Más que incitar o promover la lectura por motivo del día internacional del libro, me gustaría invitarlos a concebir al libro en su plenitud, como un objeto de orden fantástico. Por hábito restringimos el concepto al conjunto organizado de textos, páginas, letras y tinta, pero ese objeto es apenas una de las numerosas formas que puede adoptar. El libro de papel que sostenemos cómodamente en las manos o que leemos en su forma virtual son modalidades exclusivas de la modernidad.

Aún persisten vestigios milenarios que son grandes libros: templos, pirámides, hojas de espadas, abanicos orientales de mano, huesos tallados, y demás objetos varios, que fungen de páginas escritas cuyos símbolos cifran historias y las salvan del olvido.

El libro en abstracto, es un medio capaz de eternizar información en un mensaje mediante el lenguaje escrito. Ya lo habían previsto Paul Vallery, Jorge Luis Borges y su Pierre Menard, el libro, sobre todo en literatura, es infinito. Por esto, el exacto número caracteres de una gran obra literaria suscita teóricamente un ilimitado número interpretaciones.

No todo es sublime, el origen de la escritura y los libros es meramente práctico; de hecho, las tablillas de barro más antiguas delatan que las necesidades económicas motivaron la invención de la escritura para preservar información pecuniaria. Aquel conjunto de tablillas son el libro arcaico que marcó el fin de la era prehistórica, pues lo que llamamos historia no existiera sin la escritura.

Más allá de estos detalles, el libro en la literatura es una ventana a diferentes visiones de mundo que permiten enriquecernos y nutrirnos de nuestra experiencia humana. El conocimiento y la cultura se construyen, se acumulan y se trasmiten de generación en generación. Sin libros no hubiera sido posible detonar la expansión de saberes, pues la palabra hablada evanesce mientras que los signos perduran en el texto.

Las páginas que agonizan en las bibliotecas, las tablillas de barro, las cosmogonías que narran las piedras y sus glifos, las leyes físicas que describen al universo, el corazón de la humanidad que guarda la poesía, estas líneas que escribo y nadie lee, en fin, todo texto sin excepción es un acto comunicativo, yerto a la espera de que el lector lo vuelva a la vida en un diálogo silencioso.

No puedo finalizar sino con la sagaz reflexión de Borges: “A diferencia del resto de los objetos fabricados por la humanidad, los libros son extensiones materiales de la memoria y la imaginación”; agregaría yo, del intelecto.


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