017, las placas tectónicas del sureste mexicano deciden acomodarse y regalarnos un terremoto nocturno. La ciudad y el país entero se sacuden como hacía 32 años no lo hacían.

El Istmo queda severamente dañado; de inmediato brota como plaga la solidaridad y aunque pueblos enteros quedaron devastados, las ciudades aguantaron.

La mañana del 8, te reporto Soledad, que México está de pie. Pocos daños. Y me pavoneo igual que todos mis colegas, te afirmo, salerosa, “que los sismos del 85 nos enseñaron qué hacer, que las construcciones fueron edificadas según el reglamento y por eso no sucumbieron…”; todos echamos campanas al vuelo, bla-bla-bla¨… la cultura sísmica había triunfado…

¡Ja, ja, ja!

12 días después, la tierra se encarga de quitarnos las máscaras, de abrirnos los ojos e inundárnoslos de agua salada. De su centro nos escupió, otra vez, ceniza, polvo y muerte, como bien lo escribió el poeta Pacheco.

Aquella mañana del 20 de hace un año, seguro lo recuerdas Soledad, me cito a mí misma, abrí mi texto así:

“¡Puta madre, se sintió de la chingada!”

“Que los puristas del lenguaje me indiquen cuáles son las palabras correctas para describir tan nítidamente lo que ayer millones de mexicanos sentimos y, prometo usarlas. Lo juro solemnemente, mientras tanto así describo el averno citadino de ayer.”

Y continué, “a mí me valen las cifras, me basta saber que hay muertos. Madres desoladas, padres abatidos, hijos huérfanos, esposos de luto, niños, niños muertos. Caos. Luto. Llanto”.

¡No se vale!

Una vez más septiembre viste de negro el corazón de México.

Otra vez, en un 19 de septiembre; increíble no es.

Y me desdije de mis dichos de doce días antes. Parece que lo que aprendimos del 85, lo desaprendimos ayer mismo, te aseguré. Hubo histeria. Hubo derrumbes. Falló la alerta sísmica. Falló la luz, falló la telefonía. Hay muertos. Todos, víctimas de los desplomes. Estructuras que no debieron caer, pero se derrumbaron y coartaron de tajo sueños, futuros, vidas.

Relaté la solidaridad de mi pueblo que de inmediato se arremangó y puso manos a la obra; miles de manos llenas de esperanza que comenzaron a excavar en busca de sobrevivientes.

Hoy, de nueva cuenta, te dije, los jóvenes dan cátedra de valentía y empatía con las víctimas.

Recuerdo mi impotencia al reportear.

“Mientras yo estoy aquí intentando hacer un ejercicio periodístico, te aseguré, miles de jóvenes, entre ellos mis hijos, mis sobrinos y los amigos de mis hijos y los amigos de los amigos de mis hijos están como voluntarios en las calles de esta ciudad de México que, otra vez, parece zona minada. De nuevo, a ras de tierra hedor a muerte, desolación; caras llenas de angustia, piedras encimadas por miles sobre los cuerpos de hijos, padres, madres, esposas, esposos, hermanos que repito y grito no deberían estar muertos, pero lo están.” TODO HUELE A CORRUPCIÓN.

Septiembre del 85 jamás será suficientemente recordado, el 19´S, tampoco. No basta un simulacro porque a flor de piel sentimos todavía cada suspiro exhalado aquellos días. La tierra ruge, el infierno está en sus entrañas, entrañas que vomitan destrucción.

Cierto es que los temblores son así, impredecibles; 33 y un años después, todo igual. Caos, locura, incredulidad. Luto. Llanto.

Me doy cuenta de que, de nada, absolutamente de nada sirve saber qué hacer cuando la estructura que nos cobija está desvencijada, dañada; cuando es un cascarón revestido de inmundicia y criminalidad por inmobiliarias y funcionarios; cuando la alerta sísmica no alerta o no se oye; o cuándo los simulacros sólo simulan. Y todos nos hacemos locos.

Lo que son las cosas, ahora si me importan las cifras porque hablan de corrupción. Son criminales, así con todas sus letras, son asesinos todos esos directores responsables de obra (DRO) y todos esos mal llamados corresponsables de seguridad estructura (CSE)l, funcionarios y empresarios de la construcción que por unos cuantos pesos porque son pocos, aunque sean miles, que firmaron sentencias de muerte.

Hoy sabemos gracias a la investigación de Mexicanos Contra la Corrupción que siete de cada diez edificios no cumplieron con la normatividad.

Sí, los sismos mueven la tierra, la abren, pero los delincuentes de cuello blanco y funcionarios gubernamentales, los corruptos, ponen a los muertos.

Fue su negligencia, su vista gorda, la que asesinó a cientos, la que mató las ilusiones de esos mexicanos que hoy a un año siguen viviendo en albergues como el de Tlalpan ante la incapacidad de las autoridades de resolver, de actuar. El fondo de reconstrucción no ha sido utilizado a cabalidad, igualito que en el 85 las familias siguen en la calle, en campamentos, olvidadas, ninguneadas.

Y el dinero, ¿dónde está? Igualito que los mercaderes del Templo deben ser expulsados, atrapados, sentenciados.

Y luego, todavía nos atrevemos a burlarnos del Peje, perdón del Presidente Electo, que una y otra vez, como disco rayado o viejito con Alzheimer, repite sin cesar que el problema de México es la corrupción.

Yo, hoy veo y miro mejor; oigo y escucho más claro; no me callo y me niego a olvidar a los damnificados del 85 y del 2017; a los de este siglo y a los del pasado. Exijo para ellos ya no solidaridad sino justicia, visibilidad y, sobre todo, dignidad.

Ayer fueron ellos, mañana quien sabe…

La Ciudad de México está montada sobre frágiles tabiques, sobre un lago que hoy es pantano y que emana olor a mierda. El país todo es zona sísmica y tierra de nadie, qué digo, está inundado de corrupción e impunidad. Dejemos el pudor y llamemos a las cosas por su nombre.

¿Los sismos matan? Indudablemente, pero la corrupción es criminal; asesina con todas las agravantes. Incluyendo la de “Monchito y Frida Sofía”. La imagen infantil explotada, manipulada. Distractores para el corazón. Incredulidad para la razón.

Termino con el poema de Villoro: El puño en alto. Lo edito.

Eres del lugar donde recoges la basura…

…Donde dos rayos caen en el mismo sitio…

…Donde la tierra se abre y la gente se junta…

…Llovió sobre mojado,

después de las fiestas patrias,

más cercanas al jolgorio

Que a la grandeza…

Los que levantaron el puño para escuchar un murmullo,

los que no dejan de escuchar.


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