Toda la vida social de las personas en todas partes está sujeta a reglas. En los deportes muchas veces se corona campeón un equipo que la mayor parte del torneo nunca estuvo en primer lugar y quien si lo estuvo jamás alega la ilegitimidad del ganador.

En la prueba reina de las Olimpiadas, los 100 metros la diferencia entre la medalla de oro y la de plata, es un microsegundo y el perdedor nunca regatea ni un empate, porque esas son las reglas. Un mal perdedor dirá que por lo menos le tienen que ganar con uno o dos segundos de diferencia.

Hillary Clinton el año pasado y Al Gore en el 2000, tuvieron más votos que sus oponentes quienes se convirtieron en Presidentes y jamás argumentaron sus millones de votos de diferencia, porque simple y sencillamente esas son las reglas y aceptaron jugar bajo ellas y a ellas atenerse. Eso se conoce como "aceptabilidad de la derrota", concepto que curiosamente lo asumen mucho más los deportistas, muchos de ellos sin estudios profesionales, que los políticos mexicanos con todo y sus doctorados.

Hoy no solo vivimos bajo una ola antisistémica que todo critica y que nada le parece bien; hoy también somos testigos del embate contra las reglas del juego que en México son muy sencillas, están escritas y aprobadas por la mayoría.

En un día como hoy, gana las elecciones el candidato que tiene más votos. Si solo sale a votar la mitad del listado electoral y el 35% le da su voto a X persona y a otra el 32% es obvio que el primero tuvo más votos, pero ahora por ese irrespeto que hay a las reglas, los perdedores dicen que el triunfo es ilegítimo porque representa a muy pocas personas y el 65% no le dio su apoyo.

Pareciera un argumento cierto, pero es falso ya que en todo caso a quien quedó en segundo lugar, el 68% le dio la espalda. Es un pobre argumento que cae por su propio peso. Más fácil, a Alfredo del Mazo el 67% no le dio su apoyo pero a Delfina Gómez, casi el 70% la rechazó y por extraño proceso alquímico de discurso, ahora ella es una perdedora legítima y el otro un ganador ilegítimo.

Las máximas autoridades del INE y los magistrados del Tribunal Electoral, han sido muy claras. Van a actuar con base en pruebas documentadas. De hecho apenas hace unos minutos Ciro Muruyama retó a quienes litigan las elecciones en los medios y les dijo que a semana y media de la elección todavía sigue sin presentarse ni un acta de una sola casilla, de más de 34 mil que se instalaron, como prueba de votos alterados. Que curioso no?

Es muy fácil argumentar elecciones de estado, votaciones atípicas y todo ese rollo que ya sabemos de memoria y que siempre es repetido al infinito por quienes pierden una contienda y no está en su ADN democrático el aceptar el resultado, por la muy arraigada costumbre mexicana del regateo y la negociación de una cosa por otra y que desde que los procesos se ciudadanizaron afortunadamente esto se va acabando.

Una perla: se queja MORENA que en aquellas casillas en donde no tuvieron representantes hubo una votación arriba de lo normal y que ahí les ganó el PRI. Ahora resulta que el que ese partido no tenga representantes es un argumento para invalidar esas urnas, como si no hubiera funcionarios y representantes de otros partidos o como si esa fuera causal de nulidad.

El problema es que todos los partidos -pero sobre todo los que pierden- creen que sus votos valen más que los votos de los priistas, como si de ciudadanos de primera y de segunda se tratara. Todo, todo, se reduce a la aceptabilidad de la derrota, que comienza por el respeto a las reglas y no por mandar al diablo a las instituciones como acostumbra el prócer, más bien el ex prócer.


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