En muchísimas ocasiones como consumidores nos dejamos llevar en nuestros impulsos de compra más por lo que vemos que por lo que nos informamos de tal o cual producto. Hay estudios que intentan explicar cómo quien decide comprar un perfume considera muy importante la forma o estuche en que viene presentado.

Lo mismo pasa con estigmas hacia regiones o países, o con prejuicios raciales, de edad, de género, o de cualquier especie.

En medio de un proceso electoral como el que vivimos, hay una gran parafernalia alrededor de cada cosa que unos hacen u otros dejan de hacer, pero siempre detrás existe una intencionalidad para ameritar o demeritar a tal o cual partido o candidato.

Llega un momento en que no sabemos si lo que evaluamos es una candidatura o una propuesta, es decir se desdibuja en el firmamento la verdadera naturaleza de la democracia: elegir a quien gobierne, no quien mejor actúe en una campaña.

Es el precio que la democracia tiene que pagar en estos tiempos. Un precio caro por un producto que no soluciona las necesidades que dice el anuncio que lo vende.

Esto es así en todo el mundo, no creamos que somos los únicos que padecemos este síntoma de la democracia, ni tampoco creamos que es nuevo. Ya los antiguos griegos tenían quejas de esto.

Y es que la democracia es imperfecta por naturaleza. Es humana y es siempre mejorable.

Pero lo que importa es que funcione, que sea creíble en su resultado, que conozcamos sus reglas y nos sometamos a ellas, que sepamos para que sirve, y para que no, que contiene, que nos da y que nos quita, que efectos colaterales tiene.

Este mes de marzo es un mes de intercampañas, es decir, candidatos y partidos haciendo política entre ellos, no pidiendo el voto. Y el término que al parecer no es otra cosa que una decisión del legislador para ir reduciendo los tiempos de verdadera campaña, en realidad nos da la oportunidad de que como sociedad nos preguntemos: ¿cómo queremos llenar los espacios públicos en los siguientes años?

Eso es primordial:

¿Queremos buenos estuches o buenos perfumes?

¿Queremos contenido o queremos continente?

¿Queremos que el escenario cambie? ¿O queremos que la realidad cambie?

Estos espacios en el proceso sirven para que los partidos y sus candidatos decidan si ser más continente que contenido, mas envoltorio que producto.

La política es un asunto muy serio, como para dejárselo a los mercadologos, o por lo menos no los dejemos solos. Ayudémosle al destino reflexionando unos minutos a la semana en el futuro que queremos para nuestra ciudad, nuestro estado, nuestro país, y conectemos el corazón y sus emociones con las razones que tenemos para pensar como pensamos.


Notas Relacionadas

Comentarios sobre esta nota

Comenta esta nota