Ana L. Coll

@yanak61

Casi siempre, por no decir que siempre, es necesario conocer, hablar, pensar sobre las pequeñas cosas para llegar a comprender, es decir a tomar conciencia, del significado real que tuvo éste o aquel acontecimiento al que, con el paso del tiempo, las nuevas generaciones encumbraron al rango de histórico por su extraordinaria impronta.

En 1968 ya habían transcurrido 179 años desde que los franceses vivían convencidos de habitar una república regida por los principios de la Libertad, Igualdad y Fraternidad. Como si las cosas que una vez fueron, y fueron buenas, pudieran seguir inalterables y benéficas para siempre. Como si las palabras significaran lo mismo tras el paso del tiempo. Como si la Humanidad, esa especie a la que tan bien se le da idear avances tecnológicos, estuviera condenada a hacerlo bajo premisas de orden moral absolutas y, como tales, inmóviles.

Gabrielle Russier era una joven profesora, apenas 31 años, que en 1968 daba clases de Literatura en el Instituto de Segunda Enseñanza Saint Exupéry, de Marsella. Divorciada de un ingeniero con el que seguía manteniendo buenas relaciones, y madre de dos hijos de los que había obtenido la custodia al trabajar el padre, gran parte del año, en el extranjero. Russier estaba considerada una docente altamente cualificada hasta el punto que era conocido por todo su entorno profesional que, más pronto que tarde, acabaría obteniendo un puesto en la universidad de Aix. Quizás lo único que, algunos, tenían en contra de la profesora era su peculiar idea de la pedagogía: Gabrielle Russier era particularmente crítica con el autoritarismo, se ejerciera desde donde se ejerciera, y sus clases se distinguían por transcurrir en un clima participativo en el que los textos literarios eran el vehículo para que, alumnos y maestra, pudieran expresarse con libertad sobre aquello que más les interesara o preocupase.

A punto de finalizar el curso de 1968, Gabrielle Russier, como tantos franceses más, jóvenes la mayoría de ellos, cambió las rutinas que llevaba a cabo en su tiempo libre para acudir a las múltiples manifestaciones que se realizaron en la práctica totalidad de las ciudades francesas bajo el paraguas de aquel movimiento social que pasó a ser conocido como “el mayo francés”. En una de esas concentraciones, tan políticas pero también tan poéticas, Gabrielle se encontró con uno de sus alumnos llamado Christian Rossi y que, en esos momentos, tenía dieciséis años próximo a cumplir los diecisiete. Rossi era un líder estudiantil que destacaba entre sus compañeros, entre otras cosas, por parecer, al menos parecer, estar dotado de una madurez mayor de la que se supone que debe de poseer un adolescente y un físico acorde a ello: Christian ya tenía una barba que, por supuesto, se negaba a afeitar. Tras aquel encuentro fortuito, Gabrielle, Christian y otros alumnos y profesores se reunieron en un café y, entre vinos y cervezas, arreglaron un poco el mundo que era de lo que se trataba.

Al principio del siguiente otoño, con el inicio de las clases del nuevo curso, todos en la facultad de Letras comprendieron que Gabrielle y Christian habían aprovechado el reciente verano para hacer un poco la revolución y estrechar bastante una amistad que, bien mirado, tampoco era tan asimétrica como ciertas almas, tan conservadoras como mezquinas, dejaban caer de tanto en tanto. A los padres del chico, también ellos profesores universitario aunque en distintos campus, la cercanía de maestra y alumno les pareció bien y no hubo oposición a que el joven visitara con frecuencia la casa de ella bien para pedir prestados unos libros, bien para debatir de cualquier asunto más humano que divino que requiriera una opinión no por actual menos docta. Tampoco hubo queja cuando Christian, a veces solo, en otras ocasiones con amigos, quedaba para ir al cine o a ver una exposición y Gabrielle se les unía. Además, con la misma libertad y confianza, aprovecharon los fines de semana que faltaban para la llegada del frío y hacer excursiones por los alrededores. Pero el frío, tal y como se le esperaba, llegó.

