Hace 100 años, los mexicanos nos dispusimos a terminar un conflicto armado que dejó al país en una terrible situación. Quizá por comodidad no nos detenemos a pensar que la revolución de 1910 dejó al país sin instituciones nacionales, literalmente sin infraestructura, con la tragedia del asesinato de Madero como emblema de lo que parecía sería nuestro destino.

Tanto en México como en el extranjero, no eran muchos los que pensaban que podríamos ponernos de acuerdo. Y eran aún menos los que pensaban que los caudillos y generales de ese movimiento armado interno, de esa guerra civil, podrían alcanzar una manera ordenada de gobernar a México.

La revolución no estaba terminando con la muerte de Madero, quizá con ello estaba empezando en realidad, o si se quiere con ese evento entraba en su etapa mas crítica.

De 1910 a 1917 tuvieron que suceder muchísimas cosas, muchas muertes, muchas definiciones políticas, muchas revueltas locales, pero todo enmarcado en una guerra civil provocada por la tremenda desigualdad que vivíamos y porque el gobierno dejó de dar respuesta a lo mas elemental. No solo porque no quisiera, sino porque no podía. El aparato dejó de funcionar, y los que lo manejaban prefirieron sostenerlo mediante las reelecciones de Díaz que hacerlo evolucionar, que cambiar lo que no era útil.

Para llegar a la Constitución que cumple 100 años, se tuvo que vivir una guerra, que a su vez llegó porque la población crecía y su economía no, y el gobierno no daba respuesta a lo mas elemental.

Quienes consideran que las reformas al aparato de la gobernanza, son poco útiles, o no tienen sentido práctico, olvidan que si eso no se hace, los objetivos importantes como la salud, la educación, la infraestructura y la seguridad públicas son las que mas sufren.

El gobierno es para eso: para proveer los servicios y administrar los bienes públicos con un objetivo muy sencillo: mejorar la vida de la población. En el cómo están las diferencias ideológicas o los grados de rapidez o seguridad con que se quiera transitar.

Tenemos mas o menos resuelto lo segundo, es innegable que entre los mexicanos de este siglo hay consensos generales mínimos. Entre nosotros La propiedad privada puede convivir con la propiedad comunal, la educación laica y la libertad religiosa no tiene conflicto mayor, la salud y la educación públicas son los grandes igualadores sociales, la democracia es el único camino para instalar a los representantes de la nación.

Ahora tenemos que preguntarnos como le hacemos para atender el más serio de los problemas que nos aquejan: como hacer valer la ley.

Es decir como llegar al imperio de la ley, a una sociedad que viva convencida de que la ley se aplica, de que la justicia llega y que además llega para todos.

Para eso es para lo que debe funcionar el gobierno. Y para que funcione debe tener funciones, límites y atribuciones que por cierto ya están en la Constitución. Ahora hay que hacer que la política trabaje y sirva para instalar gobiernos que no estén amenazados por la política como parece que ha venido sucediendo en los últimos años.

Por eso es que hay que estudiar con ánimo constructivo la posibilidad que ya tiene la constitución de instalar gobiernos bajo convenio de estabilidad en el congreso, para que la política sirva y no amenace, por cierto esos convenios se conocen como: gobiernos de coalición.

Por mucho tiempo he sido un convencido de que la Constitución es la expresión más refinada de la voluntad de los mexicanos. Tomémosle la palabra. Necesitamos agilidad en la respuesta de las instituciones, para que la seguridad, la salud, a educación y la infraestructura, públicas, que demandan los mexicanos llegue pronto.

El estado de derecho requiere un gobierno que no se encuentre amenazado por la política, por el contrario, en la mejor expresión democrática, las fuerzas de la política deben convenir para que mas allá de un discurso, se comprometan a someterse todos a la ley. Y que se castigue el privilegio.

Así se construyen los acuerdos políticos que como la Constitución sirven para que haya orden, y el orden legal y democrático sirve para que la política sea útil, y no un obstáculo para el desarrollo como sucede cuando la política se convierte en la jaula en la que se encierra la ley.


Comentarios sobre esta nota

Comenta esta nota

Columnas