La literatura no es celosa ni tímida y nos ha tocado a todos. Parto de una triste máxima que reza: “son clásicos aquellos libros que todos conocen pero nadie lee”. Efectivamente, aunque de forma vaga todos saben del Quijote y Dulcinea del Toboso, D’Artagnan y los mosqueteros, Drácula, Otelo y el insoportable Yago, Dorian Grey, Quasimodo, Raskolnikov, Sherlock Holmes, Don Juan, el hombre de arena, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Hércules, Aquiles, el Minotauro y la Esfinge (vencida por Edipo); todos han sorteado alguna odisea sin saber de Odiseo ni de Homero. Así la lista podría seguir y seguir por mil y una noches, a lo Scherezada.

Las menciones anteriores no son ni la punta del iceberg literario; ahora imaginen las reproducciones y derivados de aquellas obras, de sus relatos, ideas y personajes, que son consumidas por la sociedad actual sin saber los referentes. Aún sin hojear siquiera un libro, casi por ósmosis, llevamos algo de la crema innata de las letras por el simple hecho de vivir en la globalización.

Insistiré; nuestra imaginación está plagada de arquetipos, símbolos, ideas, emblemas y representaciones cuyo origen ignoramos pero proviene de la tradición literaria que labró monstruos, dioses, héroes, verdugos y victimarios, objetos fantásticos, reinos, mundos y universos. En fin, los libros guardan el espíritu humano y sus problemas intrínsecos encarnados en personajes e historias que vienen como espejos maravillosos para que podamos asomarnos hasta en los más íntimos recovecos.

Mencionaré un poco del legado de la literatura a la sociedad, iniciando por detalles que son más bien curiosidades, hasta casos de aportaciones concretas.

Resulta anecdótico el origen del nombre Vanessa, anagrama ideado por Jonathan Swift para dirigir sutilmente una diatriba. También palabras del vocabulario cotidiano cuya etimología nos remonta en el tiempo y remite a nombres e historias disimiles: academia (Platón), liceo (Aristóteles), quijotesco (Cervantes), bovarismo (por Flaubert), Don Juan (el de Tirso de Molina, Byron y Zorrilla), pícaro (de la tradición del siglo de oro español), Adonis, Narciso, sádico (por el Marqués de Sades), apología (Apolo), mentor (personaje de Los viajes de Telémaco), cínico y estoico (dos corrientes filosóficas), hermético (de Hermes), etc.

Los recursos narrativos y audiovisuales como la proyección de imágenes de la naturaleza para representar estados anímicos son herencia del romanticismo ¿quién no ha visto una escena trágica o triste coronada con una lluvia intensa y el cielo gris? La ira del volcán en erupción, el estruendo y el miedo en la tormenta, son escenas en las que los románticos hicieron hincapié como símbolos. Esta aportación rompió con el paradigma del neoclásico y desde entonces se incrustó en la psique del mundo occidental.

El imaginario del terror, bestiarios y folclor fantástico: aparecidos, fantasmas, duendes, brujas, demonios, gigantes, vampiros, princesas en peligro, príncipes y reyes heroicos, monstruos y criaturas de todas las suertes, pertenecen a las antiguas tradiciones orales de Europa, posteriormente compiladas y reformuladas por autores como Anderson, Perrault y los hermanos Grimm. (Disney hizo versiones infantiles de los relatos de estos autores, para sus películas).

En cuanto a las aportaciones concretas de la literatura a la historia humana, podría mencionarse el trabajo monumental de Diderot y L´Ambert. En el afán de la ilustración francesa por educar y diseminar el conocimiento estos autores elaboraron, en 17 volúmenes la primera enciclopedia.

En el campo de la didáctica, la forma de reflexionar y enseñar a que el alumno dé con la verdad mediante el diálogo, viene de Sócrates. A esta dinámica se le conoce como mayéutica y quedó bien registrada en los diálogos de Platón. Es más, Francois Chatelet en La historia de la razón atribuye a Sócrates ¡la invención del concepto! (Tal exceso es discutible).

En fin, no se trata de mencionar nombres, fechas y obras, la intención es dejar en claro que la literatura la tenemos hasta en la médula y entró sin permiso desde hace miles de años, desde que la humanidad se abrió mediante el relato de historias. Así nos tocó a nosotros, y más que nada a nosotros, seres del siglo XXI, vinimos y ya estaba aquí, sólo hace falta abrir más los ojos y abrazar las letras y entender mejor lo que nos rodea y a nosotros mismos.


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