Los muertos, no reviven; la corrupción tampoco se castiga: que la vida se las revire.

Olor a corrupción, sabor a tropelías, servidores públicos que usan el poder para servirse y no para servir; políticos de quinta que ejercen su solidaridad a través de medios electrónicos; líderes eclesiásticos que desde su inmisericorde y despótico púlpito fingen altruismo; redes sociales que difunden rumores, que distraen esfuerzos en un afán asesino; fake news que se vuelven virales y penden de un hilo en el que se columpia el elefante blanco… Contra ellos, todos. Todos contra ellos.

Y al final o al principio, pero constante, contrastan todos estos eufemismos con las manos fraternas, con el sudor exhausto, con las lluvias a mares de nuestros ojos, con el corazón apachurrado, pero sin tregua de la población civil que una vez más y de nuevo, un 19 de septiembre da cátedra de hermandad, de voluntad inquebrantable. Contra ellos nadie. Nadie contra ellos.

Y de pronto, por arte de magia, aparece Frida Sofía. Nombre compuesto y significativo. Portadora de la Paz. Sabia. Como anillo al dedo, digo yo.

Como Monchito, Ramón, el del 85. Valiente, protector.

Fantasmas o histerias colectivas que sin saber aparecen en medio del sin sentido, del horror, de la tragedia. En el 85 el país requería arrestos, coraje, osadía, VALENTÍA; estábamos urgidos de cobijo, auxilio, ayuda, de PROTECCIÓN. El niño invisible Monchito está ahí entre los escombros gritando sin voz y sin cuerpo: Sálvenme, sálvense.

En el 17, México entero requiere PAZ, tranquilidad, calma. El desasosiego, los estragos del terremoto, requieren SABIDURÍA, pericia e inteligencia. La niña espectro, con voz y sin rostro también está ahí, entre las ruinas de lo que fue, clamando sabiamente por paz.

Y entonces vuelven a cobrar sentido, de nueva cuenta, las letras del poeta Jose Emilio Pacheco que rezan:

“Para los que ayudaron, gratitud eterna, homenaje.

Cómo olvidar –joven desconocida, muchacho anónimo,

anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre-

que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto

a detener la muerte con la sangre

de sus manos y de sus lágrimas;

con la certeza

de que el otro soy yo, yo soy el otro,

y tu dolor, mi prójimo lejano,

es mi más hondo sufrimiento…”

Y retomo y acoto e insisto:

“…Y tu dolor, mi prójimo lejano, es mi más hondo sufrimiento…”

Porque así de cierto, así de sentido, así el sentimiento de la nación entera.

Dos veces dos, en 19 de septiembre,

Dos veces dos, la niñez cautiva

Dos veces dos, el símbolo de esperanza;

Y dos veces dos, a todo un país apabulló

En el 85 la fuente nunca se confirmó y Monchito apareció;

En el 17 los rescatistas oyeron un nombre decir y Frida Sofia debutó.

El que esté libre de culpa que tire la primera piedra.

A ella, mi colega Danielle de Ithurbide le echaron un buscapiés, y lo agarró al aire, sí señor, cómo de que no.

Su pecado, trabajar en una empresa en donde el espectáculo debe seguir.

Su error garrafal, querer ser más melodramática que reporteril. Ni modo, le falló el olfato periodístico y le ganaron las emociones, esas repletas de frustración, coraje, esperanza, desazón, ilusión, angustia… que todos sentimos.

No fue la única que cayó: como con Monchito, Frida Sofía acaparó el corazón y la pluma de más de uno.

Hay quienes dicen que se convirtió en la esperanza de todo un país, que su rescate significaba el arrebatarle a la muerte la vida de la nación. “Yo no lo sé de cierto, lo supongo”, pero Frida Sofía se convirtió en el vórtice de la no razón.

¿Por qué nadie preguntó por sus padres? Porque el vértice era, así de simple, la cerrazón.

Pero qué creen, yo hoy les confirmo y contradigo: Frida Sofia si existió, bueno no con ese nombre, no con esa edad, pero sí en cuerpo de mujer, cuerpo recuperado ayer.

Fonéticamente no suena igual. Se escribe Frida Sofia y se pronuncia Reina Dávila, 32 años, del departamento de Intendencia del Rébsamen.

Quizá fue el teléfono descompuesto, quizá alguien escuchó decir, quizá oyó mal, quizá… Monchito trasmutó.

Frida Sofía requiere un sinfín de análisis. Frida Sofía para rato. Histeria colectiva; cobertura mediática tele novelera; tótem comunal, símbolo nacional o que se yo.

Desde mi punto de vista, digno y relevante es analizar cómo influyeron las redes en este maremágnum de falsas informaciones, rumores convertidos en noticias. FB, Twitter, Instagram…sin responsabilidad alguna y con toda; así la dicotomía, así el absurdo.

La cobertura nacional e internacional de una fake news. Para Ripley, aunque usted no lo crea…

En el anverso de la moneda, la juventud, desbordada en las calles, ayudando sin saber a quién, solidarizándose con el dolor, con la necesidad.

La generación del terremoto del 85 al fin podemos sentirnos orgullosos de nuevo. La estafeta la agarraron los jóvenes y de qué manera, escribieron por ahí; deseamos de todo corazón que ya no la suelten, que se apoderen de todo y por todo con el mismo corazón con que se han entregado a su pueblo día con día desde el repetible 19 de septiembre.

En el canto de la moneda, quedan los políticos de marras que inundan las redes con fotos y palabras de reconocimiento, que trataron de subirse y colgarse de la entrega y hermandad.

No pudieron, los abuchearon.

Todos los repudiamos. Nadie, nadie los vio a su lado arremangados solidarios.

Y todos, todos los vimos, leímos y hemos estado escuchando sus marrullerías.

Hace ya 32 años, el sabio poeta Pacheco les dedico y tatuó su epitafio, que hoy más que nunca le devuelven la voz a Monchito y Frida Sofía; y la nación entera coincide: cito textual.

“Reciba en cambio el odio,

también eterno, el ladrón,

el saqueador, el impasible, el despótico,

el que se preocupó de su oro y no de su gente,

el que cobró por rescatar los cuerpos,

el que reunió fortunas de quince mil millones de escombros

donde resonarán eternamente los gritos

de quince mil millones de muertos.

Que para siempre escuche el grito de los muertos

el que se enriqueció traficando

con materiales deleznables,

permisos fraudulentos de construcción,

reparaciones bien cobradas y nunca hechas.”

Termino y concluyo.

Ni uno solo debió morir.

Monchito y Frida Sofía jamás debieron emerger.

Lucas el perico, Juana la tortuga, Frida y sus secuaces: Evil, Chichi, Eco, Newton son símbolos tangibles en un país herido lleno de surrealismo y desencanto.

Los voluntarios y rescatistas son los personajes claves, la quintaesencia de nuestra cultura. Son héroes, heroínas con alma de acero, sin capa, pero con unas alas enormes e invencibles.

Eso es México, esto es México, todo lo demás es lo de menos.


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