Christian Rossi aprovechó las vacaciones de aquella navidad para informar a sus padres, a quien todos, empezando por ellos mismos, consideraban una pareja culta y liberal, que su relación con Gabrielle era, desde la primavera anterior, un asunto amoroso y fue, precisamente entonces, cuando las cosas se torcieron. Se desató un batallón de tropiezos y torpezas protagonizadas por todos y cada uno de los protagonistas de esta historia pero también, y esto es muy importante para entender el dolor en el ámbito doméstico, por las autoridades, tan republicanas ellas, tan convencidas de representar esos tres valores patrios de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad. Gabrielle fue insultada, acosada y amenazada. Christian se escapó de casa. Gabrielle volvió a ser insultada, acosada y amenazada pero con más contundencia. Christian volvió y dijo que no deseaba seguir manteniendo contacto con sus padres. Y, entre tanto sobresalto, la pareja siguió viéndose cuando pudo y como pudo pero ya a escondidas. El matrimonio Rossi, harto de que su vida se hubiera desbaratado, acudió a un abogado primero y a un juzgado muy poco tiempo después para interponer una demanda por abuso de menores. Gabrielle fue detenida y enviada a la cárcel de Baummettes conocida hasta su rehabilitación iniciada en 2012 y que a día de hoy sigue sin concluir, como “la prisión de la vergüenza” o “la prisión inhumana” debido a que sus condiciones insalubres recordaban más un escenario de una novela de Víctor Hugo, Emilio Zola o Alejandro Dumas, que a las que debieran existir en un centro penitenciario durante un ya muy entrado siglo XX y en un país del primerísimo primer mundo. Gabrielle pasó cinco días en una celda mientras que Christian fue enviado a un psiquiátrico y, contra su voluntad, sometido a una cura de sueño. Tras salir ella de la cárcel, el joven fue enviado a vivir en otra ciudad junto a su abuela, volvió a escaparse y, una vez más a escondidas, sucedió el reencuentro.

El 10 de julio de 1969 finalizó el juicio contra Gabrielle Russier quien resultó ser declarada culpable y condenada a pasar un año en aquella cárcel de Baummettes, al pago de 500 francos, a la prohibición a perpetuidad para ejercer la docencia y a la pérdida de la custodia de sus hijos. Durante las sesiones judiciales la profesora se negó a revelar en qué lugar se escondía su amante quien, al conocer la sentencia, se entregó. Christian no pasó ni dos días en el domicilio familiar hasta que fue recogido por una ambulancia y trasladado de nuevo al psiquiátrico para ser atendido, en esta ocasión, de una depresión de importancia. Ocho semanas después de aquello, Gabrielle fue puesta en libertad a la espera de un nuevo juicio ya que, el Ministerio de Educación, recurrió el fallo judicial por considerarlo excesivamente benigno con aquella mujer a la que calificaba de “monstruo” en su petición para reiniciar el proceso y, esta vez sí, que la justicia cumpliera con su labor ejemplarizante.

El 1 de septiembre de 1969 Gabrielle Russier volvió a su apartamento. Unas horas más tarde, en la mañana del día 2, unas personas entraron en la vivienda: Sobre la mesa de la cocina encontraron dos vasos y una jarra de vino media vacía. Yaciendo en el suelo estaba Gabrielle Russier, casi 33 años y que, en algún momento de la noche, había abierto la llave del gas.

Un tiempo después, en 1971, una película titulada “Morir de amor”, basada en los hechos que acabo de relatarles, llevó a las salas de los cines de la república a casi seis millones de personas convirtiéndose en una de las películas más taquilleras. Dirigida por André Cayatte y protagonizada por Annie Girardot y Bruno Pradal, con una canción del mismo título compuesta e interpretada por Charles Aznavour, el film fue incluso nominado al Globo de Oro a la mejor película en habla no inglesa de la siguiente edición del festival de la academia de cine británico. El país entero estuvo varios meses conmocionado. Incluso el semanario “L’Express” dedicó una de sus portadas a un primer plano de Annie Girardot acompañado de la frase: “Esto es lo que hace llorar a Francia”.

