La semana pasada hablamos del gran director Rubén Gámez y su gran aportación al cine nacional. Al arte nacional.

Por ahí también mencionamos a otro gigante de México, pero en el terreno de la literatura: Juan Rulfo. Muy poco trabajo publicado, una producción sumamente modesta que, sin embargo, revolucionó la literatura en América Latina. Es increíble pensar cómo una sola persona, con una novela publicada, logró transformar paradigmas. Su influencia ha trascendido las letras; se han buscado hacer adaptaciones de sus cuentos y de Pedro Páramo (su obra maestra) en el cine, pero siempre quedando cortas ante una novela tan compleja.

En 1964 se hizo un largometraje basado en una novela corta (la cual Rulfo siempre calificó de cuento) del literato titulada El gallo de oro, la cual contó con un guión escrito por Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Roberto Gavaldón, quien sería el director de dicha producción. Protagonizada por Ignacio López Tarso y Lucha Villa. Una película que pasó, realmente, sin pena ni gloria por las salas mexicanas.

Tuvieron que pasar algunos años, 26 para ser exactos, cuando llegó un cineasta ya consolidado en la industria nacional e internacional como un director independiente que le brindaba a México nuevas alternativas de producción cinematográfica: Arturo Ripstein.

Cuando llegó a sus manos este proyecto, ya contaba con grandes entregas como El castillo de la pureza (1972), La viuda negra (1977) y Cadena perpetua (1978). Ripstein, quien fue alumno de Luis Buñuel, se sentía identificado con la búsqueda de nuevas narrativas, por eso cuando tuvo la oportunidad de volver a adaptar El gallo de oro, los astros se alinearon para crear El imperio de la fortuna (1987), largometraje protagonizado por Ernesto Gómez Cruz y Blanca Guerra.

Una cinta que logró por fin, plasmar en la pantalla grande, un poco del mundo rulfiano que nunca había podido ser captado por la cámara de cine. Un largometraje de 130 minutos el cual explora la decadencia de sus personajes, abandonados completamente al destino más agridulce y banal: la suerte.

El campo fue el escenario de la película; muy pocas escenas fueron grabadas en set, lo que vemos a lo largo de la historia son terrenos baldíos, peleas de gallos en los centros de los pueblos, pequeñas parroquias, construcciones inacabadas.

Por medio del cine, Ripstein logró reflejar lo que Rulfo consolidó en la literatura a modo de preámbulo para el realismo mágico: la esencia decadente del pueblo mexicano en una transición que nunca terminó de asentarse. El giro que da la vida de Dionisio, personaje principal, es uno que termina donde empezó, o tal vez peor. Un juego de poder entre su mentor a quien después despojará de todos sus bienes para finalmente, toparse con la misma fortuna sinsabor.

El cine mexicano, en años tan malos como los fueron los 80, bajó su ritmo cardiaco, casi al punto de desvanecerse, pero fueron personas como Arturo Ripstein y Rosen, quienes lo mantuvieron vivo, a la espera de un resurgimiento.

mautepe@gmail.com

Twitter: @mau_utp


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