La declaración de Donald Trump sobre la militarización de la frontera entre EE.UU. y México resulta alarmante pues conlleva una serie de consecuencias que agravian a la población de migrantes latinoamericanos.


Amnistía Internacional (AI) advierte el gran peligro que correrían los migrantes que intentan cruzar la frontera, incluso prevé que podría costar la vida de muchas persona.


Al respecto, el Presidente de México, Enrique Peña Nieto, señaló que primeramente el gobierno estadounidense deberá esclarecer en qué términos se planea militarizar la frontera de más de 3 mil kilómetros.


En caso de concretarse la amenaza del Presidente Trump sin las debidas aclaraciones, supondría una acción inconstitucional; se violarían derechos humanos, y como bien señaló, la directora de AI, Erika Guevara-Rosas, se infringirían las propias leyes de los Estados Unidos.


Por su parte, hoy informó la Secretaría de Relaciones Exteriores que las tropas estadounidenses se desplegarán sin portar armas; esto luego de que se reunieran a dialogar Kirstjen Nielsen, Titular de Seguridad Interna de EE.UU. y el Canciller, Luis Videgaray Caso. De acuerdo al comunicado de Nielsen, esta medida de seguridad será definida por el Pentágono, que deberá presentar el plan de acción, a más tardar, en 30 días.


Toda esta controversia se desató a partir de una nimiedad: el viacrucis de los migrantes que se dirigía al norte fronterizo de México. ¿Qué movería verdaderamente al Presidente de los EE.UU. a reaccionar de semejante forma? Trump alega que es una cuestión de legalidad y seguridad para proteger su nación. Sin embargo, a juzgar por la desmesura y agresividad de su amenaza, pareciera disimular razones más oscuras, que la seguridad nacional.


Seamos sinceros, lo que hizo Trump fue una declaración de odio, de aversión a los migrantes latinos. La historia de EE.UU. registra numerosas masacres movidas por odio. Primero, como es natural, exterminaron a los aborígenes. Después volcaron su desprecio sobre los afroamericanos. Una vez liberados estos, persistió el racismo como se observó con los Kukuxklan. Cuentan que Bill MCcarty, el pistolero conocido como Billy the Kid en Arizona (1870), marcaba en su revólver cada muerte que causaba. Su pistola registró más de una docena de muertes, “sin contar mexicanos”, decía. Se podría prolongar y detallar el resumen con abundantes ejemplos de las atrocidades del racismo. No obstante es suficiente con esto. Es fácil tratar de negarlo pero Estados Unidos padece un racismo del que, aparentemente no desea curarse.


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