Cuando Christian Rossi cumplió veintiún años, edad en aquellos tiempos en la que se alcanzaba la mayoría de edad en Francia, concedió la primera y última entrevista de su vida. El entrevistado se mostró breve y seco siendo esto lo último que se conoce de él. Y lo que dejo dicho fue: “Los dos años de recuerdos que ella me dejó, me los dejó a mí, no voy a contarlos. Yo soy quien los siento. Yo lo viví, sólo yo. El resto, la gente ya lo sabe: era una mujer que se llamaba Gabrielle Russier. Nos amábamos, la metieron en la cárcel, se mató. Es simple”. Poco tiempo después el nuevo presidente francés, Valery Giscard d’Estaing adoptó una de sus primeras medidas y los franceses obtuvieron la mayoría de edad a los dieciocho años.

Francia tiene desde hace unos días un nuevo presidente que se llama Emmanuel Macron y que en 1968, ni siquiera en 1971, había aún nacido. Macron es una especie de fenómeno social, sin duda mucho más fuera de su país que dentro de él ya que, no conviene olvidar que su veloz viaje al Olimpo se ha debido, fundamentalmente, a dos cuestiones que le han favorecido más por azar que por mérito o desempeño: la aniquilación de los dos partidos tradicionales debido a sus corruptelas y cuitas internas, y el grave peligro real que la ultraderechista Marine Le Pen se alzara con la presidencia. Esto hace entender que una importantísima parte de la ciudadanía no contemple a Macron como un auténtico deseado sino como el menor de los males posibles. Pero desde fuera, es decir entre los que le contemplamos como público, Emmanuel Macron dispone de un halo fascinante derivado de tres singularidades a cada cual menos frecuente: su atractivo, sobre todo teniendo en cuenta que no es un profesional del mundo del espectáculo o de la moda; su impresionante currículum pese a su juventud, esto llama mucho la atención en un país como España tristemente resignado a que el grueso de su clase política esté compuesto por hombres y por mujeres de nula trayectoria intelectual y laboral, bien fuere en empresas públicas o privadas, gente sin oficio ni beneficio más allá del poco oficio y del inmenso beneficio que sonsacan de las arcas públicas viviendo al resguardo del cargo que les otorga el partido de cada cual; el hecho de que el más joven, sólo treinta y nueve años, y guapo presidente de la Historia de Francia esté casado con Brigitte Trogneux, de sesenta y cuatro años, madre de tres hijos y abuela de seis nietos. Cuando, la familia al completo, el esposo, la esposa, los hijastros y los nietastros subieron al escenario del Louvre para celebrar la victoria electoral de Macron y presentarse a su pueblo como nueva primera familia del país, reconozco que pensé en Gabrielle Russier y en Christian Rossi, y que me alegré por la marcha del los tiempos aunque se me encogiera un poco el corazón.

Cuando Emmanuel y Brigitte se conocieron ella estaba casada y no separada. Tenía treinta y nueve años, la misma edad que tiene el presidente en la actualidad, y no treinta y uno como la desgraciada maestra de Marsella, y él había cumplido los quince años y era barbilampiño. Pero entre una y otra mujer existió un poderoso lazo en común: ambas encontraron un amor joven ejerciendo su tarea como profesoras de Literatura. Él ha explicado poco sobre su vida en común: “Cuando dejé el Instituto le dije que no importaba lo que fuera a hacer, que un día volvería y me casaría con ella”. Ella ha explicado poco sobre su vida en común: “Cuando nos reuníamos en mi casa para preparar obras de teatro que iban a ser representadas a final de curso o antes de las vacaciones de navidad, sentía que estaba con Mozart”.

Emmanuel Macron fue elegido presidente de Francia el domingo 7 de mayo de este 2017. La noche siguiente, lunes 8, la televisión pública emitió un documental sobre la vida de tan inesperado nuevo líder de la nación. En ese documental se difundió la primera fotografía que se conoce públicamente de un encuentro de los dos. Se trata de una instantánea tomada al finalizar una de esas representaciones escolares en la que se aprecia como el adolescente de piel lisa roza, a manera de simulacro formal de beso, una mejilla de la profesora con un pie puesto en su cuarenta cumpleaños.


Comentarios sobre esta nota

Comenta esta nota

Columnas